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Martes 17 de Mayo de 2011

Chicos rotulados y medicados con demasiado apuro

La psicoanalista Beatriz Janin presidirá un simposio sobre “patologización de la infancia”. Tratarán qué se puede hacer desde la escuela ante los chicos clasificados como ADD, TGD, TOD y bipolares, entre otros.  

“Todavía hay lugares donde se les exige a los padres que mediquen a sus hijos para que puedan ir a la escuela”. La preocupación es de la psicoanalista Beatriz Janin, una especialista en temas de infancia y  adolescencia, y que preside el III Simposio Internacional sobre Patologización de la infancia: “Problemas e intervenciones en la clínica y en las aulas”, que se realizará del 2 al 4 de junio en Buenos Aires.

En diálogo con La Capital , Janin advierte que si bien se ha avanzado en poner en dudas aquellos “diagnósticos apurados y sin fundamentos” sobre los chicos que se muestran inquietos, desafiantes o hiperactivos, aún se los sigue rotulando —a veces con nuevas enfermedades o trastornos— “sin preguntarse qué es lo que pasa”.

La educadora dice que si bien no hay estadísticas en la Argentina sobre esta problemática, el tema es preocupante porque muchos chicos llegan a la consulta con la evaluación ya hecha desde la escuela. A esto se suma una especie de reciclado de algunas enfermedades, como el “Trastorno de Oposición Desafiante” (TOD), donde se medica a los chicos con antipsicóticos.

Janin es licenciada en psicología, directora de las carreras de “Especialización en psicoanálisis con niños” y “Especialización en psicoanálisis con adolescentes”, de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces) en convenio con la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. También profesora de posgrado de la Facultad de Psicología (UBA) y directora de la Revista “Cuestiones de infancia”.

Según considera, la clave está en entender que la infancia es un tiempo de cambios, y que hay que preguntarse por qué un niño se muestra hoy desafiante. También que los adultos deben hacerse cargo y protegerlos. Algo que muchas veces pasa por una mirada o una simple muestra de cariño.

Esta preocupación fue tomada en dos simposios anteriores (2007 y 2009) donde debatieron diversos profesionales de la salud y la educación. La tercera edición (ver aparte) se centrará en las intervenciones en la clínica y en las aulas con bebés, niños y adolescentes clasificados como ADD, ADHD, TGD, TEA, TOC, TOD y bipolares, entre otros.

—¿Qué pasó desde el primer simposio a este que se realizará en junio próximo?

—Este simposio ya no se centra en la denuncia de un modo de diagnosticar y de medicalizar a los chicos, sino en pensar qué tipo de intervenciones apuntan a mejorar la calidad de la salud mental de chicos y adolescentes. Todos fuimos haciendo, y eso incluye al primer simposio, que ya no apareciera una sola campana frente a los niños con dificultades para atender en clase o en la casa o que fuesen desafiantes,
que la única alternativa o era la medicación. Esto se puso en duda. De una suerte de pensamiento único se pasó a que podía haber otras posibilidades, que no estaba todo determinado.

—¿Y ahora qué pasa con estos diagnósticos?

—En este momento lo que sí pasa es como que se ha multiplicado la idea de trastorno. Por ejemplo, los chicos desafiantes son diagnosticados como “oposicionistas desafiantes”. Y la verdad es que en este momento si los chicos son desafiantes tiene que ver bastante con el tipo de cultura que les transmitimos y con cierta idealización de la infancia.

—¿Qué pueden hacer la escuela y sus docentes ante este panorama?

—Lo primero es no dejar al chico encerrado en un diagnóstico sino preguntarse qué es lo que le pasa, sino muy rápidamente se da por supuesto que le pasan cosas que probablemente no le ocurran. Segundo, flexibilizarse, saber que desde la escuela se puede hacer muchísimo cuando se le da algún lugar al chico. Cuando el chico siente que los demás no tienen una posición crítica sino que intentan pensar en él, se lo ayuda.

—¿Es decir una posición de escucha?

—Sí, pero también que se le dé algún lugar en tanto sienta que los adultos están dispuestos a protegerlo y no a expulsarlo. Cuando un chico siente que la escuela quiere algo así como sacárselo de encima, echarlo, se va a defender mucho más. Es posible que no pueda atender o vaya a desafiar más porque va a sentir a la escuela como un territorio enemigo. Si el chico puede sentirse protegido en el aula, si los adultos nos podemos hacer cargo de los chicos, ellos se van a sentir mejor. Después con cada uno habrá que ver cuáles son los elementos particulares. Lo que necesitan es sentirse queridos, alguna prueba afectiva que tiene que ver con una sonrisa, una mirada, una palabra. Esas cosas lo tranquilizan.

—¿Hay estadísticas sobre los chicos sobrediagnosticados en la Argentina?

—No, no hay una estadística clara sobre cuántos chicos son diagnosticados y medicados. Lo que es cierto y sabemos es que los chicos suelen llegar a la consulta ya con una suerte de diagnóstico, que a veces viene de la escuela. Mi impresión es con que el primero y segundo simposio, más lo que muchos vienen haciendo en esta misma línea ha disminuido en algo el hecho de que cualquier persona diagnostique trastornos sin ningún fundamento. Aunque todavía hay lugares donde se les exige a los padres que mediquen a sus hijos para que puedan ir a la escuela.

—No hay estadísticas pero usted decía que es como que aparecen nuevas enfermedades o se reciclan.

—Podemos decir que hay muchos diagnósticos de este tipo, y lo que sigue diagnosticándose mucho es el ADD (Trastornos por Déficit de Atención), pero ahora aparecieron otras enfermedades como los “bipolares”. En fin, lo que se sigue haciendo es poner rótulos sin preguntarse qué es lo que pasa.

—Imagino que aquí la alianza educación y salud es clave para trabajar.

—Es absolutamente clave. También que tanto desde el campo de la salud como de la educación se ubique al niño como alguien que está en crecimiento, que no está todo jugado, porque eso es lo que caracteriza a la infancia, como alguien en crecimiento y alguien que va ir modificándose permanentemente. Además los adultos se tienen que hacer cargo y tomar una actitud de protección, así los podemos ayudar muchísimo.

—¿Eso es entonces lo primero que deberían considerar los maestros, en lugar de diagnosticar de manera apurada?

—Claro, ver qué es lo que le está pasando, qué le viene pasando y qué modificaciones puede ir sufriendo. Que un niño tenga dificultades en un primer grado no invalida que después pueda tener una buena escuela  primaria con algo de ayuda.

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