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Lunes 13 de Febrero de 2017

¿Cómo andás?

No importa el apuro, que falten quince minutos para que cierren las ventanillas de los bancos, que la nena ya esté saliendo de la escuela, que quedó abierta una canilla, que se venció el tiempo del parquímetro. Hay normas del protocolo urbano que no deben romperse ni aún en las peores ocasiones, y el saludo está primero en la tabla. Por eso no es raro que dos que se cruzan empiezan a saludarse diez metros antes y sigan diez metros después, haciendo partícipe de buenas intenciones, o pesares, a unos cuantos más que pasen por ahí.

Es que está metido a fuego desde la más tierna infancia. Decíle gracias a la señora, saludála, decíle que le vaya bien y así una cascada interminable rematada con sonrisas de circunstancias. No queda otra, lo contrario, ver pasar a un conocido y no responder siquiera con una mueca, resulta inadmisible.

Entonces, la alternativa de hierro es la más odiosa. Al ¿todo bien? (alargando la e), que más que una pregunta es una imposición de respuesta, no queda más remedio que asentir con gesto condescendiente aunque haga dos minutos que se enteró que perdió el Quini por un casillero.

Porque, en esencia, es sólo eso, una agradable impostura, otras de las tantas que ayudan a vivir un poco mejor cada día.

Aunque se puede mejorar con un café de por medio, y ahí sí, de verdad, cómo andás, cómo están los chicos, ¿y tu mujer?, años que no los veo. Me olvidaba, la vez pasada la Tota preguntó por vos.


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