La ruta está desierta y desde el aire se ve hermosa: es una línea azul, limpia, sin tránsito. Hay una recta y después un largo puente. Pero de pronto todo desaparece, como si el que mira hubiese quedado ciego. Ahora hay una muralla blanca que por momentos se vuelve muy oscura. Es humo y sale de una quema de pastizales. El foco está a metros del asfalto. No es un gran incendio, aunque su efecto da miedo: en segundos se convierte en una pared que reduce la visibilidad a cero. Desde el aire la sensación es que no es posible transitar por allí sin asumir severos riesgos.
Ayer a la tarde, cuando este diario sobrevoló lo ruta que une Rosario con Victoria, cientos de pequeños incendios como ese permitían entender por qué la Gendarmería Nacional había interrumpido durante horas el tránsito entre las dos ciudades. Desde el Cessna 172 se pudo ver con claridad el momento en que esa fuerza reabría la circulación, aunque con un control estricto sobre la velocidad que desarrollaban cientos de vehículos que habían estado varados durante horas en ambas cabeceras.
El panorama en las islas era desolador, aunque no muy "panorámico": las densas columnas de humo reducían la visibilidad hasta límites peligrosos, aun a 400 metros de altura, y el sobrevuelo permitía entender qué está pasando en esa zona para que toda la región padezca los efectos del humo y los gravísimos trastornos que provoca la interrupción del tránsito, sobre todo en rutas estratégicas como la autopista a Buenos Aires.
Los incendios no son grandes, pero sí muchos. Cuesta imaginar cómo hacen quienes cuantifican los focos. ¿Son 100, o acaso serán 500? Se ven decenas de pequeños fuegos, manchones rojos no muy extensos ni especialmente voraces que avanzan sobre el pasto seco y lo queman. Lo que producen es mucho más grave y de efectos más notorios: densas columnas de humo que invaden el aire y se unen a 100 metros del suelo para formar una gran nube. Como el esmog de las ciudades, pero sobre un inmenso delta verde.
Cerca de la ruta a Victoria, los focos son apenas un puñado, aunque producen mucho humo. Uno es el que se describe en el primer párrafo, a unos 35 kilómetros de Rosario. Pero cuando la mirada busca el horizonte, hacia el norte y hacia el este, se multiplican. Ayer a la tarde el viento norte empujaba con morosidad las columnas de humo negro hacia el sur, hacia la autopista a la Capital. Otras veces las trae hacia la ciudad.
En el aeroclub de Pueblo Esther, un piloto que acababa de volar desde Buenos Aires en un avión de dos plazas contó que su ruta aérea fue muy complicada. "En las islas hay cientos de focos y de este lado del río no se ve nada", dijo. También dio cuenta de lo que el humo provoca en la autopista, donde vio miles de vehículos atascados en la ruta. "Ordenar ese tráfico llevará días", pronosticó.
En el paso Rosario-Victoria el panorama era distinto. Aunque a marcha lenta y guiado por un vehículo de Gendarmería, el tráfico comenzó a moverse a las 16. Al llegar al puente que se internaba como un fantasma en el humo los gendarmes obligaban a bajar la velocidad y guiaban a los conductores como si los llevaran de la mano. Era como hacer un viaje a lo desconocido, aunque quienes manejaban supieran que allí, en algún sitio, había una cinta de asfalto que los llevaría a destino.
Desde el Cessna cuyo motor rugía sobre las islas era imposible imaginar cómo disipar el origen tanto humo. Es probable que ni todas las dotaciones de bomberos del país alcancen. En esa pequeña cabina la sensación era que sólo una lluvia intensa solucionará el problema. Al menos hasta que alguien vuelva a arrimar un fósforo a un pastizal seco.
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