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Domingo 07 de Agosto de 2016

Como una olla a punto de estallar

Las emociones suelen abarcarlo todo, entonces no hay razón que valga. Cómo ponerle un freno a la ansiedad. El riesgo de las tareas múltiples y de que el cerebro no descanse nunca. Recomendaciones.

Cuántas veces llega la noche y nos quedan mil cosas por hacer. Quizás no logramos cumplir con las metas que nos habíamos propuesto para hoy y encima se suman todas las cosas que tenías previstas para mañana. Más lo de cada día: el trabajo, el estudio, los pañales, la casa, las compras, la comida. No alcanzan las horas, es lo primero que se nos viene a la cabeza. Y en un segundo ... malestar, fastidio, impotencia, enojo, ansiedad.

   El cuerpo se tensa, los hombros parecen de acero y el cuello suena cada vez que lo movés. Se te hace un nudo en el estómago y por momentos sentís que te falta el aire. La cabeza no para de girar, proyectando todas las tareas pendientes y sumando juicios y críticas. Estás más cansado que nunca pero no podés dormir. El insomnio gana tus noches y arrancás el nuevo día con más dificultades que ayer.

   Sobrepasado, estresado, así estás muchas veces. Tus emociones explotan y tu cuerpo hace ruido por todos lados, no podés relajarte ni un minuto y pensar claro parece una misión imposible. La alarma está encendida: sería prudente escucharla. Estás a tiempo.

   ¿Qué aporte pueden hacer las neurociencias? ¿Cuál es la relación entre el sistema límbico y la neocorteza? El sistema límbico, algo así como el "cerebro emocional", sube su volumen, mientras la neocorteza, el "cerebro racional", cada vez se escucha menos.

   A medida que las emociones se trepan a un espiral que no parece tener final, la razón pierde la voz, se queda afónica. Por mucho que lo intentás, no te es fácil pensar con claridad. No podés prestar atención y concentrarte en lo que tenés que hacer. Reflexionar es una tarea casi imposible cuando las emociones desbordan. También se hace durísimo planificar. El malestar crece. Las emociones explotan y la agitación desborda.

   La presión te hace reaccionar y los impulsos ganan la escena: el resultado muy pocas veces es bueno.

   ¿Qué podés hacer? Aprendé a bajar el volumen del cerebro emocional y dar un poco más de lugar al pensamiento, esa capacidad que te permite volver a poner las cosas en su lugar.

El primer paso es reconocerlo

   Siempre se empieza por un primer paso, quizás el más importante: reconocer que estás sobrepasado. No tiene nada de malo esto. No olvides que sos solamente un ser humano. Reconocer implica darse cuenta y aceptar, una actitud que necesita tanta humildad como coraje. Y ahora la buena noticia: a partir de este punto, todo puede empezar a mejorar.

   Dado que hacer todo no es posible, lo primero que podés hacer es hacer nada. Bah, para ser más preciso, podés tomarte dos o tres minutos para frenar lo que venías intentando y respirar hondo. Tomá conciencia de tu respiración, cambiá el ritmo: que sea más profunda y lenta.

   Mientras te vas calmando, también tu mente comienza a despejarse. Tomá distancia de los problemas, separate un poco y date lugar a sentir el malestar. Aceptarlo es un paso estratégico, no es resignarse. No pretendas cumplir con todas las tareas. Quizás sólo debas enfocarte en las más importantes. O quizás sea un buen momento sólo para descansar, para darte un rato libre de disfrute, para conectarte con alguna actividad que te relaje o gratifique, o para pasar un buen momento con las personas que elijas.

   No estás perdiendo tiempo, estás cargando nafta para poder seguir luego. Seguro que los problemas no se resolverán solos de este modo, pero notarás que tampoco es el final del mundo.

   A veces aprenderás a notar que son exigencias propias de tu mente las que te generan tanto malestar, dado que afuera, nada cambia. Es imposible que todo esté bien, que todo esté en su lugar: este deseo es irreal, es una ficción que confunde. Reconocer esto trae ya cierta tranquilidad.

   Entonces, bajá el ritmo, bajá la velocidad. Comenzá con una tarea sola, enfocando allí tu atención y no permitiendo que se te vengan otras cosas a la cabeza.

   Si no encontrás aún la solución es porque no estás logrando ver las cosas con claridad. Me gusta pensar que si algo no tiene solución, entonces no es un problema.

   Proponete resolver primero una cosa y luego verás con qué seguís; un paso por vez.

   Es posible que tu malestar comience a disiparse, la angustia, la frustración. Si tu cabeza comienza a agitarse otra vez y la ansiedad te gana el cuerpo, no reacciones, volvé a concentrarte en la respiración. Y si aún así sentís que no podés, que seguís sobrepasado, entonces quizás puedas pedir ayuda. ¿Lo habías considerado?

Una última sugerencia

¿Vale una última sugerencia? Después de haber explorado adentro tuyo cómo te venís sintiendo en este último tiempo, comenzá a observar a las personas que te rodean. Quizás tu pareja, tu hermano, tu padre o tu hijo, está sobrepasado. ¿Querés darle una mano? Escuchalo atentamente, sin juzgarlo, sin criticarlo. Antes de apresurarte en darle consejos, mejor seguí escuchándolo. Acercate y hacele saber que muchas veces te sentiste así, que no es lindo, que tenés ganas de ayudarlo. Preguntale de qué manera podés ayudarlo. Dale tiempo y quedate tan cerca como te lo permita. A veces, basta con un abrazo y silencio.

Lucas Raspall (*) Médico psiquiatra y psicoterapeuta / Especial para Más

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