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Miércoles 10 de Abril de 2013

Ciudades

Las ciudades no fueron hechas para ser habitaderos: meros conglomerados de gente instalada en sitios indiferenciados, todos iguales en su nada visceral, en su corazón de acrílico, en su distancia absoluta del amor y la vida.

Las ciudades no fueron hechas para ser habitaderos: meros conglomerados de gente instalada en sitios indiferenciados, todos iguales en su nada visceral, en su corazón de acrílico, en su distancia absoluta del amor y la vida.

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Las ciudades deben ser construcciones colectivas, espacios de todos y para todos, donde los hombres y las mujeres se reúnen para compartirse. Deben ser un territorio de iguales, de unos que se dan a otros, de otros que reciben para poder dar.

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Las ciudades no merecen ser vivideros, meras acumulaciones. No deben resignarse a ser una cuestión puramente cuantitativa sino luchar por su alma: sus habitantes tienen que pelear a brazo partido contra los constructores de olvido, los traficantes de banalidad, los proxenetas del espíritu. Las ciudades están hechas para ser rehechas todo el tiempo, pero rehacer no significa destruir sino renovar, capa sobre capa sobre capa de experiencia, capa sobre capa sobre capa de vida. Sólo sobre el aprovechamiento integral del pasado se podrá enriquecer el futuro.

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Las ciudades no deben ser entregadas al capital porque el capital no conoce nada que no sea su propio beneficio y para obtener ese beneficio no repara en daños. Las ciudades deben ser de los hombres y no del dinero: hace rato que el dinero se ha olvidado de los hombres.

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Las ciudades son mares y necesitan puertos: bares, teatros, escuelas y universidades públicas, parques, cines, bibliotecas, estadios. Plazas con bancos de madera. Restaurantes donde vendan vino en jarra. Peluquerías donde enterarse de todo. Disquerías donde no falte el último de Spinetta. Y cementerios donde los muertos puedan ser felices.

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Las ciudades necesitan árboles y niños, vendedores ambulantes, mercados al aire libre, librerías de viejo, pizzerías, toboganes, misterios y soledad. Las ciudades requieren enamorados que se besen en cualquier parte. Las ciudades fueron hechas para el otoño.

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Las ciudades no merecen suburbios, sino un centro que esté en todas partes; no demandan barrios cerrados, sino abiertos. Las ciudades esperan ser recorridas por caminantes sin miedo.

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Las ciudades no fueron hechas para que los hombres vivan en el anonimato, la miseria o el abandono, sino para que los frutos de la tierra y la cultura sean repartidos y gozados entre todos. Fueron construidas para que se abrieran los jardines del arte y el conocimiento; para que nadie se quedara jamás sin médico ni comida; para que nadie estuviera solo.

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Quienes las fragmentan o desnaturalizan son enemigos: ellos no quieren que las ciudades sean las ciudades del hombre, sino los páramos de la desgracia y el miedo. Ellos trabajan para que el amor se olvide, para que la solidaridad se extinga y el abrazo muera. Para que los libros se cierren para siempre.

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Salvemos las ciudades. Nadie lo hará por nosotros.

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