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Lunes, 13 de agosto de 2012  06:37 | Opinión

"Ya te voy a encontrar"

—¿A dónde vas?—, me preguntó el taxista cuando ya estaba sentado y a punto de cerrar la puerta de su auto, un maltratado Corsa que difícilmente pasaría la revisión técnica obligatoria de un auto de calle y menos que menos la que debe superar en la Municipalidad para ser utilizado en la prestación de un servicio público.

Por Jorge Salum / La Capital

—¿A dónde vas?—, me preguntó el taxista cuando ya estaba sentado y a punto de cerrar la puerta de su auto, un maltratado Corsa que difícilmente pasaría la revisión técnica obligatoria de un auto de calle y menos que menos la que debe superar en la Municipalidad para ser utilizado en la prestación de un servicio público.

Eran las 22.30 del viernes y estábamos en Oroño y Montevideo. Hacía calor, casi tanto como en una noche húmeda de diciembre, y yo no estaba de buen humor. Tenía mis razones, o al menos eso creo. Había salido del diario 55 minutos antes. Había esperado durante 15 minutos un taxi en en la parada de Sarmiento y Córdoba. Me había mudado a la de Santa Fe y Sarmiento con la esperanza de tener mejor suerte. Como no venía ninguno y había siete personas antes que yo, me había largado a caminar por Santa Fe. "Ya vendrá alguno", me dije todavía convencido de que mi mala suerte hasta ese momento había sido azarosa. Así, cansado y con una indignación creciente (¿cómo puede ser que no haya taxis en una ciudad de un millón y pico de almas, un viernes a la noche, con gente esperando en casi todas las esquinas?) había llegado hasta Oroño y Montevideo, donde decidí plantarme atendiendo al siguiente razonamiento: si no había conseguido ningún taxi hasta allí, más difícil sería lograrlo en las soledades del parque Independencia, por el que debería atravesar si seguía mi caminata inútil en busca de alguien que me llevara

—Voy a Oroño al 3000—, le respondí al taxista que me paró frente al busto de Nicasio Oroño cuando ya llevaba otros 15 minutos esperando.

Recuerdo ahora con bastante nitidez algunos detalles de mi recorrido desde Sarmiento y Santa Fe hasta Oroño y Montevideo. En Mitre y Santa Fe vi a dos chicas muy jovencitas esperando ansiosas por un taxi que no venía. Dos cuadras más allá había una señora embarazada que miraba alternativamente hacia Santa Fe y hacia Corrientes aguardando lo mismo. En Paraguay doblé hacia Córdoba y donde empieza la peatonal había una cola: eran ¡nueve! personas que esperaban por un taxi. Pregunté a un muchacho que parecía fastidiado si hacía mucho que estaba allí.

—20 minutos—, me respondió de mala gana.

Caminé por Córdoba contra el sentido del tránsito. En la esquina de Presidente Roca había gente intentando conseguir un taxi por Córdoba y también por Roca. En las esquinas con España, Italia y Dorrego ocurría lo mismo. Cuando llegué a Moreno vi venir un taxi libre a media cuadra. Había dos chicos jóvenes esperando. Se lo tomó el que evidentemente llevaba allí más tiempo. El otro iba a complicarme la búsqueda: cansado de esperar, comenzó a caminar hacia Balcarce y Oroño, pero iba más rápido y a la media cuadra ya me había pasado. Si se producía el milagro de que apareciera un taxi, lo tomaría él.

Doblé en Oroño. En los cruces con Córdoba y con Rioja había gente esperando. Pensé que en San Luis tendría suerte. "Tiene que venir alguno libre hacia el centro a buscar pasajeros", razoné. Al cruzar la bocacalle vi venir dos luces rojas a unas tres cuadras. No me quedé a esperarlas: había cinco personas antes que yo y no me correspondía subirme a ninguno de esos dos taxis.

No había nadie esperando en la esquina con Mendoza, aunque tampoco venían taxis desde el oeste ni desde el norte por Oroño. La situación se repitió en las esquinas con 3 de Febrero, 9 de Julio y Zeballos. Llegué a Montevideo sin suerte, 40 minutos después de salir del trabajo. Estaba cansado, ya había recordado varias veces a la intendenta y sus funcionarios de Servicios Públicos, a los titulares de taxis, a los sindicalistas, a los autoconvocados, a los choferes y hasta a mi amigo Luciano, chofer y sindicalista, y lo único que quería era conseguir un auto negro y amarillo con bandera libre que me llevara hasta mi casa.

—A Oroño al 300 no te llevo. Voy para el centro—, me dijo el taxista que paró en la esquina de Montevideo. Lo había visto venir a dos cuadras y hasta hice algo en lo que no creo: crucé los dedos, con temor a que alguien lo tomara antes o a que el auto doblara en Alvear. No sé si fue por eso o porque al fin mi mala fortuna había cambiado, pero el Corsa finalmente se había detenido frente a mi y allí estaba yo, sentado por fin sobre el taxi que me llevaría a destino.

—Sí, me vas a llevar porque este es un servicio público y no tenés por qué elegir a quién llevas y a quién no—, me planté ante el chofer mientras cerraba la puerta.

—No te voy a llevar. Bajate. Ya te dije que voy para otro lado—, respondió él entre sorprendido y malhumorado.

—Vas a llevarme. Si no lo hacés te denuncio—, retruqué de peor humor que él y decidido a defender mi derecho a acceder al servicio.

Habremos discutido unos tres minutos, primero en tono normal y después ya casi a los gritos. El insistía en que me bajara y yo en que me llevara. Me dijo que momentos antes de detenerse lo habían llamado por la radio para que recogiera a una pasajera que tenía a la hija enferma y le respondí que me mentía, que yo sabía que me mentía. Se enojó más e incluso me dijo que era policía ("¿Qué importa? No estoy cometiendo ningún delito", fue mi lógica respuesta), acaso convencido de que así me amedrentaría. Y así seguimos, otro largo minuto.

Por alguna razón en un momento decidió que me llevaría (él no sabía quién era yo, pero yo podía saber quién era él: ¿habrá sido eso?). Cuando arrancó se dio vuelta, me clavó la mirada y me apuntó con un dedo:

—Te voy a llevar, pero ya nos vamos a encontrar en la calle. Ahí vamos a ver si sos tan guapo—, me gritó desencajado.

Hicimos el viaje, pagué y finalmente llegué a casa. Recién entonces caí en la cuenta que en una semana me habían amenazado dos taxistas, un "titular" que me dijo "córtenla en La Capital con eso de pedir más chapas, que le vamos a quemar el diario", y un chofer que prometió buscarme ("Te voy a encontrar, ya vas a ver") para vengarse por mi osadía de recordarle que es el prestador de un servicio público.

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