Opinión
Domingo 11 de Septiembre de 2016

Con las barbas en remojo

Choque con el poder central. Con el masivo reclamo popular de mayor seguridad como trasfondo, Lifschitz confrontó duramente con las ambiciones de la Nación de recortar su espacio. Hoy, un encuentro que se vislumbra como decisivo.


"Barbam propinqui radere, heus, cum videris, prabe lavandos barbula prudens pilos". No es claro el origen de esta antiquísima expresión que algunos ubican en el Imperio Romano (tal vez por su origen en latín) y otros en el tardío Medioevo que ya se confundía con el romanticismo cuando la peor afrenta que podía recibir un caballero vencido era que se le rasurara la barba en contra de su consentimiento: quien lo viera desde entonces sabría que había sido derrotado.
Lo cierto es que la expresión "cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar", no nos es desconocida en esta primera década del siglo XXI. Una explicación prosaica dice que antes, cuando los hombres no se afeitaban en sus casas e iban a las barberías para ello, mientras el peluquero afeitaba a alguien, su asistente humedecía el vello facial de quien seguía en turno para que la faena resultara más fácil y menos dolorosa.
Venga de donde venga, siempre la expresión connotó y denotó lo mismo. Una exhortación al alerta a la vez que a la prudencia porque lo que aconteciera a otro podría acontecernos a nosotros. Máxime si nos encontramos formando parte del círculo del afeitado o compartimos con este determinadas cuestiones comunes. Es decir, aquello que acontece a nuestro alrededor muy probablemente nos puede pasar, así que uno debe ser precavido ante lo que inevitablemente llegará o, por lo menos, intentar evitarlo.
Este es el metamensaje que subyace todo el tiempo detrás de las noticias que hacen de la actividad delictiva —sobre todo la que genera víctimas fatales— cuando con ello se insiste de modo sostenido y constante, un motivo de atracción morbosa y adictiva. No es necesario buscar estadística alguna para aseverar que la cuestión da rating (que en los medios se traduce en publicidad y por ende en dinero) porque sino la televisión, fundamentalmente, no gastaría un segundo de su programación. Tampoco lo haría, para trazar una analogía del todo azarosa en este caso, con la bella joven desconocida cuyo único mérito fue haber logrado colarse en la cama de algún famoso.
Con uno y otro tema se hacen programas específicos, se nutren las redes sociales, etcétera. La pregunta que hoy nos parece pertinente, gira acerca de si también se hace política con estas cosas.
Quizás el caso más grotesco y extremo en el que un político apelara a los servicios de la farándula para desligarse, en cierto modo desdecirse, y limpiarse de su pasado kirchnerista como máximo responsable de La Cámpora, fue el supuesto romance entre el diputado Jose Ottavis y la vedete Victoria Xipolitakis. Y si no propongo al lector el siguiente ejercicio: piense, cuando le mencionan a ese político, ¿cuál es la primera asociación que aparece en su mente? Será, en la inmensa mayoría de los casos, la de su relación con la estrafalaria rubia.
¿Y eso por qué? Si Ottavis es político y su rol fue de conducción del grupo de poder político más influyente que hubo en las últimas décadas, ¿cómo es posible que no lo pensemos o valoremos en función de ello sino de una relación que tuvo un romanticismo tan auténtico como el aroma de una flor de plástico?
Porque esa relación fue mediatizada, subrayada desde la recurrencia mediática —televisión, radio, redes sociales, etétera— con la insistencia continuada que requirió el negocio. El que se completa, si quieren, con las memorias de la rubia. Es decir, ¡hasta una editorial! interviene en el negocio pretendiendo vender esa prosa que seguramente no cambiará la vida de las personas ni del país, a 900 pesos. Quede claro que tiene todo el derecho del mundo a escribirlas e intentar venderlas.
No creo equivocarme si advierto que debajo del discurso del gobernador, Miguel Lifschitz, días pasados (apenas 24 horas después del fiasco que fuera su reunión cara a cara con la ministra de Seguridad Nacional, Patricia Bullrich) encontramos nuestra cita de hoy.
Lifschitz arengó a la tropa diciéndole que se ponía en su lugar. Y le prometió que "no resignaría el lugar que le corresponde" a ésta. La identificación inicial es meramente oportunista y demagógica. El gobernador no es, no será, no puede ni debe ser un policía. Tomemos como un guiño cómplice antes de advertirle que no dejará que la desplacen del lugar que le corresponde. ¿Qué le dijo en realidad? Que sobre ese grupo de personas recae el riesgo real de ser desplazado del lugar, que al decir del gobernador, le es propio.
Lifschitz podría haberles dicho a los policías: "Muchachos, pongan sus barbas a remojar que se las vienen a cortar". Lo que se dice nada para tranquilizar y les cambió el jefe, de pasó.
Lo que no dijo el gobernador era quién venía con las tijeras afiladas aunque para entonces al menos en ciertos círculos —habiendo trascendido ya el resultado de las charlas con la Nación— no hacía falta. Ya se conocía que Bullrich pedía intervenir lisa y llana la policía santafesina. Ese reclamo reconoce el antecedente, que todos buscaron disimular y olvidar rápido pero cuya gravedad no tiene antecedentes sino en el siglo XIX, que fue la, invasión de fuerzas nacionales al territorio santafesino —llámenla como quieran pero fue eso— durante la fuga de los tres homicidas condenados por el triple crimen de General Rodríguez por el tráfico de efedrina.
Experimentado como es, el mandatario santafesino se mostró un auténtico socialista al privilegiar los sentimientos y las inseguridades de los protagonistas. Desde hace mucho y en base a esa relación traumática que el socialismo ha tenido con el peronismo (de diván) de no entender nunca como el pueblo trabajador fue dejando de adherir a su partido para volcarse a la amorfa construcción armada hace 60 años a la sombra de una dictadura y por uno de los personeros de esa dictadura que les exigió desde siempre obediencia ciega, algunos socialistas aprendieron a enfrentarse al choque entre la teoría académica con las contradicciones y miedos de las personas de carne y hueso. También, como decían los manuales de antaño, profundizó las contradicciones.
Lifschitz decidió jugarse no ya para resolver esta coyuntura que pinta a Rosario como una película del lejano oeste en la que todos andan a los balazos a toda hora —convengamos que se trata de una descripción extremada al absurdo pero sobre datos reales de una intranquilidad que hizo a la gente a salir a calle masivamente en reclamo— sino a poner la suerte de su gobierno en una especie de todo o nada. O, ¿cómo creen que le irá al socialismo en las elecciones dentro de unos pocos meses si el gobierno no logró para entonces bajarles la ansiedad a esos miles y miles que enojados que corearon el nombre del ingeniero y el de algunos de sus ministros?
Lifschitz no tiene margen de error ni tiempo. Y se juega la suerte de su gobierno y de sí mismo. Una mirada rápida permite ver lo mal que le ha ido al 98 por ciento de los gobiernos que perdieron las elecciones de medio tiempo. Y también decimos que se juega su propia suerte personal, por dos datos que se ven venir en caso de un resultado electoral adverso: la transformación de la por momentos indiferencia del radicalismo en una sangría y un devenir de la interna que mantiene con otros sectores del propio socialismo cuyo rumbo aún no se mantiene en sordina. Este es, además, el peor escenario para la continuidad del Frente Progresista que, si estas variables, se dieran conforme esta hipótesis carecería de futuro más temprano que tarde.
La estrategia del gobernador pasa por elegir el papel. Le ganó de mano, tal vez, a la Nación que buscó ponerlo de cómplice con la policía permeable al delito; y opositor, al menos, a una política de limpieza del gobierno nacional. El malo es Lifschitz, aunque él no se dé cuenta.
Al ingeniero de la Casa Gris le demandó dos segundos darse cuenta hacia dónde lo acorralaban. Con la gente en la calle pidiendo gendarmes no le quedaba más que ir al pie del gobierno nacional a reclamar su envío, como hizo, pero se negó a las condiciones que le pidieron. Le sirvieron en bandeja que pudiera exponerse como una víctima del centralismo que otra vez avasalla ahora no ya el territorio sino su gobierno y la autonomía política santafesinas. Eso justifica que el hombre hiciera esa conferencia de prensa para tratar de "cirquera mediática" a la ministra Bullrich y denunciar a un mediático vinculado a la farándula que vive en Buenos Aires por amenazarlo de muerte en las redes sociales, tan contraria a su estilo conciliador y calmo.
A la vez buscó cicatrizar el frente abierto con la Justicia, e involucró a legisladores nacionales y provinciales en la cosa mientras envió leyes al Parlamento para combatir, dicen, la inseguridad, lo que nos da la pauta de acciones deliberadamente meditadas.
A la policía le dijo que pongan las barbas en remojo porque sino se la van a cortar, sea él (que les cambió de jefe, ratificó el ministro y tomó las riendas) o la Nación. A Bullrich la descalificó y la sacó del ring. Ahora, hoy, hablará el tema directamente con el jefe de la ministra. De numero uno a número uno.
Mientras tanto todos están expectantes a lo que pase esta tarde. Los vecinos que en las ciudades santafesinas salen a la calle para gritar su miedo y corearle su nombre junto a variados epítetos. Los partidos opositores y los socios. La Justicia.
Lifschitz debe salir de su reunión de esta tarde con el presidente Mauricio Macri no con que logró que Nación mande gendarmes —porque además tarde o temprano, la Nación los tiene que mandar; esas fuerzas al fin y al cabo son federales aunque ahora cumplan una función para que la no fueran creadas— sino con la certeza de que se hizo respetar por el poder central y así seguirá siendo. De lo contrario, buscarán una y otra vez cortarle la barba.

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