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Jueves 03 de Diciembre de 2009

Cómo terminar con la inseguridad

Quien suponga que sólo una mayor represión conducirá a reducir los niveles de inseguridad, ya sean hechos graves o menores, seguramente analiza sólo un aspecto de la problemática...

Quien suponga que sólo una mayor represión conducirá a reducir los niveles de inseguridad, ya sean hechos graves o menores, seguramente analiza sólo un aspecto de la problemática.

No hay que ser experto en esta materia para fácilmente advertir que los niveles de marginalidad y pobreza están estrechamente vinculados con el aumento de toda clase de delitos. Con solo mirar el grado de desarrollo de un país y su índice de criminalidad es posible inferir que la relación es directa. Por eso, las naciones con mayor equidad social (no necesariamente las más ricas, como puede ser Estados Unidos) son las que menos sufren crímenes, hurtos o asaltos violentos.

En las ciudades de Canadá y Alemania casi no existe el robo a mano armada y hasta Nueva York se ha convertido en segura. Hace unos años, en Berlín, un profesor alemán que dirigía un importante centro cultural advirtió con un tono grave y una mirada adusta que la ciudad se había tornado insegura ya que se habían detectado en los últimos meses muchos arrebatadores de carteras en la red de subterráneos. Varios latinoamericanos presentes se arrojaron una mirada cómplice y coincidieron en que el profesor nunca había cruzado el Atlántico hacia estas latitudes.

A este gran denominador común que entrelaza miseria con inseguridad, debería agregarse un aspecto medular que las sociedades castigadas durante generaciones con desempleo y marginalidad han perdido: la cultura del trabajo y el esfuerzo por el progreso personal.

Los modelos de padres y madres que nunca han trabajado de manera estable y han sobrevivido a duras penas a través del asistencialismo o el clientelismo político no pueden generar un marco propicio para revertir ese estigma. Es más, se profundiza y cada vez se torna más explosivo porque el Estado, responsable de la situación, nunca ha dado respuesta a la ignominia que significa que en un país donde hay más cabezas de ganado que seres humanos y granos para alimentar a millones de personas, exista la mendicidad y la miseria extrema, que no pueden derivar en otra cosa que en una sociedad cada día más violenta.

La represión del alto nivel de inseguridad que ese crónico panorama alimenta es por sí sola tanto ineficaz como estéril. En primer lugar, las fuerzas de seguridad de todo el país están más emparentadas con el delito que con su prevención y son parte del problema, todos lo saben, aún los gobernantes. El nivel de corrupción es tan alto que para erradicarlo se necesitarían decisión política y abundantes recursos financieros estatales. Policías con escasa formación, lábiles a la corrupción, mal pagos y peor equipados son funcionales a un sistema que oscila, inerme, ante un drama que se agranda: la pérdida de vidas humanas por hechos de inseguridad urbana.

Solamente con una política a muy largo plazo que reintegre al sistema a miles de jóvenes ganados por la falta de expectativas personales, el consumo de drogas y un historial familiar de desempleo y miseria, será posible ir reduciendo los niveles de inseguridad. Ni siquiera un crecimiento económico formidable a tasa chinas podría ayudar a ese sector de la sociedad, que ha quedado en una situación de marginalidad social absoluta, a incorporarse al mundo del trabajo y del estudio. Es necesario un programa que ataque de raíz la cuestión cultural de este problema.

El Estado, los dirigentes políticos y sociales son los únicos que pueden pergeñar un plan nacional que logre paulatinamente hacer una sociedad más equitativa y, así, seguramente menos violenta.

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