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Miércoles, 13 de julio de 2011  01:00 | Opinión

Charlas de Candi - Miércoles 13

—Ayer por la mañana, mientras caminaba hacia el diario, recibí en mi celular una triste noticia. Una noticia que me hizo mal y despertó, como siempre despiertan las penas, una reflexión. Una amiga de Florencia Staffieri, me hacía saber que, lamentablemente, había dejado este plano de existencia.

—Ayer por la mañana, mientras caminaba hacia el diario, recibí en mi celular una triste noticia. Una noticia que me hizo mal y despertó, como siempre despiertan las penas, una reflexión. Una amiga de Florencia Staffieri, me hacía saber que, lamentablemente, había dejado este plano de existencia. Florencia, una joven rosarina, médica, había sido trasplantada recientemente de médula ósea. Se destacó en los últimos tiempos de su vida, junto a sus familiares y amigos, por realizar una cruzada altruista: creó una institución dedicada a fomentar la donación de órganos, especialmente de médula. Esta institución, “Donemos Vida”, sacudió la voluntad de mucha gente, no sólo en Rosario, sino en muchas partes del país. Desde sus días de quimioterapia, desde sus días de cama e internación, Florencia lanzó un mensaje. Y creo que no me equivoco si resumo ese mensaje con estas palabras: la vida tiene sentido si hacemos el bien, si amamos. Hace unos días atrás, en una de esas noches en las que uno recuerda a personas y reflexiona sobre este peregrinaje, escribí a manera de homenaje a esta chica y su grupo, un escrito que subí a las Charlas de Candi, en Facebook. Reproduzco parte de esa columna: “Es maravilloso saber que hay jóvenes que se comprometen con la verdad y con el amor. Es reconfortante saber que hay jóvenes que dan una lección a una generación como la mía que se ha pasado el tiempo entre el infierno de la indiferencia y el torbellino de la  confrontación. Creo que a tantos jóvenes como Florencia y sus amigos les debemos un  perdón y un reconocimiento. Creo que ellos son una suerte de cristal donde se refleja la imagen de aquello que debemos ser.  Desde la enfermedad, Florencia y su grupo nos han dado y nos siguen dando una lección de vida a nosotros, tantos adultos que parecemos sanos, pero que tenemos infectado el corazón. Un corazón que late a menudo mezquinamente para sí mismo, sin advertir que tarde o temprano se condena irremisiblemente. Termino con las palabras de Camus: “La verdadera desgracia es no saber amar”. Con verdadero afecto para  Florencia y sus amigos”.

—Hoy me toca despedir a Flor y lo hago iniciando este último párrafo con las palabras de Albert Camus, esas con las que comencé esa columna a la que hice referencia: “no ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”. Y vos, Florencia, amaste y amaste de verdad. Por eso, más allá de la incertidumbre que nos provoca toda partida, de esa conmoción que nos atribula por una supuesta injusticia, siento que debo decir lo que voy a decir: como en el universo nada se pierde, sino que todo se transforma, ahora, estimada Flor, eres parte de la luz infinita que ama infinitamente. Una luz que nos sigue recordando cuál es el sentido de la vida. A los familiares, mis condolencias.

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