—La mayor rémora de la vida, decía Séneca, es la espera del mañana y la pérdida del día de
hoy.
—¡Cuánta verdad!
—Ayer, en el programa En otra Clave, que se emite todos los días de 9 a 12 por la FM
88.1, hice referencia a un hecho del que fui testigo precisamente ayer a primera hora de la mañana.
Un hecho desgraciado que me hizo reflexionar.
—Cuente, ¿qué sucedió?
—Salía yo de casa, pocos minutos después de las 7 de la mañana y, con prisa, como si me
corriera el diablo, abordé un taxi. No más hacer unas cuadras, en la intersección de las calles
Mendoza y Corrientes, observé que yacía sobre el piso un hombre, tapado. El taxista me contó que
había muerto en la calle hacía un rato. Me quedé mal; mal por diversas razones. Primero por la
muerte de ese ser humano. Enseguida pensé en su familia, en lo penoso que sería para esa gente
recibir esa noticia. Después me acordé de mi padre, que también murió en la calle, de pronto, y sin
poder despedirse de sus seres queridos. Siempre pienso que tal vez si hubiera podido escuchar una
última palabra suya mi vida hubiera tenido otro sabor.
—Tal vez.
—Después recordé lo que tantas veces he dicho aquí: sucede a menudo que vivimos en un
arrebato, preocupados excesivamente por problemas que sobredimensionamos. Vivimos en la búsqueda de
valores efímeros, poco sustanciales. El tiempo, en muchas ocasiones, lo gastamos en acciones
improductivas o productivas relativamente. Nos amargamos en demasía por sucesos que no merecen esa
pena nuestra.
—Es muy cierto.
—En los últimos días he estado pensando y reflexionando sobre algunas actitudes mías, y
me he preguntado: ¿por qué concedo tanta importancia a ciertos sucesos no significantes?
—Y qué se respondió.
—Que uno es una víctima de la cultura imperante, del marco de referencia que nos
condiciona. Y debo reconocer que es bastante difícil sustraerse a esa ola de nuevos valores del
mundo que nos arrastra sin piedad a todos.
—A casi todos.
—Sí, tiene razón, porque muchas personas son capaces, en su sabiduría y firmeza, de
eludir esa locura que nos hace correr tras de falsos valores.
—Valores que uno advierte como se diluyen, como se evaporan en un instante ¿verdad?
—Así es. Y vuelvo a lo de Séneca: La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y
la pérdida del día de hoy. Y ciertamente que perdemos el día de hoy y muchos días, meses, años y es
probable que hasta perdamos toda la vida en cuestiones que no son determinantes...,
lamentablemente.
candi@lacapital.com.ar
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