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27-04-2008 | Señales

El relato de la historia no reconoce textos sagrados

María Luisa Múgica

Recién en el Renacimiento se empezaron a incorporar técnicas eruditas para revisar las fuentes de información del historiador. Previamente los criterios que se utilizaron fueron la vista o la visibilidad, y los testigos de vista, o de los acontecimientos. Este historiador era alguien que estaba inmerso en el "espíritu de la época", era partícipe o sabía a quién preguntarle. La historia era inmediata, presente. Sin embargo, cuando los historiadores se alejaban de los hechos que relataban comenzaron a aceptar criterios de autoridad. Como ya no podían "ver" ni podían interrogar a los testigos entonces les "creían" a algunas personas que por determinadas condiciones (prestigio, santidad) lo ameritaban, no había ningún ejercicio crítico de los testimonios.

Los textos auténticos se diferenciaban de los apócrifos no a través de la crítica de los testimonios sino de la ponderación de los testigos. Las obras se sometían al escrutinio de la autoridad competente, el monarca, y con su aceptación se transformaban en monumento público, porque ya no se discutían. Las que no gozaban del beneplácito del monarca eran consideradas apócrifas. Desde los siglos XV y XVI se empezaron a cuestionar los criterios de autenticidad/veracidad aceptados hasta entonces y a partir de la crítica filológica también las fuentes documentales.

Desde allí todos los documentos, incluidos los eclesiásticos, se empezaron a discutir, incorporándose al campo de la investigación enormes e importantes conjuntos de fuentes. Ese gesto, que transformó a la historia, se perfeccionó en el siglo XVII y se instaló en la disciplina como marca nueva, característica del discurso histórico, desde el XIX. Este dejó de ser solamente un relato de acontecimientos para incluir la evaluación crítica de los documentos, entre otros aspectos.

Los historiadores hoy saben que sus obras son hijas de su propio tiempo, que el tiempo presente es una gran cantera para la formulación de las preguntas y los problemas y saben además del carácter provisorio y conjetural que tienen sus producciones y sus temas. Cada época escribe su Edad Media, decía Lucien Febvre.

En ese sentido la historia de la prostitución de esta ciudad, al igual que cualquier otro tema, es pasible de ser revisada, sobre todo a la luz de nuevos materiales de archivo y fundamentalmente de las preguntas que alguien se formula. No es extraño entonces, desde este horizonte temporal anclado en preocupaciones e intereses propios del presente, ligado entre otros aspectos a los importantes desarrollos de la historia de las mujeres o de la memoria, que aparezcan nuevos relatos.

Esos nuevos relatos no se construyen desde la nada, sino desde estados de la cuestión, esto es de la revisión crítica de la bibliografía disponible, la cual es criticable, discutible, en su conjunto. Inclusive Prostitución y rufianismo, sin restarle por ello mérito alguno. Ser pionero en la apertura de un campo temático no da hoy ningún derecho a pensar el relato como acabado, como monumentum, actitud que no sólo no produce ningún beneficio sino que procura impedir el crecimiento del conocimiento, cristalizándolo, transformándolo en materia inerte, sin cambios, impugnaciones. ¿Acaso alguien prescindiría de dar a conocer un descubrimiento en el campo de la medicina, por ejemplo, a los efectos de evitar contradecir los supuestos en boga o en circulación? Suena más bien absurdo y es una actitud impropia de la actividad académica.

Desde este presente fértil, la palabra "operaciones", que ha sensibilizado a uno de los autores del texto mencionado, no alude como parece entender a tergiversaciones o maledicencias —de las que, en cambio, no se ha privado— sino más bien a producciones, construcciones de sentido de una época. Cuando algunos autores como Elizabeth Jelin o Hilda Sábato hablan de memoria lo hacen desde allí, de pensar la memoria como operaciones culturales (o mecanismos culturales) inmersas y fundadas en valores que construyen o refuerzan el sentido de pertenencia, cohesión o identidad de un grupo social.

Sin embargo la historia no es igual a la memoria, ambas pertenecen a órdenes diferentes. La historia procura "comprender", decía Marc Bloch, y hacer comprender, procura ayudar a entender cómo se movían, pensaban, actuaban los hombres y las mujeres del pasado, cómo configuraron sus subjetividades, múltiples, complejas y por cierto contradictorias.

Como la memoria es persistente, es probable que se siga nominando Safo a El Paraíso, pero ese es un problema de otro orden. En el futuro los historiadores leerán La Capital quizás como hice yo, sin hacer zapping, íntegramente desde 1874 hasta 1933, junto con otros materiales, teniendo esta referencia en la mira y verán cosas que se me pasaron por no saberlo o sospecharlo.

Finalmente, hace 20 años que estudio el problema de la prostitución reglamentada en Rosario. Escribí un seminario con María Marta Mutti para recibirme de profesora de historia en 1988; después, sola, una tesis de licenciatura, en 1997, una de maestría, en 1999 y de allí en más distintos artículos o ponencias que circularon en ámbitos académicos y periodísticos.

Leí todo el material disponible en los diferentes archivos de la ciudad, fuentes de distinto origen que podría sin ningún tipo de alarde mencionar. Sin embargo fue el protocolo de preguntas, el hecho de ser una historiadora incardinada en cuerpo de mujer, el horizonte del presente, mi formación universitaria lo suficientemente décontracté para pensar estos temas, la lectura de documentos de distintas procedencias jurídico-políticos, sanitarios, periodísticos y la lectura sistemática emprendida en 2007 de los documentos policiales, lo que me ha permitido mirar el fenómeno de otro modo. Mirarlo por afuera de los mitos y de las misceláneas evocadoras, procurando —quizás no siempre con éxito— producir inteligibilidad sobre aquellos aspectos que constituyen parte de la historia social y de la historia "negra" y violenta de la ciudad.




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