El oficialismo mira la sesión del próximo viernes sobre el proyecto de medios con la tranquilidad de tener asegurado el quórum necesario para iniciar el debate y un número de senadores suficientes para la aprobación de la norma en general, pero busca con cierta angustia la forma de contener a los legisladores propios que podrían votar contra algunos artículos.
En la sesión del 9 de octubre habrá tres momentos decisivos en que el kirchnerismo deberá apelar a todo su potencial para garantizar la sanción de la ley: el primero se producirá en la formación del quórum, para lo que deberá contar con la mitad más uno de la cámara alta (37), y le servirá para comenzar a deliberar. Sin quórum, no habrá debate.
El segundo filtro sucederá con la votación en general del proyecto: el oficialismo necesita el aval de la mayoría de los senadores porque si no lo consigue, se entenderá que la norma queda rechazada y en el mismo hecho termina la sesión con un fracaso para el gobierno. Fue lo que pasó con las retenciones móviles del 17 de julio de 2008.
El tercer paso, sin duda trascendente, ocurrirá en los momentos de las votaciones de cada uno de los 166 artículos de la ley, y en todas las instancias deberá mostrar el apoyo de la mayoría de los legisladores presentes en la cámara.
El bloque del Frente para la Victoria tiene el compromiso explícito de 33 de sus senadores que juramentaron su voluntaria intención de darle al gobierno la sanción sin cambios de la iniciativa que llegó aprobada desde la Cámara de Diputados.
De esos 33 legisladores, 25 expresaron sus avales incondicionales con la firma del despacho mayoritario de las comisiones, que le abrió al proyecto la puerta del recinto, mientras otros ocho no suscribieron el texto sólo porque no revistaban en ninguna de las cuatro comisiones que analizaron el tema la semana pasada.
Para el quórum de arranque de la sesión y la definición en general, el kirchnerismo cuenta además con la colaboración de dos senadores propios que firmaron el dictamen con disidencias parciales, el jujeño Guillermo Jenefes y el chubutense Marcelo Guinle, a los que se sumará la también chubutense Silvia Giusti. Estos aportes resultarán sustanciales, porque con ellos el oficialismo alcanzará la mayoría propia, sin necesidad de ayuda de ninguna otra bancada.
Pero esto no es todo lo que cosechó para el kirchnerismo, porque cuenta además con dos legisladores fueguinos del ex ARI, José Martínez y María Díaz, y el neuquino Horacio Lores. El apoyo puede llegar a 41, cuatro sobre el quórum, si como anunció vota a favor el socialista santafesino Rubén Giustiniani.
Sin bien la oposición da por cierto que perderá en las dos primeras instancias, se ilusiona con llegar a un protagonismo estelar como para torcerle el brazo al bloque K durante la discusión en particular de la propuesta.
La bancada radical, que conduce Ernesto Sanz, junto a los aliados, la cívica Eugenia Estenssoro y Samuel Cabanchik (Proyecto Buenos Aires), se apresta a poner en el recinto a 14 legisladores, mientras el interbloque Grupo Federal, del justicialismo disidentes y partidos provinciales, quiere mostrar que no es menos y aspira a colocar otros 14 senadores.
En la mente de los opositores figura la imagen de que estos 28 senadores se conviertan en la base de una pirámide sobre la que puedan montarse todos los senadores oficialistas disconformes con varios aspectos puntuales del plan oficial.
Los bloques no K tienen en elaboración, por separado, dos proyectos alternativos, con los que esperan a capturar a los tres disidentes de la bancada oficial, más la oficialista chaqueña Elena Corregido, el socialista Giustiniani y eventualmente los dos senadores fueguinos, con lo que podrían arribar a 35 senadores, dos debajo de la mayoría de 37 y un número que complicaría las chances oficiales.
Si consiguieran este premio -un asunto todavía por demostrar- podrían demoler uno o varios artículos del proyecto y con eso obligar a que la iniciativa vuelva a la Cámara de Diputados, para que ésta acepte los cambios o insista en el texto que aprobó el 17 de septiembre, con lo que pondrá en peligro la complicada parlamentaria del gobierno que sólo tiene dos meses para avanzar con audacias.
Esa es la máxima esperanza de una oposición dispersa que lidia por marcarle la cara al oficialismo, que lo mira con una sonrisa dibujada, pero no excluye un trasfondo de angustia.
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