Por Myrna Leal / DYN
A varios kilómetros de distancia se la puede ver enorme como una ciudad junto al puente
internacional: es la planta de Botnia, ya integrada al paisaje de Fray Bentos en la margen oriental
del Río Uruguay, la que en una reciente visita hizo sentir que el reclamado desmantelamiento sería
como quitar del cielo la Luna mientras que, a la vez, parecía ratificar, con su propia imponencia,
que no podrá evitar algún daño ambiental.
La empresa finlandesa es la única que ha salido airosa del conflicto
binacional causado por su presencia, los demás (gobiernos, los pueblos vecinos de Gualeguaychú y
Fray Bentos) han cosechado costos políticos los primeros y, los segundos, en mayor o menor medida,
desventajas sociales y económicas.
Los directivos de la firma, más distendidos por lo que ellos mismos
afirman ha sido un éxito inusual para el inicio de la producción de una fábrica de pasta de
celulosa, desplegaron la semana pasada un operativo de acercamiento a la prensa argentina, más
reacia que la uruguaya a aceptar las bondades de la industria.
Botnia siempre apareció sorda a los reclamos de Gualeguaychú de parar la
construcción, mientras fue posible para realizar estudios ambientales independientes. Inclusive, la
empresa dejó mal parado al propio presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, cuando en marzo de 2006
desoyó el acuerdo alcanzado por éste y su par Néstor Kirchner para posponer las obras y realizar
esos análisis.
Luego, Uruguay se empecinó en rechazar todo estudio independiente,
mientras esto era reclamado hasta la afonía desde Gualeguaychú.
Ahora los directivos afirmaron, durante una visita a la fábrica hecha
durante la semana anterior por periodistas argentinos, que nunca fueron escuchadas sus
explicaciones del lado occidental del río, pero dijeron continuar abiertos al diálogo, y se
mostraron seguros de que podrán demostrar en los hechos, produciendo 3.000 toneladas de celulosa
por día, que la enorme fábrica no degradará la naturaleza.
Aún así, como dijo el gerente de Medio Ambiente, Gervasio González, allí
está “la mejor tecnología disponible”, aprobada por la UE, “que implica un
impacto mínimo (en la naturaleza) a mediano plazo”, es decir un impacto al fin.
Mientras, luego de tanto desencuentro, Gualeguaychú cocina a fuego lento
una memoria hostil contra todo lo vinculado a las pasteras, algo que difícilmente tenga vuelta
atrás.
González se centró en las preocupaciones argentinas al explicar que la
propia firma mejora los desechos que descarga, a través de un sistema de “lodos
activados”, que es un “tratamiento vivo compuesto por microorganismos que consumen la
materia orgánica” contaminante, retirándola del líquido y “purificándola para hacerla
apta para la descarga” de regreso al río, sostuvo.
A la vez, desmintió los argumentos que advirtieron que el Uruguay sería
un curso de agua demasiado pequeño como para soportar los desperdicios de una pastera y afirmó, en
cambio, que “es grande a nivel mundial, se ubica en el puesto 26” por su caudal de
6.000 metros cúbicos por segundo.
Como ejemplo aseguró que en Finlandia, país de origen de la empresa, las
fábricas “descargan en lagos con menos renovación”, equivalente a veces a 100 metros
cúbicos por segundo y aún así sus niveles de contaminación no superan los tolerables para la Unión
Europea.
La empresa reiteró que realiza rigurosos monitoreos, que insistió en
llamar “independientes” aunque es ella misma la que los paga, en forma paralela a los
que realiza la Dinama, el organismo medioambiental uruguayo.
González, un ingeniero químico uruguayo que fue enviado por Botnia a
realizar un master en la Universidad de Helsinki y luego un curso de especialización en las plantas
de la firma en ese país, sostuvo que la fábrica está preparada para contingencias como el derrame
de los peligrosos productos químicos que utiliza, a través de enormes piletones de 25 mil metros
cúbicos preparados para “contenerlos y depurarlos”.
El joven ingeniero está a cargo de los monitoreos mensuales que la
propia firma se autoimpone y afirmó que se evalúan desde abril de 2005 “más de 60 parámetros
físico-químicos del agua”, además de la “biología del río”, que incluye
“plancton y peces”, y lo mismo hace con el “aire ambiental” desde junio de
2006, con una estación de estudio ubicada entre la planta y la ciudad de Fray Bentos.
González afirmó que hasta las abejas de la zona son controladas
periódicamente en dos apiarios cercanos, a la vez que tiene “dos parcelas de muestreo”
para controlar una eventual degradación del suelo.
Obviamente, según el ingeniero, todos los parámetros “se
encuentran por debajo del máximo tolerable” para las normas uruguayas y de la UE.
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