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Martes 20 de Mayo de 2014

Con mano de hierro y guante de seda

Aunque no tiene mucho de elegante, el desplazamiento de monseñor José Luis Mollaghan muestra una vez más los gestos de la diplomacia vaticana, la más antigua del mundo. 

Aunque no tiene mucho de elegante, el desplazamiento de monseñor José Luis Mollaghan muestra una vez más los gestos de la diplomacia vaticana, la más antigua del mundo. Al menos el ex arzobispo de Rosario ya reconoce que la visita canónica casi secreta de fines del año pasado existió y no fue un invento de la prensa. Ahora está más cerca de la verdad, sólo le falta admitir que no se llevaba bien con el actual Papa, algo que todavía sigue negando.

La decisión del Vaticano conocida ayer a primera hora no sorprendió a quienes siguen de cerca los entretelones eclesiásticos. Cuando se supo de la investigación ordenada por Francisco al Arzobispado rosarino, el final parecía cantado. No es común que se ordenen este tipo de visitas, a pesar de que en su momento el propio Mollaghan salió a negar la gravedad de la situación en seleccionadas entrevistas radiales.
 
El problema para el ya ex arzobispo rosarino es de fondo. El Papa quiere otro perfil para sus obispos, y él no rinde los requisitos exigidos para el actual momento de la Iglesia. Pero la decisión que recortó su actuación cuando aún le quedaban al menos diez años de obispado contiene una buena noticia.
 
No debieron ser tan graves los resultados de la investigación encarada por monseñor Arancibia, aunque haya recolectado numerosas denuncias de malos tratos a sacerdotes y hasta desfalcos en algunas parroquias. Si así hubiera sido le habrían pedido la renuncia y lo habrían mandado a alguna casa de retiro.
 
La medida tomada parece haber querido evitar la humillación de uno de sus pastores y tiene el mensaje de un gesto. Lo va corriendo de a poco. En términos futbolísticos sería como relegarlo al banco de suplentes y después bajarlo a reserva hasta que su estrella se diluya. En política, sería un destino de embajada.
 
En ámbitos eclesiásticos lo definen con construcciones lingüísticas más rebuscadas: "Promover para remover".
 
Pero el futuro no es halagüeño para Mollaghan. No va a presidir ni comandar nada. La designación, a pesar de los esfuerzos de la Aica, no lo jerarquiza. Sólo será un miembro más de una comisión colectiva que todavía se está formando para tratar delitos graves de miembros de la Iglesia. O sea, uno más en el mundo de Roma, casi el destierro, aunque es probable que otra vez -como hace cinco meses- nadie quiera admitirlo.

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