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Sábado 12 de Octubre de 2013

Comunicación y destitución

El sábado pasado no fue un día cualquiera. Desde el mediodía, tímidamente, se comentaba e informaba que la presidenta Cristina Kirchner estaba en la Fundación Favaloro por un examen de rutina.

El sábado pasado no fue un día cualquiera. Desde el mediodía, tímidamente, se comentaba e informaba que la presidenta Cristina Kirchner estaba en la Fundación Favaloro por un examen de rutina. Pasaron las horas e, increíblemente, no había desmentida ni confirmación oficial sobre si el rumor tenía algo de verosímil. Los portales de noticias no se animaban a afirmar que Cristina había concurrido al centro asistencial y empleaban el potencial "estaría".

Mientras tanto, los periodistas intentaban confirmar la información a través de allegados a la presidenta. Uno de ellos, integrante del Gabinete, había mantenido una conversación telefónica con ella poco antes del mediodía y no notó nada especial. La conversación había girado sobre temas puntuales y de acción de gobierno. Las horas pasaban y no se podía saber qué pasaba con Cristina. El silencio era total.

A las ocho de la noche se emitió por TV la segunda parte de una entrevista de un ciclo de encuentros que Cristina había comenzado a mantener con la prensa. Todos los diarios esperaban el título para las ediciones dominicales, aunque en realidad no hubo muchas declaraciones sorpresivas. Hasta ese momento la presencia de la presidenta en la Fundación Favaloro seguía siendo un rumor sin confirmar y la información que estaba lista para publicarse el domingo revestía ese carácter de poca certeza.

Pero pasadas las diez de la noche, con las ediciones de los diarios prácticamente terminadas, incluida la de La Capital, todo se tornó vertiginoso. Apareció por TV el vocero presidencial leyendo en un tono monocorde un parte de prensa confuso e impreciso. Se supo, entonces, que Cristina había estado varias horas internada en la institución médica, que había sufrido un golpe el 12 de agosto pasado y que los médicos le habían recomendado 30 días de reposo. Una bomba noticiosa a esa hora de la noche.

¿Cómo se explica la política comunicacional del gobierno? ¿No hubiera sido mejor informar con precisión apenas la presidente concurrió a la Fundación Favaloro cerca del mediodía del sábado y evitar todas las especulaciones?

Después de la operación en la cabeza, tres días después, el manejo de la información sobre el tema mejoró un poco, pero siempre estuvo lejos de lo recomendable.

Uso político. La incertidumbre que generó el propio gobierno con una equivocada estrategia de comunicación sobre la salud de la presidenta tuvo de inmediato un correlato político en sectores minúsculos, aunque desembozados, que pretenden que el mandato presidencial no termine, una práctica conocida desde la vuelta de la democracia en 1983. Raúl Alfonsín debió culminar antes su gobierno. Lo mismo le ocurrió a Fernando De la Rúa, ambos gobiernos no peronistas. Y no se mencionan aquí los fugaces pasos de algunos presidentes durante la crisis del 2001. Entonces, ¿por qué no pensar que a Cristina le quieran señalar ese camino, no importa de qué manera? Si está enferma o hay una crisis política grave parece ser lo mismo, lo que vale es el objetivo final: la acción destituyente.

Con rápidos y acertados reflejos, todo el arco opositor político democrático de inmediato salió a respaldar a la institución presidencial y la línea de sucesión para que se cumpla el mandato popular de este gobierno establecido hasta el año 2015.

Sin embargo, el domingo, al día siguiente de la recomendación de reposo de la presidenta y antes de conocerse la indicación de la cirugía y licencia, hubo un consultor de opinión pública que instó al levantamiento popular en plaza de Mayo para que se interrumpa la línea de sucesión presidencial. Fue durante el programa de Jorge Lanata, el ciclo político más visto del país. Sin dudas que ese discurso representa a sectores marginales de la sociedad, pero ¿no fue apología del delito? Se le dio aire a alguien que explicaba la necesidad de una pueblada. Tal vez se inspiró en lo que ocurre en Egipto en la plaza Tahrir, de El Cairo. Allí hace un par de años la movilización popular terminó con el gobierno de varias décadas del dictador Mubarak. Y hoy, hay decenas de muertos por semana que reclaman la reposición en su cargo del presidente electo derrocado por un golpe militar al estilo de la década de los 70 en Latinoamérica. Es un caos político que no parece tener fin y ya se ha cobrado centenares de muertos. ¿Esa es la recomendación para la Argentina de un pequeño sector con poder que no tolera esperar dos años más para que la democracia siga su curso? ¿Los intereses afectados por este gobierno a ese núcleo de la sociedad son tan profundos que no admiten un mínimo de tolerancia?

Hasta han aparecido comentarios ("coágulo, hacé justicia") similares a las pintadas de "Viva el cáncer", como ocurrió cuando Eva Perón agonizaba en 1952.

Estrategia destituyente. Se podrá acordar o no con las políticas de este gobierno, que seguramente ha tenido medidas acertadas como desacertadas a lo largo de los años. Ahora, transitará su camino final, en los próximos 24 meses, con un lógico desgaste. Pero antes de su epílogo y después de las elecciones legislativas con la presidenta otra vez en funciones, es probable que quiera profundizar lo que llama "el modelo" y dé la puntada final a una serie de medidas y leyes que considera impostergables.

Los sectores, minoritarios, que apuestan a que ello no ocurra vienen apelando a distintas maniobras, sea en el campo económico especulativo o el político de coyuntura, como por ejemplo sacarle provecho a la enfermedad de la presidenta.

Primero, esos núcleos de poder intentan que la alta inflación que el gobierno niega infantilmente se desmadre y se torne en hiperinflación, con el consiguiente correlato de desazón social, pérdida del poder adquisitivo del salario y protestas callejeras. También apuestan al descontrol del tipo de cambio para que la brecha entre el dólar oficial y el marginal sea tan amplia como inviable para la economía. Y esperan con ansiedad que la Justicia norteamericana confirme el fallo a favor de los fondos buitre y se declare el default de la deuda. Buscan, además, los flancos débiles que el gobierno ofrece, y son muchos, vinculados con la poca transparencia de algunos funcionarios, como el ex secretario de Transporte Ricardo Jaime y varios amigos del poder.

Fue por eso que, a coro, se cuestionó a veces de manera sutil y otras no, el traspaso del Poder Ejecutivo al vicepresidente Amado Boudou, con varias denuncias por corrupción que se investigan en la Justicia. Boudou ofrece a la estrategia destituyente un blanco fácil para ser castigado en los medios de comunicación. Tiene un pasado liberal y presente kirchnerista y su imagen pública con una guitarra en mano y al volante de una moto no es de las más ortodoxas para el cargo. Pero es cierto que todavía no ha sido imputado por ninguna denuncia mientras que, trazando un paralelo, el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires fue procesado en primera instancia y el fallo confirmado por una cámara federal, por instalar un aparato de inteligencia mediante una asociación ilícita dedicada al espionaje ilegal, que incluyó escuchas a familiares de víctimas de la AMIA y a su cuñado. Esa delicada situación judicial de Macri, que debería llegar a juicio oral, no es explotada por los sectores destituyentes porque tienen afinidad ideológica con el jefe de gobierno porteño, su famoso y nunca bien aclarado "Círculo Rojo" y el "montón de gente que quería terminar con el ciclo de prepotencia, autoritarismo, falta de espíritu democrático que ha tenido el kirchnerismo".

En realidad, no debe cundir la paranoia, porque no hay objetivos con nombres propios, sino la intención es encontrar a los personajes más vulnerables del gobierno para ir horadando sus conductas, ligar a todos los funcionarios sin distinción y crear una sensación generalizada de hastío y podredumbre donde todo suene creíble.

Ni siquiera la notable cicatriz que le dejó a la presidenta la operación de tiroides del año pasado sirvió como prueba de que pasó por el quirófano. Mucha gente cree todavía que fue otro ardid del gobierno, como también se escucha asegurar que Yabrán no se suicidó y está tomando sol en una isla del Pacífico o que Carlitos Menem no tuvo un accidente con el helicóptero y lo asesinaron. Son "Las noticias deseadas", como titula el periodista Miguel Wiñazki a su libro, donde explica cómo la gente da por cierto determinados hechos aunque no cuente con ninguna prueba ni conocimiento del asunto. En esta gestación de una mirada propia de la realidad los medios de comunicación juegan un importante rol en el armado de esa estructura ficticia, que también el propio gobierno ha contribuido a crear con mensajes distorsivos.

Por eso, nadie en su sano juicio y a esta altura de la historia volvería a pregonar la interrupción de un ciclo de gobierno a la usanza de la década de 70. Pero hay otros métodos más modernos de hacerlo: la distorsión de la realidad, el clima de desesperanza generalizado y el desborde de las variables económicas que conlleven a la explosión social. ¿Quién puede garantizar, por ejemplo, que en el próximo diciembre no vuelvan a repetirse en Rosario los inexplicables saqueos del año pasado?

Como nunca, se observa últimamente un aglutinamiento de sectores decididos a que el kirchnerismo no concluya su mandato. Y eso es una señal de alerta tanto para los que condenan como para los que apoyan a este gobierno. Una acción destituyente sólo es funcional al pequeño grupo faccioso que la promueve.

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