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Domingo 15 de Noviembre de 2015

Cómo cambia la vida

Claudia, Lorena y Belén no pudieron quedar embarazadas aunque hicieron numerosos tratamientos de fertilidad. Decididas a ser madres, encontraron en la adopción la posibilidad de formar la familia que soñaron.

Abril de 2010. En un bar del centro nos reunimos con Claudia Ghitarroni y Lorena Crespo, miembros de Fertilidad Rosario, una ONG que estaba integrada por un grupo de parejas que no podían concebir en forma natural. Hicimos una nota, otra más, sobre el proyecto de ley de fertilidad asistida que después de 17 años cajoneado —y de muchas idas y vueltas— parecía tener una posibilidad concreta en el Congreso de la Nación. Hasta ese momento la dificultad para tener un hijo biológico no era considerada como una enfermedad y por lo tanto los tratamientos no tenían cobertura por parte de las obras sociales. Por eso, que la propuesta se convirtiera en un derecho era una batalla que estas mujeres y sus parejas estaban dando sin tregua, como tantos otros en la Argentina.
  Hablamos durante horas sobre las 300 mil firmas que se necesitaban para que los legisladores trataran el proyecto, sobre las dificultades de encarar un tratamiento, sobre el esfuerzo económico, físico y anímico que había hecho cada una (Claudia llegó a someterse a cinco procedimientos, Lorena a nueve) y sobre la frustración que se anidaba en sus entrañas cada vez que el test de embarazo decía negativo. “No dormimos pensando en un hijo”, me confesaron en plena charla, pero antes de que me fuera Claudia me miró, puso su mano firme sobre la mía y me dijo sin vueltas: “Te aseguro que vamos a ser madres”. Su declaración quedó plasmada en el pie de foto de aquella nota publicada en La Capital.
  El proyecto por el que tanto lucharon se hizo realidad dos meses después. Pero lo que nunca llegó para estas dos mujeres fue el embarazo tan deseado.
    Recuerdo que eran plenamente conscientes de que las chances de tener un hijo biológico eran bajas, pero aún así seguían adelante. Cada tanto tenía noticias de ellas a través de Facebook. Allí se veía que seguían batallando, reclamando por las terapias que aún no eran autorizadas, por las demoras en la aplicación de la ley, porque detectaban irregularidades en algunos centros de fertilidad. Seguían hablando de los dolores, de la impotencia que tolera una mujer cada vez que alguien pregunta: ¿y ustedes, para cuándo?.
  Ahora, cinco años después de esa tarde en las que nos reunimos en un bar céntrico, vuelvo a tener frente a mí a Claudia y a Lorena. Pero esta vez no podemos ni pedir un café. Ni charlar horas como en aquellos tiempos. La dos, junto a Belén —otra amiga que también formó parte de Fertilidad Rosario— me piden disculpas por no poder darme bolilla porque están corriendo a sus hijos de un lado a otro. Claudia no sabe cómo hacer para que Joaquín no se tire a la fuente del centro comercial mientras tiene upa a Simón que llora sin parar. Lorena intenta que Juan Ignacio haga una sonrisa para el fotógrafo pero apenas logra un puchero de mala gana. Belén me jura que Nicolás es mucho más tranquilo, mientras busca, desesperada, cualquier cosa que se parezca a un chiche.
  “Te aseguro que vamos a ser madres”. Recuerdo aquella sentencia y sonrío. Pienso en cómo les cambió la vida. En todo lo que habrán pasado después de aceptar que la naturaleza no podía darles lo que esperaban y decidieron transitar el camino de la adopción. Otra batalla, es cierto, pero con un final distinto.
  Luego de pautar un nuevo encuentro, esta vez sin chicos, espero el momento de escuchar esos relatos en primera persona.

Lorena

“Después de tanto llorar, de tanta lucha, nunca pensé que me iba a pasar algo bueno”, dice Lorena Crespo, quien admite que se puso una coraza para poder sobrellevar tantos malos momentos. Aunque se define como una mujer dura y “algo negativa”, cuando describe lo que vivió desde su adolescencia, su sensibilidad aflora, inevitable. A los 17 años, después de varios embates a su salud tuvo un problema serio en los ovarios y se expuso por primera vez a una realidad que en ese momento no pudo ni quiso ver: ser madre no iba a ser fácil.
  Se casó, y con Mauricio empezaron a pensar en una familia de más de dos. Nueve tratamientos soportó Lorena. Estudios invasivos, exámenes de todo tipo, pastillas, inyecciones y la desesperanza golpeándola una y otra vez, hasta el agotamiento.
  “Empezaban a pasar los años y yo trataba de poner un freno mental. Decía... bueno, si no es a los 30 será a los 35, y si no a los 40. Hacía fuerza con mis pensamientos para retrasar el tiempo”. La adopción no era una posibilidad por entonces. Hasta que recibió un llamado de Claudia, su amiga en las buenas y en las malas. Y la escuchó decir que había decidido adoptar a un bebé. “Claudia hablaba de que iba a llegar su hijo y yo pensaba que estaba loca. ¡No lo podía ni imaginar después de todo lo que pasamos!. Y era cierto... una posibilidad diferente, pero una posibilidad”.
  La “tía” Lore no tardó ni un día en ir a conocer al hijo de Claudia. Lo disfrutó como propio y vivió como suya la alegría de esa amiga querida que finalmente había logrado ser mamá.
   Poco tiempo después hizo ese “click” —que no es otra cosa que el fin de un duelo largo y que aparece de un momento a otro—. “Vi en Claudia lo que podía sucederme a mí, fui testigo de su entusiasmo, de su felicidad, también de sus miedos... y eso me alentó”. Lorena tomó contacto con una pareja que estaba decidida a dar en adopción a su bebé. Estableció un vínculo con ellos, estuvo cerca, acompañó con su marido el proceso de la gestación, y finalmente el parto. “Lo primero que quería asegurarme es que fuese todo muy transparente, legal. Busqué asesoramiento y de a poco fui perdiendo los temores extremos y los prejuicios”, relata Lorena, al referirse a la adopción directa, una figura legal para adoptar a un chico que dejó de tener vigencia en agosto con el nuevo Código Civil. “Venía de años de padecimientos, de angustias: ¡lo que menos necesitaba en la vida era otro problema! Yo quería un hijo más que nada en el mundo pero claramente no a cualquier precio, no de cualquier modo”.
  La adopción directa obliga a que haya un contacto previo y directo entre las partes, un vínculo. Asistentes sociales, psicólogos y el juez son quienes determinan que el procedimiento cumple todos los pasos y finalmente, si todo está en orden, dictan primero la guarda preadoptiva y luego la adopción plena, algo que llegó relativamente rápido en este caso. “Nosotros decimos que la adopción plena es la felicidad plena, pero la verdad es que hay preocupaciones que no se te van nunca de la cabeza. Mi marido dice que se va a quedar tranquilo cuando Juani tenga 55 años”.
  La satisfacción de verlo crecer, jugar, aprender, pescar con su papá, correr por el club es infinita, pero claro, no alcanza para aplacar todas las ansiedades paternas. Como siempre sucede con un hijo, las alegrías más intensas suelen darse la mano con los temores. “Estoy trabajando para eso, pero supongo que le pasa a toda madre ¿no?”, reflexiona Lorena, la mamá de Juan Ignacio, la que no puede evitar que se le empañen los ojos celestes cuando cuenta que, cada vez que puede, mira la libreta de casamiento en la que ahora, además de su nombre y el de su esposo, figura también el de su hijo.

Belén

Ocho tratamientos de fertilidad asistida sin ningún resultado favorable. Insistir hasta que el cuerpo y el alma dicen basta, e incluso más allá de ese límite. Belén Andrés recuerda que en su familia todos tenían muchos hijos y por eso ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que no fuese una opción para ella. “El primer enfrentamiento con la realidad lo tuve a poco de casarme cuando una ginecóloga me dijo que si no me operaba por mi endometriosis nunca iba a poder tener un hijo de mi sangre. Fue durísimo escucharlo, tremendo. Ese fue el principio de mi calvario”.
  Belén conoció a Claudia y a Lorena en Fertilidad Rosario. Pisó muchas veces el Congreso de la Nación alentando la esperanza de la ley. Al igual que sus amigas celebra que hoy sea un derecho el tener acceso a una terapia cuando es necesaria. “Yo jamás pude hacerme un tratamiento de alta complejidad porque no podía pagarlo”, menciona, resumiendo la impotencia de tantas parejas que durante décadas tuvieron negada esa posibilidad.
  Menuda y de ojos vivaces, Belén habla con precisión. Se apura en contar distintos momentos clave en su camino hacia la maternidad y rápidamente deja en claro que haber adoptado a Nicolás es lo mejor que le pasó en la vida pero que para llegar a tomar esa decisión debió hacer muchos renunciamientos internos.
  Una sola mirada hacia atrás le permite ver que, aunque fueron tiempos duros, hay cosas para rescatar de aquellos días de lucha y consultorios médicos. Pero lo que más valora es el lazo construido con otras mujeres que pasaron por lo mismo. “La gente no siempre te entiende. Tus familiares se apenan por lo que te pasa, porque no podés tener un hijo, pero te aseguro que sólo otra persona que pasa por lo mismo puede comprender la magnitud de ese dolor que te destroza el alma”.
  Ahora que puede mirar hacia adelante, y con una sonrisa, Belén agradece. Un sentimiento que comparte con Guillermo, su marido. Y el primer gracias enorme es para esa mujer que tuvo “la generosidad, el corazón y el amor” para dar a su hijo en adopción. “Algunos piensan que una puede tener cierto resquemor, malestar o hasta envidia de la parte biológica ¡pero es todo lo contrario! Voy a tener un agradecimiento eterno para quien confió en mí y en mi marido para criar a Nicolás”.

Claudia

“A mis papis se les embarazó el corazón y ahí nací yo”, reza la frase que abre el video que Claudia Ghitarroni le hizo a su hijo Joaquín para su primer cumpleaños. Una sucesión de fotos que reflejan momentos únicos. El nacimiento, las primeras mamaderas, la alegría de los tíos y los abuelos. Hay imágenes que la muestran a Claudia con una sonrisa que parece la de siempre pero no es la misma. Con su hijo, y con su marido “el Titi”, en feliz comunión, en familia.
  Claudia parió a Joaquín en sus noches de insomnio, en cada hora de espera en un consultorio, abrazada a la almohada ya sin lágrimas cuando la medicina decía basta. Claudia gestó a ese hijo desde el deseo y también desde la ansiedad. Y Joaquín llegó. Y ella estuvo ahí para recibirlo.
  Difícil imaginar cómo fue ese momento en el que, sosteniendo la mano de la madre biológica del bebé, Claudia ayudó en el parto para que Joaquín viniera al mundo. “Quise estar, necesitaba hacerlo y todos estuvimos de acuerdo. Fue el momento más intenso del encuentro entre dos mujeres que tomaron una decisión trascendente en sus vidas, distinta pero igualmente trascendente”, reflexiona, sin evitar las lágrimas mientras dice que llora de emoción, que volvería a pasar mil veces por esos minutos con lo que soñó desde los 14 años cuando se puso de novia. Le cuesta creer que fue cierto, que estuvo en una sala de parto esperando a su bebé. “Me lo dieron y yo le dije «hola hijo, hola hijo mío»”... un ratito después, en la maternidad, llevaron a Joaquín a la Neo. Un paso que es parte del procedimiento legal y de los requerimientos que conlleva la adopción. “Me pidieron que vaya a comprarle unas cosas que faltaban y me fui por calle San Luis para conseguirlas. Pero  sonó el teléfono. Me avisaban que a diferencia de lo que había planteado en un primer momento, la mamá biológica de Joaquín quería verlo, quería estar con él. Obviamente lo entendí, pero el mundo se me vino abajo”.
  Caminó sin rumbo, llamó al marido pero apenas pudo escucharlo. Finalmente el refugio de su conmoción fue su amiga Lorena, pero no alcanzó para calmar la tristeza infinita. “Sabía que podía pasar, pero no lo había pensando claramente. Hasta que volvieron a llamarme y me dijeron que ya podía estar con el nene ... Después fui a verla a ella, y aunque parezca de novela, fue esa mujer— aún débil por el parto— la que me tranquilizó a mí, la que me dijo que necesitaba cerrar una etapa y que ya estaba, que Joaquín era mi hijo”.
  Dos años después Claudia y Titi adoptaron a Simón, hermano biológico de Joaquín. “Yo que pensaba que no podía tener hijos, ¡y ahora somos cuatro!”, exclama Claudia con un entusiasmo contagioso. Y repasa fechas, y habla de batitas y cunitas y del primer día de la madre y del primer día del padre, y de todo lo que hacen Joaquín y Simón, y de todo lo que harán los cuatro juntos. Porque los sueños cambian pero no terminan, porque a veces lo imposible sólo tarda un poco más.

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