“Es violento que un chico tenga que venir a un comedor escolar, son violentas las situaciones que viven con sus familias. Por eso, tratamos de armar en la escuela un mundo diferente al que los chicos viven todos los días en la calle”. La reflexión pertenece a Marisa Geremía, directora desde hace dos años de la Escuela Nº 6.394 Martín J. Thompson. El establecimiento educativo se emplaza en el corazón de la zona oeste, en el barrio Triángulo, donde la situación socioeconómica de los vecinos es preocupante y la vulnerabilidad de los chicos se agudiza y repercute seriamente en los procesos de integración y aprendizaje.
Frente a las condiciones adversas que presenta el entorno, la escuela buscó un intersticio, una grieta por donde filtrar iniciativas que permitan reducir los niveles de violencia y aumentar la atención en clase para lograr un aprendizaje de calidad.
Se trata del proyecto educativo “Al don Pirulero, cada cual atiende su juego”, una propuesta que a partir de estrategias lúdicas intenta disminuir la dispersión en el aula y reducir la agresión entre los propios alumnos.
“El juego es movimiento, es creación, te ayuda a formar valores”, señala Geremía y explica que sobre la base de ese concepto implementaron talleres de esparcimiento en las clases y en los recreos para generar cambios de actitudes en los chicos y lograr, a largo plazo, que los mismos alumnos se conviertan en agentes multiplicadores de esas transformaciones.
Metegoles y cancha de tejos. La puesta en marcha del proyecto en abril de 2007 incluyó un cambio de escenario durante los minutos del recreo. Metegoles, cancha de tejos, el sapo, aros de básquet y juegos de mesa irrumpieron en el patio trasero de la escuela para el divertimento de los chicos.
Al mismo tiempo, las autoridades de la escuela designaron a un grupo de alumnos a los que llamaron “líderes” y les encargaron la tarea de coordinar los espacios de juego y hacer respetar las reglas de convivencia en el horario del recreo. Esa labor se realiza durante todo un año y está a cargo de los estudiantes que cursan el sexto grado.
“Yo creo que se tomó una muy buena decisión al elegir líderes. Son chicos que llegaron a ese puesto por el grado de responsabilidad y compromiso que ponían en las tareas de la escuela. Fue como una distinción para ellos”, recuerda la directora.
Vestidos con pecheras de colores llamativos, ese grupo de quince alumnos tiene la misión de organizar el espacio de los recreos. “Un líder en la escuela tiene que sacar los juegos, cuidarlos, ayudar a los más chiquitos y enseñarles cuáles son las reglas. Después del recreo, juntábamos todas las cosas y las guardábamos en el ropero de la dirección para que nadie se las lleve. Nunca faltó ninguna ficha”, se jacta Vicente al tiempo que asegura que el hecho de que lo hayan designado como líder el año pasado fue un episodio que lo llenó de orgullo.
Ezequiel fue otro de los estudiantes que participó de la primera camada de guías y recuerda: “Al principio fue difícil porque los chicos no nos hacían caso, querían volver a jugar pero no querían hacer la fila. Ahí algunos se descontrolaban y nosotros como líderes lo que hacíamos era dejarlos sin jugar porque se habían portado mal. Ahora están todos más tranquilos”.
La directora considera que con esa calma bajaron los niveles de violencia, se ordenaron los recreos y a su vez, hubo cambios significativos en la producción académica de los chicos. Otras de las ventajas que destacan desde la escuela, es que bajó el nivel de ausentismo. “Ellos no saben qué días les toca jugar, porque no lo hacen todos los cursos simultáneamente. Hay días rotativos, entonces ellos no faltan para no perder su día de juego”, precisa Geremía.
Entusiasmo compartido. El entusiasmo se contagió rápidamente y con el transcurso de los meses los líderes les pidieron permiso a sus papás para ir en contraturno y organizar también los recreos de los grados inferiores.
“Veníamos a la tarde a ayudar a los más chiquitos, porque los juegos son pesados y ellos solos no podían sacarlos. Queríamos que ellos también se divirtieran y aprendieran a jugar”, cuenta Alexis.
Este año, la escuela eligió a un nuevo grupo de guías que tendrán la tarea durante todo el año de preparar los recreos. “A los nuevos líderes les recomendamos que tengan mucha responsabilidad”, remarca Angelo.
Para abordar los problemas de atención dispersa en el aula, el juego también conquistó los salones de la escuela. En los distintos espacios curriculares se implementaron una diversidad de herramientas didácticas y se propició el trabajo en grupo para afianzar los procesos de aprendizaje.
Para la maestra de lengua y literatura de sexto grado, Mariela Donati, “se hizo más fácil trabajar las distintas clases de palabras. Reconocer los sustantivos, antónimos, adjetivos se tornó mucho más didáctico con la aplicación de talleres lúdicos en el salón. Los chicos ampliaron mucho el vocabulario”.
Desde la escuela sostienen que lo lúdico despierta la curiosidad entre los chicos y permite recuperar la atención en clase. “No creemos que esto sea mágico ni que sea la solución a todos los problemas. Lo tomamos como una herramienta que nos puede ayudar a superar conflictos al menos dentro de la escuela”, concluye la directora.

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