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Domingo 15 de Noviembre de 2015

Cómo es vivir en medio de la guerra que amenaza al mundo

La hermana Guadalupe, misionera en Alepo, Siria, estuvo en Rosario. Aquí contó su vida en medio de la contienda donde todos los días llueven misiles.

“Quiero que todos sepan lo que realmente se está viviendo en Alepo, la segunda ciudad de Siria, a la que los fundamentalistas islámicos rodearon y la bombardean en forma permanente”, declaró visiblemente emocionada ante un colmado auditorio la hermana Guadalupe, que desde hace cuatro años vive en medio de la guerra.
  La colectividad siriolibanesa de Rosario la convocó para que cuente su historia. Durante casi dos horas la religiosa intentó transmitir lo que se está viviendo en la tierra de muchos de los antepasados de los rosarinos que colmaron la sala. Allá donde el extremismo islámico está arrasando con la cultura, con la vida de miles y miles y con el único objetivo de establecer un califato entre Siria e Irak donde la ley sea el Corán. “Esta es una primera etapa —dicen ellos—, pero el objetivo es alcanzar Europa y después el mundo entero”, señaló la religiosa.
De hábito azul Francia, el tradicional de la orden del Verbo Encarnado y una gran cruz sobre su pecho, la hermana Guadalupe se presentó al auditorio. Nació en Villa Mercedes (San Luis) y al terminar su preparación como monja fue destinada a Belén, donde aprendió a hablar el árabe. Luego vivió doce años en Egipto y al terminar ese período los superiores de la orden le ofrecieron que eligiera un país para ir a descansar un par de años.
  Sin dudarlo eligió Siria, porque en ese año, 2011, este era un país en paz. Y dentro de Medio Oriente se caracterizaba por la convivencia pacífica entre las distintas religiones. “Era hermoso, tranquilo, pacífico, con minoría cristiana, y con cierta libertad religiosa, porque el gobierno de Bashar al-Asad es laico, no fundamentalista, moderado y respetuoso”. Ella fue a una casa de la orden a Alepo, la capital económica del país, donde viven cinco millones de habitantes.
  “Esto lo cuento para que entiendan cómo era vivir en Alepo antes de la guerra. Era un lugar elegido para el descanso, para vivir tranquilos”, explicó y sonrió irónica. Hoy no dejan de caer misiles en todo momento, de día y también de noche”.
—¿Cómo era Siria antes de la guerra?
— Era un país próspero, sin deuda externa, independiente económicamente, no estaba bajo el yugo de nadie. Como tiene petróleo vivía de una gran actividad comercial y de sus recursos naturales. Además, la ubicación geográfica es estratégica. Allí no había inseguridad, ni desocupación. Dormíamos con la puerta sin llave, la gente podía volver a su casa tranquila a la noche. No se respiraban aires de revolución. Nadie, jamás, podía imaginar lo que iba a suceder. Pero sí había algunos grupos minoritarios opositores al gobierno que querían instalar el fundamentalismo.

—¿Entonces cómo se llega a la guerra?
—La guerra fue montada desde afuera. Los occidentales juzgamos al oriente con criterios occidentales, entonces escuchamos la palabra dictadura y pensamos ¡pobre gente! Y nos tragamos lo que nos dicen: que los árabes estaban cansados de la dictadura, que no soportaban la opresión y que salieron a la calle a buscar democracia, como si los sirios hubieran tenido algo que envidiar a las “pseudo” democracias occidentales. ¡Nada que ver! Ellos vivían muy bien. Es el eterno intento de exportar nuestros modelos occidentales y de imponerlos...
  Esta guerra se planeó en un escritorio, con todos los detalles. Lo primero fue la “Primavera árabe”, que de primavera no tuvo nada. Los árabes salieron a las calles, según lo que mostraron los medios occidentales “a buscar democracia”, entonces empezaron los disturbios en Túnez, Libia y Egipto.
  En Alepo mirábamos aquello como espectadores, sufriendo, pero pensando que eso no iba a pasar nunca allí. Pero llegaron. Fue de un día para el otro. Comenzaron las primeras manifestaciones en un pequeño pueblo llamado Daraa. Y mientras los medios decían que eran “protestas pacíficas”, las estudiantes que vivían en Alepo, pero eran de Daraa, hablaban con sus familiares que estaban shockeados. Les decían que había entrado gente extranjera, que hablaba otro dialecto. Y ese día descuartizaron cristianos, y tiraron los restos en una bolsa, en un contenedor de basura. En la bolsa se leía: “No tocar, es cristiano”. Estos extranjeros empezaron a alentar a los pequeños grupos opositores al gobierno. Así comenzó la masacre, y sigue hasta hoy. Van avanzando tomando pueblos y ciudades de forma atroz.

—¿Se trataba del EI?
—La cuestión es muy compleja porque no es un solo grupo de extremistas, son varios. Y aunque entre ellos no hay acuerdo, tienen un objetivo común: hacer de todos una sola nación islámica. El modo de avanzar es exterminar todo lo que sea distinto al fundamentalismo islámico. Por eso torturan, secuestran, descuartizan, crucifican y matan a todos aquellos que sean “infieles”, dentro de los cuales están los musulmanes moderados, los cristianos y los de otras religiones.
  Pero lo más grave es que hay grandes potencias que están financiando esta masacre. Son los poderosos de Occidente que hablan de derechos humanos y están vendiendo armas a los terroristas. Y nosotros, en Siria, estamos pagando con las víctimas.
  Es verdad que el régimen de al- Asad tenía problemas y falencias pero la gente en Alepo salió a la calle masivamente para apoyar a su presidente. Eso es lo que yo veía en la calle y mientras tanto en la televisión decían que el pueblo se levantaba contra el gobierno y era todo lo contrario. Llevamos años así. Somos un pueblo silenciado, y lo que más duele es la tergiversación de la información y que Occidente sea cómplice con su silencio.
  Hace dos años tuvieron lugar las elecciones nacionales y la gente expuso su vida para ir a votar. Fue heroico porque ese día cayeron proyectiles sin cesar, pero la gente fue igual a votar. El presidente ganó por el 90 por ciento, pero claro, se dijo que era fraude. Pero yo vi a la gente exponerse para ir a votar y sé qué quieren los sirios. ¿Por qué en este momento, donde se ha facilitado tanto la comunicación, esto no se sabe?

—¿Cómo avanzaron sobre Alepo?
—Los terroristas entraron por los barrios periféricos y bloquearon la ciudad totalmente por más de un año. Esto también se silenció. Recién un año más tarde el ejército nacional logró abrir las vías de acceso. Nosotras allí atendemos la catedral y tenemos una pensión para chicas que vienen de los pueblos más pobres a estudiar.
  Durante más de un año nadie pudo entrar ni salir del país. Dejaron de entrar los insumos. Se acabó el combustible, dejamos de ver autos en la calle. Ya no se podía prender la calefacción (en una ciudad donde las temperaturas llegan a varios grados bajo cero y nieva). Se acabó el gas, y la gente empezó a arrancar ramas de los árboles para cocinar y calentarse, y era gente que lo tenía todo porque en Alepo se vivía muy bien.
  Las usinas eléctricas fueron tomadas. Desde entonces, tenemos una o dos horas de luz como máximo por día. El agua llega una vez por semana, o cada 10 días, y por unas horas. Entonces cargamos baldes y todo lo que uno pueda para “tirar” una semana más.
  Se acabaron la fruta, la verdura, la carne. Sobrevivimos con arroz, fideos y enlatados. La gente decía: “Vamos a morir de hambre y de sed y el mundo no lo sabe”. Se acabaron los fósforos, las velas y las pilas. La escasez fue terrible.
  A esto se le sumó el combate, que empezó a ser permanente. Si bien los terroristas están en la periferia, desde allí disparan hacia adentro de la ciudad. Y esto es al azar, en todos los barrios de Alepo, en especial en las zonas cristianas.
  Allá preguntamos “¿dónde llueve hoy?”, pero no hablamos de la caída de gotas de agua sino de proyectiles, porque literalmente llueven. El viernes santo del año pasado, a las tres de la mañana, los terroristas tomaron un barrio cristiano que está situado en una de las zonas más altas de la ciudad. Advirtieron que les daban dos horas para abandonar su casa. Esto no es fácil, menos cuando hay niños, abuelos o enfermos. Muchos se quedaron en su casa esperando la muerte. Pasadas las dos horas, a los cristianos los obligaron a convertirse al islam. Los que se negaron fueron fusilados.

—¿Desde entonces huyeron muchos?
—Siria era un país de 22 millones de habitantes, y se calcula que hoy hay 11. La mitad huyó. Sus casas fueron destruidas, son los que hoy se ven en las imágenes de televisión que están buscando asilo en algún país. Y nosotros nos preguntamos ¿hasta cuándo? La solución no es que se reciba a los refugiados. ¡La solución es que termine esta guerra absurda!
  Cuando salió la foto de ese niño sirio muerto en la playa, todo el mundo se impactó. ¡Pero eso lo vemos todos los días en Siria! Hoy sólo se habla de los refugiados, y parece que ya no hubiera guerra. Los sirios están diciendo: “No queremos irnos a Europa, ¡paren la guerra!”, pero nadie los escucha.

—¿Cómo es vivir el día a día?
—No hay zonas de la ciudad que estén seguras. No se salvan ni los hospitales, ni las escuelas. Las iglesias por supuesto están destruidas y nosotros nos acostumbramos a caminar entre escombros. Se nos hizo normal vivir en guerra... Por los ruidos podemos distinguir qué clase de proyectil cae o si es un misil. Los chicos en la calle recogen balas perdidas y saben distinguir muy bien de cuáles armas provienen.
  Casi todo el mundo duerme en los sótanos por los bombardeos. La gente sale a la calle lo mínimo indispensable. Estamos atentos a los ruidos y a las explosiones. Por experiencia ya sabemos la distancia a la que está ocurriendo. En los cuatro años que pasé allá yo no recuerdo ni un día en silencio... Es más, cuando pasan 40 minutos sin explosiones la gente empieza a sospechar: ¿qué pasó?, ¿se quedó dormido el cañón?
  En invierno, después de las cuatro de la tarde es de noche. En las casas la gente anda con linterna, velas o tanteando en la oscuridad porque no duran ni las pilas, ni las velas. ¡Pienso tanto en esas madres que ya no pueden sacar a jugar a los chicos a la plaza!. Los niños se la pasan encerrados y no son pocos los que no logran conciliar el sueño por los ruidos de las explosiones y tienen que tomar pastillas para dormir. Nosotras vemos cómo vienen los niños a la parroquia y cuando se encuentran en vez de intercambiar figuritas intercambian balas que encuentran en su balcón, en la calle. Ya no nos parece raro que caiga una bala perdida cerca, en plena calle.
  Hay francotiradores apostados en el barrio alto de la ciudad para disparar. Por eso, cuando salimos a la calle, todos caminamos muy rápido y atentos. Ya sabemos cuáles son las calles donde disparan. En general se trata de zonas cristianas. Para cruzar nos juntamos varios en una esquina y corremos todos juntos. Sabemos que alguno puede perder la vida. Pero si somos varios, podemos auxiliarnos.
  Cuando tuve que ir a la oficina de pasaportes para hacer unos papeles para viajar a Argentina tuve que cruzar dos calles de francotirador. No quedó otra que exponerse. La gente sigue intentando hacer vida “normal”, ir a trabajar y que los niños vayan a la escuela. A nosotras nos sorprende que vayan a la iglesia porque sabemos que exponen su vida a cada paso.
  Por eso ya es costumbre que al salir de casa todos se despiden como si no se volvieran a ver... Son conscientes de que la muerte los puede encontrar en cualquier minuto.
  Lo de las balas perdidas es muy común. En Alepo las panaderías dan a la calle y hay que hacer fila en la vereda para conseguir pan. A veces hay que esperar entre 4 y 6 horas para conseguir una bolsa de pan. Es mucho el tiempo en que uno está expuesto a que caiga cualquier cosa. En una oportunidad, una señora que estaba en la fila fue alcanzada por una bala que le entró por el hombro y le salió por la cadera. Murió mientras esperaba para comprar el pan.
  También nos hemos acostumbrado a la caída de proyectiles. El problema no es la explosión que causan, porque sólo destruye una habitación de una casa, sino la onda expansiva que provocan. Ellos fabrican estos proyectiles en forma casera y les ponen todo tipo de elemento cortante como latas, vidrios o clavos, entonces cuando explotan estallan miles de esquirlas durante varios minutos y pueden alcanzar varios cientos de metros a la redonda. Con este tipo de explosiones uno tiene que correr e intentar protegerse con algo sólido, aunque uno se encuentre a tres cuadras de la explosión. Tal vez compraste algo en una verdulería y al caminar media cuadra ese lugar voló en mil pedazos.
  Los misiles son tremendos porque esos sí que destruyen un edificio entero fácilmente.
  En Alepo nos acostumbramos a preguntar a dónde llueve, antes de salir, para evitar la zona de caída de proyectiles. En la parroquia la gente se pregunta: “¿Cuánto llovió hoy en tu barrio? Y la respuesta puede ser 50, que son 50 proyectiles.
  En las épocas de fiesta ellos anuncian que van a hacer “llover los proyectiles”, incluso en alguna oportunidad dijeron que los tirarían pintados de rojo “porque se los manda Papá Noel”, y realmente cumplen con lo que anuncian. Pero es increíble porque las iglesias se llenan igual. ¡Allí uno ve con tanta claridad esas palabras del Evangelio!: “No tengas miedo de quienes pueden matar el cuerpo, pero que no pueden matar el alma”.

—¿Cómo es la asistencia sanitaria?
— Todo está colapsado. Ya no llegan las ambulancias. Cuando se producen las explosiones llegan camiones para juntar restos en bolsas de consorcio. Juntan cabezas, manos, pies, escombros y todo va a la morgue. Rápidamente se limpia y se alisa la calle y media hora después la gente vuelve a transitar, porque la vida continúa.
  Si uno quiere buscar a algún familiar tienen que ir a la morgue de los hospitales y abrir bolsa por bolsa para encontrar “algo”. Es fácil imaginar lo que son los hospitales que quedan en pie.
  Lo más tremendo que viví fue un misil que explotó muy cerca de la casa donde vivo. Fue al mediodía. Nos estábamos preparando para la fiesta de inauguración de la catedral que era esa tarde. Yo estaba con un grupo, había ensayado en el coro de la iglesia, pero como hacía tanto frío, a las 12.45 decidimos bajar. Y 15 minutos más tarde cayó el misil y voló gran parte del coro y parte de la catedral...
  Cuando bajamos yo subí a la terraza porque allí está el lavarropas y pensé en ir a colgar la ropa. Pero cuando iba a salir a la terraza un sacerdote me llamó desde abajo. Me insistió en bajar y gracias a la obediencia di media vuelta y bajé. En ese instante explotó el misil. Si yo hubiera estado en la terraza, moría. Hubo más de 400 muertos. La explosión provocó tal desastre que parecía un terremoto y veíamos pasar restos humanos y mucha gente entraba a la catedral con heridos. Era un caos... La iglesia se había destruido bastante. Justo era la hora de salida de los estudiantes de clases y murieron muchos de ellos.
  En ese caos nos pusimos a buscar a nuestras estudiantes y nos faltaba una. De pronto la vi sentada en un banco de la iglesia. Estaba blanca, en estado de shock. Sólo repetía que le dolía mucho el brazo. Cuando intenté ayudarla y sacarle la campera vi que su ropa por la espalda estaba toda rajada de punta a punta y que tenía un hierro clavado. No puedo olvidarlo... La llevamos al hospital, donde la pudieron operar y la salvaron. El hierro le había atravesado el omóplato y le había perforado el pulmón. Se estaba asfixiando. Y de estas historias podría contar miles...
  Fue muy impresionante que pocas horas después de este estallido toda la gente de la parroquia se acercó para ayudar a limpiar y a juntar los escombros. ¡Todos habían perdido familiares o amigos! Eran de nuestro barrio. Nadie se estaba lamentando. Todos trabajaron y prepararon un salón para que el obispo pueda celebrar la misa (durante muchos meses no pudimos usar la catedral). Desde ese día se duplicó el número de gente que asiste a la iglesia. ¡Eso no se puede creer! Porque en medio del reino del odio existe el amor, que se abre paso y vemos milagros todos los días.
  Esas misas sucesivas fueron muy especiales. Nosotras las llamamos las misas “lloradas”... en vez de misas cantadas. Todos los que estaban allí habían perdido a alguien. Pero vimos como la gente cuanto más sufre, más reza; cuanto más los persiguen, son más fuertes.
  Pero lo más increíble es que nuestra gente sonríe. Los cristianos en Alepo no están cabizbajos. Sonríen con el alma, no para el perfil de Facebook. Son sonrisas que extraño, que me cuesta encontrar en Argentina....
  Esas sonrisas no tienen explicación humana. El gran secreto es la fe, es lo que los hace sonreír con el alma. Ellos, sobre todo los jóvenes, me explican: “Estábamos tan entretenidos con las cosas del mundo que no nos dábamos cuenta de lo importante. Ahora, la guerra y la persecución nos ordenaron la vida”. Antes la preocupación de estos chicos eran el auto, las fiestas, la ropa, los eventos sociales que eran famosos en Alepo, y a un costadito estaba Dios.
  Ahora me dicen que si bien tienen la vida “patas para arriba”, “primero están Dios y mi alma, y cuando está todo ordenado, lo demás ya no preocupa”. No se explica de otra manera. Ellos arriesgan su cabeza todos los días.
  El contacto con la muerte es permanente y eso sí o sí te hace vivir de otra manera. Todos nos vamos a morir, lo sabemos, pero no lo tenemos tan presente como en Alepo. Da la sensación de que aquí vivimos como si fuéramos a estar en este mundo una eternidad y nos preocupamos, nos angustiamos y juntamos cosas que ¡no nos vamos a llevar!
  Allá pensás varias veces al día en la muerte y en que de un momento a otro te puede faltar una persona querida. Esto mejoró las relaciones familiares. Nadie piensa en estar peleado cuando sabe que mañana puede ser que no viva. Viven el día como si fuera el último. Allá viven para el cielo. Así lo dicen y por eso rezan, frecuentan los sacramentos y todo lo que alimente el alma para ellos es lo primero y por eso tienen esa alegría que humanamente no se entiende.
  Una señora perdió a uno de sus hijos porque se había ido a hacer una operación muy simple, estaba esperando a que le dieran el alta y cayó un proyectil muy cerca del hospital. En ese momento la madre del joven salió de la habitación para pedir que lo cambien, y entonces cayó el segundo proyectil. Cuando la madre se dio vuelta vio a su hijo despedazado. Se llamaba Naun. Ella cuando habla de su hijo dice que él estaba preparado para el cielo. Y sabe que se van a reencontrar. Por eso puede sobrevivir.
  Yo me acordé de mi mamá, cuando las amigas le dicen: “Tenés a tu hija en Alepo, ¿no te preocupa? ¡La van a matar por la guerra! Ella les contesta: "¿Ustedes me dicen a mí? Y a ustedes, ¿no les preocupa que sus hijos vuelvan a la madrugada a cualquier hora borrachos, drogados, sin saber qué hicieron? Ellos están muertos del alma y eso ¿no es más preocupante?".
  Allá los jóvenes me dicen: “¿Qué me pueden hacer, hermana? Si me matan me hacen un favor, me mandan al cielo”.

—Es inevitable comparar con lo que pasa en Argentina...
—Sí. Veo que en Occidente vivimos de tal manera que las preocupaciones diarias nos llenan la vida, pero son cosas materiales. Y no hay preocupación por cuidar que a los hijos no se les muera el alma.
  Esto no significa que la gente en Alepo viva encerrada en la iglesia esperando que los maten. ¡No! La gente vive y es libre, porque decide lo que puede y debe hacer y lo hace cueste lo que cueste.
  Esto es lo que veo en los estudiantes de nuestra parroquia. Ellos no faltan a la facultad. Estudian medicina, hay algunos que empezaron la carrera hace cuatro años, la hicieron toda durante la guerra y se reciben en tiempo y forma porque apuestan por el futuro. No hacen cursos cortos por las dudas... Se vienen a Alepo, dejan todo sin saber si volverán a ver a sus familiares, todo porque quieren estudiar, porque si viven saben que tendrán que sacar adelante el país. ¿La verdad? ¡No se puede creer la fuerza de esta gente!
  En cambio, en Argentina nuestros estudiantes pasan años en la universidad y no se reciben nunca, y de un momento a otro se quieren cambiar de carrera porque “no es lo suyo”.
  Tenemos una juventud floja, inconstante, porque cuando educamos a nuestros hijos pretendemos que no sufran. Y nos excusamos diciendo “que no sufra lo que yo tuve que sufrir”, entonces les damos todo lo que quieren y en el fondo los estamos haciendo esclavos de sus caprichos. Así tenemos chicos que no estarán preparados para la vida real. Les hicimos creer que todo es fácil, y no es verdad porque sabemos que la vida no es fácil. Entonces a la primera dificultad se achican, se separan, no duran nada casados.
  Los sirios tienen una fuerza imparable. Ellos siguen adelante, aunque les corten la cabeza...
  Allá siempre tenemos la mochila preparada por si tenemos que salir corriendo. Un día dieron alerta a la madrugada de que los terroristas habían entrado a nuestro barrio y había que salir corriendo. Una de las estudiantes manoteó los apuntes. Le pregunté para qué. Ella me dijo que si pasaba esta noche, y no moría, al día siguiente tenía examen. Tienen un temple, una fuerza asombrosa.
     Esto nos muestra que se pueden hacer las cosas bien, más allá de cuán duro y tremendo sea el entorno en el cual nos encontremos.
  Allá la gente se casa en iglesias destruidas, sin techos, sin ventanas, pero se casan y lo celebran. Aquí ya no se casan, y si lo hacen no hay sorpresas.

— Hablaste de que se ven milagros...
— Sí, por ejemplo el de Rami, que es un  joven empresario que iba a la catedral a misa todos los días. Un día no fue. Lo habían secuestrado. Es muy común que lo hagan para obtener dinero y comprar armas. Lo encerraron en una letrina y lo ataron a una silla con fuertes cuerdas y esposas. Pasó dos días rezando, hasta que se le ocurrió empezar a gritar fingiendo un dolor de cabeza. Gritó hasta que cansó al guarda y le pidió algo para tomar. En ese momento se encomendó a la Virgen María y se le rompieron todas las cuerdas. Fue un milagro porque no hubiera podido librarse solo. Salió y vio un balcón. Estaba en un segundo piso. Al sentir que subía su secuestrador se lanzó al vacío y se quebró todo, pero se salvó.
  O el caso de un señor que estuvo secuestrado un mes y medio en un establo junto con 30 personas sin ventanas y al que le pasó algo increíble también. Estaba junto a otros 30 musulmanes y él era el único cristiano. Sufrió torturas de los secuestradores...  Todos los días le ponían un arma en la cabeza para que se convierta al islam. El pedía que lo maten si querían, porque no dejaría de ser cristiano. “Mi corazón es de Cristo y eso no lo puedo cambiar”, repetía. Pero sus secuestradores volvían a intentar un día y otro, mientras lo torturaban con una metralleta.
  Este señor es un asmático severo, y cuando no daba más y no podía respirar, se arrodillaba y rezaba y entonces se aliviaba porque le entraba aire. El resto de los prisioneros eran musulmanes y cuando sentían que se quedaban sin aire le suplicaban a este señor que rezara para que entrara aire, y así sucedía cada vez que él se ponía de rodillas. Él pudo salir y contar esto que vivió.

—¿Qué se puede hacer desde acá para ayudar?
—A todo el mundo le pido que haga algo que es gratis y muy efectivo: rezar. Cada uno, crea en lo que crea, que pida por esas tantas personas que están sufriendo en Siria. Nosotros notamos la fuerza de la oración. Sólo pedimos que se termine esta guerra tan injusta.

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