De meteoros, meteoritos, bólidos y estrellas fugaces
La caída, anoche, de un objeto que podría ser un meteorito en el centro este de Entre Ríos ha
llevado a muchos a preguntarse qué es lo que lo diferencia de un meteoro, de una estrella fugaz o
de un bólido.
En realidad son lo mismo, pero sólo uno de ellos es el único capaz de impactar: la estrella
fugaz es una pequeña pieza de materia interplanetaria luminosa que se mueve en el cielo, como
podría hacerlo un satélite, y que en segundos se pierde en el espacio, a veces produciendo una
estela o algunas chispas; y un bólido es una estrella fugaz que dura minutos.
Ambos son meteoroides, es decir, son partículas de tamaño menor que no han entrado a la
atmósfera terrestre.
Cuando lo hace, y siempre que sea luminoso y visible a simple vista, se le llama meteoro (del
griego meteoron, “fenómeno en el cielo”); y recién cuando choca contra la superficie
terrestre pasa a ser un meteorito.
Al impactar contra la atmósfera, el meteoro es frenado rápidamente, por lo que pierde una
gran cantidad de energía que se expresa como calor, de ahí que generalmente se evapora.
Pero si es de gran tamaño, es posible que su núcleo sobreviva e impacte sobre la Tierra, a
una velocidad de entre 500 y 60.000 kilómetros por hora, convirtiéndose en meteorito.
Los meteoros y meteoritos pueden provenir del desprendimiento de algún cometa, del choque de
algún meteoro con la Luna o Marte, y especialmente del cinturón de asteroides que se encuentra
entre las órbitas de Júpiter y Saturno.
Hay diferentes tipos de meteoritos: algunos son rocosos, otros ferrosos, y a veces, son
condritas carbonáceas.
El mayor meteorito que se ha encontrado es el Hoba, de 60 toneladas de hierro; el mayor
meteorito rocoso pesa cerca de una tonelada, y la condrita carbonácea Allende, conformada por una
serie de trozos, totaliza cerca de 5 toneladas.
Entre los más famosos se encuentran el Allan Hills 84001, de origen marciano; el Cabo York,
uno de los más grandes del mundo; el Ensisheim, el más viejo, cuya caída fue fechada en 1492; el
Heat Shield Rock, y el Chaco, por detrás del Hoba, el segundo de mayor masa conocido hasta ahora.
Pero se conocen cráteres que corresponden a cuerpos mucho mayores: uno de ellos es el de
Arizona, Estados Unidos, de 1.280 metros de diámetro y 180 metros de profundidad, que se formó hace
miles de años por un meteorito de unas 250.000 toneladas de peso y 70 metros de diámetro, que cayó
a casi 60.000 kilómetros por hora.
Hasta finales del siglo XIX, sólo se habían hallado algunos cientos de meteoritos, el 80% de
ellos de consistencia metálica o pedregosos-metálicos.
Pero ahora, en las colecciones del mundo, hay más de 30.000 meteoritos; de ellos, los
primeros 200 fueron hallados por el pionero Harvey H. Nininger en los grandes llanos de los Estados
Unidos, entre 1920 y 1950.
Entre 1912 y 1964 algunos meteoritos fueron encontrados en la Antártida, pero la búsqueda se
intensificó y para 1974 un equipo japonés llegó a recuperar allí unos 700.
Los rastreos efectuados más tarde en distintos sectores antárticos por equipos
norteamericanos, europeos y chinos, produjeron en conjunto más de 23.000 meteoritos clasificados,
sin contar los millares que aun no se han clasificado.
La desaparición de los dinosaurios y, en general, la extinción masiva del Cretácico-terciario
es atribuida por muchos científicos a un gran impacto de meteoritos.
Un caso famoso es el supuesto meteorito de Chinguetti, que se presume dio origen a una
montaña de hierro en Africa.
Sin embargo, las únicas fatalidades conocidas hasta ahora por el impacto de un meteorito son
la de un perro egipcio, muerto en 1911, y el que sufrió Ana Hodges en 1954, en Sylacauga, Alabama,
Estados Unidos, cuando una piedra crondita de 4 kilos cayó sobre el techo de su casa y le produjo
contusiones graves. (Télam)