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Domingo, 13 de enero de 2008  00:18 | La Ciudad

Los primeros tres strippers de Rosario

Comenzaron a trabajar hace poco más de diez años en un club nocturno de Funes, cuando los shows de strippers era por estos lares una novedad. “Ahora son más comunes, pero en esa época llegábamos y las mujeres gritaban como si hubieran tenido enfrente a Brad Pitt o a Tom Cruise”, ironiza Pablo...

Comenzaron a trabajar hace poco más de diez años en un club nocturno de Funes, cuando los shows de strippers era por estos lares una novedad. “Ahora son más comunes, pero en esa época llegábamos y las mujeres gritaban como si hubieran tenido enfrente a Brad Pitt o a Tom Cruise”, ironiza Pablo quien, junto a Fernando y Gustavo, se presenta como uno los tres strippers más viejos de Rosario. Y para celebrar semejante honor ofrecieron esta semana un show “sólo para mujeres” en el tradicional bar Rojo, de Necochea al 2100.
  Gustavo, de 34 años y 1,85 metro de altura, es el único de los tres que usa nombre artístico: en la noche lo conocen como “El monje” porque, encarnando ese personaje, salió a escena por primera vez.
  Antes de este trabajo era camillero y ambulanciero, pero esa historia quedó como parte de su pasado cuando un reclutador de talentos le ofreció ser stripper y le enseñó el abc del oficio.
  “Nos indicó cómo caminar el escenario y nos remarcó que nunca debíamos bajar de allí, ni perder el respeto, y que el show debía basarse en una coreografía bien aprendida”, recordó.
  Quien también rememoró el día que lo descubrieron es Fernando, de 35 años y 1,80 metro de altura. Era una calurosa tarde de verano, trabajaba en una zapatería y estaba armando la vidriera cuando le hicieron la oferta laboral. Dijo “no” más de una vez hasta que claudicó.
  “Por esa época no tenía un cuerpazo, pero era carilindo”, señala. En todos estos años encaró los papeles de cowboy, marinero y hasta de preso; y se desvistió cientos de veces regido por una fórmula infalible de la profesión: la provocación. “El día que no lo logre provocar más, cuelgo el slip y vuelvo a la zapatería”, confesó.

En el geriátrico. Pablo, ex quiosquero, es sin dudas es el más mediático de los tres. Supo ganar fama nacional cuando La Capital publicó hace dos años una denuncia de que los empleados del geriátrico provincial (de Presidente Perón y Provincias Unidas). Lo habían convocado para celebrar el cumpleaños de la directora de la entidad y el revuelo que provocó el festejo instaló el tema como noticia nacional. La responsable del hogar de ancianos, Graciela Silvero,fue desplazada de su puesto .
   “Debido a ese episodio recorrí todo el país, me llamaron de todos los medios y te aseguro que gané mucho dinero”, reconoce, el joven de 30, rubio, ojos celestes y 1.80 metro.
  
Mujeres zafadas. Los tres viajaron por toda la Argentina y varios países con sus espectáculos. Coinciden al decir que las mujeres están cada vez “más zafadas: te quieren besar, tocar y todo lo que puedan”. Es más,según dicen son mucho más eufóricas y expresivas que los varones durante un strip-tease de mujeres. El público masculino no grita ni se desespera; se contiene más y suele desnudar con la mirada.

Hombres comunes. También se ponen de acuerdo los tres cuando confiesan que por fuera del espectáculo son tan comunes y simples como cualquiera. Y sostienen que no caen en el cliché de hacerles strip-tease a sus parejas (los tres tienen novia y dos son padres) bajo el ritmo del clásico “You can leave your hat on”, de Joe Cocker que popularizó el film inglés “Full monty”, como suele suponer la gente.
  “Ni loco le hago un strip-tease a mi novia —remarca Pablo—, después de tantos años esto no erotiza, lo vemos como un trabajo”.

Buena paga. La tarea de estos hombres no parece para nada desdeñable desde la económico. Por quedarse en bolas y bailar sensualmente ante frenéticos gritos, movimientos y manoseos femeninos durante unos 45 minutos, los tres strippers cobran unos 200 pesos por cada show.
  “Claro que hay que bancarse más de siete shows por fin de semana, todo embadurnado de aceite para bebé y erecto a pura autoestimulación”, comenta Fernando antes de sostener por lo bajo: “Ojalá me respondiera sola”.

 


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