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Jueves 08 de Agosto de 2013

Chéjov en el 143

El ruso Antón Pávlovich Chéjov (1860-1904) fue uno de los mayores dramaturgos y cuentistas de todos los tiempos.

El ruso Antón Pávlovich Chéjov (1860-1904) fue uno de los mayores dramaturgos y cuentistas de todos los tiempos. Sus obras teatrales "La gaviota" y "El jardín de los cerezos", así como gran número de sus relatos cortos, están para siempre en la historia de la literatura, y lo que es mucho más importante, en la enamorada memoria de sus lectores. Su genio para describir en límpidos trazos los acontecimientos en apariencia triviales que suelen dar forma al destino humano lo convierten en ejemplo eterno para aquellos que quieren aprender a narrar.

El también ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881) es uno de los grandes novelistas de la historia. Oceánico, provocativo, torturado y genial, sus libros anticipan gran parte de la sensibilidad contemporánea. "Los hermanos Karamázov", "Los demonios", "Crimen y castigo", "Memorias del subsuelo" o "El idiota", entre otras obras maestras, siguen siendo para los lectores desafíos candentes, caminos cuyo recorrido no siempre es sencillo pero a cuyo término se habrá tomado contacto con lo más profundo y estremecedor de la naturaleza humana.

Chéjov y Dostoyevski no sólo fueron grandes escritores, sino hombres que se preocuparon por los demás hombres. No practicaron la literatura desde la gélida distancia de la torre de marfil o el confortable aislamiento del gabinete: se involucraron con la vida. Chéjov fue un médico abnegado, que contrajo la tuberculosis que lo mató por atender a los enfermos del mal, incurable en ese entonces. Dostoyevski describió un notable periplo ideológico desde la extrema izquierda hasta la conversión religiosa, pero estuvo a minutos de ser fusilado por ejercer con vehemencia y riesgo personal sus convicciones políticas. Ambos son, al parecer, de otra época: íntegros y pasionales.

Tardes pasadas tomé, como siempre, el 143 para ir al trabajo. También como siempre, enfilé hacia la parte posterior del colectivo y me senté en el asiento del fondo. A mi izquierda, mirando distraída el paisaje de Tablada por la ventanilla, iba una chica. Tendría 18 o 19 años. Su aspecto delataba su origen humilde: desde el sur de la ciudad llegan los que menos tienen al centro populoso de la urbe. Todos los pasajeros viajan callados, la mayoría con la vista perdida en la pantallita del celular. Otros, con los auriculares clavados en los indefensos oídos, parecen estar en otra parte. Y están.

Fue inesperado: de pronto, la chica se dio vuelta y me preguntó cómo hacía para llegar a Urquiza al 2400. Le sonreí e inicié la explicación, que me llevó un par de minutos. Extrañamente confiada, empezó a contarme entonces que vivía en un Fonavi y que tomaba el 143 para ir a estudiar. Que hacía dos carreras y también aprendía electricidad. Y que además aprovechaba los fines de semana para ganar unos pesos vendiendo cosas en La Saladita (La Saladita es una feria popular de la zona sur). Y yo no pude con el genio: "¿Hay puestos de venta de libros en La Saladita?", pregunté. "Claro —respondió de inmediato—. Yo misma conseguí cosas de Chéjov y Dostoyevski".

Admito que mi mandíbula descendió bruscamente un par de centímetros. Reconozco haber quedado boquiabierto. ¿Prejuicio social? En dosis abundantes. Haber escuchado esos dos apellidos pronunciados por la joven pasajera me dejó estupefacto. Y feliz.

La charla siguió por rumbos afines. Me contó que en La Saladita también había comprado la Autobiografía de Jung. Que la había prestado y no se la habían devuelto. Que... Bueno, yo tenía que bajarme.
Después me quedé pensando en la lectora del 143. Y pensé que hay una ciudad que muchos no ven: la de quienes tienen poco y luchan para ser mejores. La de quienes por su mero aspecto exterior y hasta el color de la piel merecen la desconfianza o el desprecio de otros y, sin embargo, pelean por ser incluidos. Y que si Chéjov fuera un médico rosarino estaría en los Fonavi o La Saladita, con los que menos tienen. Con los que suben al 143.

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