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Sábado, 05 de julio de 2008  00:47 | Educación

Deserción escolar, pobreza y problemas de adicciones abren paso a la delincuencia

David Ramón Abregó tiene 25 años y está preso en la cárcel de Coronda. La Justicia santafesina lo halló culpable del asesinato del taxista Juan Carlos Aldana y en el 2006 lo condenó a cincuenta años de encierro.

David Ramón Abregó tiene 25 años y está preso en la cárcel de Coronda. La Justicia santafesina lo halló culpable del asesinato del taxista Juan Carlos Aldana y en el 2006 lo condenó a cincuenta años de encierro.

Jorge Sebastián Contreras tiene 26 y desde hace cuatro años está privado de su libertad. Pasó por Coronda y ahora, está alojado en la Unidad 3 de Rosario. La justicia determinó que fue él quien disparó contra tres personas ocasionándoles la muerte. Lo condenaron a 14 años de prisión.

Carlos Sánchez Ortiz, de 18, está implicado en el asesinato del taxista Sergio Oberto, ocurrido el pasado 22 de mayo. El chico confesó ante el juez que no quiso matarlo y dijo que sólo quería bajarse sin pagar el viaje. También reveló que él y su amigo “estaban pasados” porque habían tomado cerveza con rivotril.

La brutalidad y la violencia se repiten en cada uno de estos episodios. La historia de vida de los jóvenes que protagonizaron estos hechos, también.

El denominador común en los tres casos es que se trata de personas que habitan en los márgenes más extremos y conviven a diario con una pobreza profunda que se intensifica en los asentamientos irregulares y se mezcla con el consumo de droga y con las más infrahumanas condiciones de habitabilidad.

Pero hay otro factor que se repite en estas historias y es la deserción escolar, el escaso tránsito por el sistema educativo, la casi nula permanencia en las aulas.

Se trata de jóvenes que, en algunos casos, no saben leer ni escribir y tienen serias dificultades a la hora de comprender, expresarse y relacionarse con los demás.

El valor de las instituciones. Zambullidos en un contexto de pobreza extrema y de reducidas oportunidades de movilidad social cabe indagar qué relación existe entre la deserción escolar y los episodios delictivos y violentos. ¿Qué conexión hay entre el paso intermitente por la escuela y el ingreso a caminos subalternos que, combinados con una multiplicidad de factores, derivan muchas veces en fatales hechos delictivos?

Para Sebastián Grimblat, psicólogo y jefe de trabajos prácticos y residencia de la cátedra psicología educativa de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), la escuela es una institución estatal que además de la enseñanza tiene a su cargo una función social que es transmitir pautas de convivencia en el espacio colectivo con pares.

"Más allá de la capacitación específica, la escuela históricamente ha tenido la función de establecer un margen de criterio ético, una separación entre lo que está bien hecho y lo que está mal hecho, entre los valores que aportan al bien colectivo y los que van en contra, entre las conductas que son destructivas y las que son constructivas. La escuela ocupa un lugar de socialización y de difusión de un criterio ético que va más allá de la información pedagógica que pueda llegar a trasmitir. Si bien esto puede someterse a una crítica en lo que respecta al contenido, es inevitable pensar que esta marca nos queda por haber hecho un pasaje por las instituciones”, dice.

Cómo juega el entorno. Desde esta perspectiva la escuela, como instancia de socialización secundaria, opera a la par de los vínculos primarios, de la familia, y acompaña el proceso de crecimiento y maduración de los chicos dotándolos de representaciones simbólicas para su desenvolvimiento en el mundo. Pero ¿qué sucede cuando hay deserción escolar, cuando el núcleo familiar está desmembrado, cuándo la situación económica es sistemáticamente apremiante, cuando las condiciones de habitabilidad son insalubres y la vulnerabilidad se torna extrema y cotidiana?

“El modo en que se configura el pensamiento de un ser humano es histórico social y es efecto de los espacios que ha atravesado. La moral y el conocimiento no son innatos. Una persona que es un expulsado social y vive en un mundo que permanentemente le muestra lo que no puede tener, alguien que no ha compartido las instancias culturales que legitima una sociedad, ¿en qué circuitos entra? ¿Qué representaciones lo habitan como para poder frenarse y establecer algún tipo de criterio ante la posibilidad de cometer algún delito?”, interroga Grimblat.

Desde el poder judicial, el secretario penal del Juzgado de Menores Nº 2, Daniel Papalardo, sostiene que “lamentablemente” en muchos casos los padres “están ausentes porque la tienen que salir a pelear todos los días y eso les impide acompañar el crecimiento de sus hijos. Los chicos se les escapan. Las madres en general se preocupan por tener el día cubierto, lograr que se queden con alguien cuando ellas se van a trabajar. Pero el pensar con quién se quedan y de qué manera se quedan, eso ya se les escapa. Lo mismo sucede con la escuela, lo básico es que coman en la escuela y que vayan. Pero no hay capacidad de ver qué es lo que el chico hace en ese espacio”.

Un caso paradigmático de lo que Papalardo relata es el de Jorge Sebastián Contreras, el joven de 26 años condenado por tres homicidios en ocasión de robo. Jorge repitió siete veces primer grado y las maestras terminaron por decirle a la madre que el chico no incorporaba los conocimientos. Antes de cumplir los 18, ya contaba con al menos cinco antecedentes y sin embargo, la justicia no dispuso ningún abordaje integral para prevenir futuros delitos.

Para cuando disparó a quemarropas contra tres personas, Jorge ya era mayor de edad y el peso de la ley le cayó con toda la fuerza: lo condenaron a 14 años de prisión.

Durante el proceso judicial se le practicó un simple test de Roger para conocer su nivel de inteligencia y compresión y se determinó que Jorge no tenía la madurez correspondiente a su edad cronológica. “Tenía un retraso mental de casi diez años”, señaló una fuente tribunalicia: “Tenía serias dificultades para comprender los aspectos simbólicos y por eso, repitió tantas veces primer grado”. Actualmente, está alojado en la Unidad 3.

Nuevas miradas. El especialista Grimblat sostiene que para empezar a revertir lentamente el cuadro de situación, la escuela, en tanto que institución estatal, debería diseñar nuevos dispositivos para trabajar con las poblaciones que asisten a cada establecimiento de manera tal de integrar e incluir a los chicos.

"Deberían tener un proyecto sistematizado, pero al mismo tiempo abierto a la producción y a la creatividad de cada institución, en función del diagnóstico que tienen de la población que asiste, como para poder diseñar dispositivos de socialización más eficaces y más singulares”, indica Grimblat y más tarde aclara: “El efecto de una política eficaz no va a dar resultados a corto plazo. La marginalidad que padecemos hoy en día, es producto del error cometido hace quince años. Lamentablemente, vamos a padecer durante muchos años el efecto de lo mal hecho”.

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