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Sábado 07 de Agosto de 2010

Ciudad de la lluvia

La ciudad no es la que se ve a la hora en que todos la recorren. La verdadera ciudad aparece de noche. Sobre todo, cuando llueve.

Yo tenía diecinueve años.
Como es lógico, estaba enamorado.
Y como es lógico también, estaba solo.
Pero había descubierto la lluvia.

(La ciudad no es la que se ve a la hora en que todos la recorren. La verdadera ciudad aparece de noche. Sobre todo, cuando llueve. Cuando la soledad se acentúa bajo la implacable cortina de agua y el viento barre las veredas con su mano helada).

Yo estaba solo y quería estar solo. Y una noche de otoño me reveló el secreto.
Llovía a cántaros.
Y de la inspiración pasé a la acción.

Me puse unos zapatos capaces de aguantar el terreno más difícil. Un impermeable y un sombrero que parecían sacados de una película de los años cuarenta completaban un atuendo bizarro, pero perfecto para mi objetivo: simplemente, salir cuando todos se refugiaban. Caminar sin rumbo bajo la tormenta. Pensaba entonces, y aún sigo pensando, que la naturaleza de las cosas se descubre en la soledad. Y salí a buscarla.

(La juventud soporta cualquier cosa. Ahora, cuando recuerdo las caminatas que emprendía bajo condiciones climáticas espantosas, no puedo evitar una sonrisa. Calado hasta los huesos, el diluvio me impedía incluso encender un cigarrillo. Caminaba y caminaba en plena noche, llegaba hasta los barrios más remotos y veía cómo el viento sacudía los faroles, cuya bombita lanzaba una luz mortecina sobre el paisaje. En Rosario Norte, entraba al bar y pedía una ginebra).

Durante un año entero repetí la hazaña. Cada noche de lluvia me hundía entre los plátanos que flanquean tantas calles rosarinas: recorría Pichincha de punta a punta, Oroño desde Pellegrini hasta Wheelwright, las calles de Alberdi, Refinería o Arroyito y también la zona sur, con su fama rea. Me gustaba ver la tenue luz de las ventanas en la vastedad fría de la noche y pensar que detrás del vidrio empañado alguien leía, tomaba café o hacía el amor. Yo era intemperie. Y sigo siendo.

Poco tiempo atrás, una noche en Montevideo, volví a sentir aquel gusto salvaje. El agua caía despiadada sobre el empedrado grueso de la calle San José y yo, en aquella ciudad que tanto quiero pero no es la mía, volví a sentirme abrigado por la soledad. Feliz, levanté los ojos hacia el cielo oscuro y di las gracias. Por estar vivo y por haber vivido, y porque la vida me sigue dando ciudades donde andar bajo la lluvia.

Pero ahora ya no estoy solo. Alguien me espera tras una ventana iluminada, con las manos tibias y el corazón abierto. Hacia allí voy.

 

 

 

 

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