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Viernes 25 de Enero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - viernes 25

—He comenzado la ardua, pero enriquecedora tarea de leer el Tania, un libro que pertenece a la sabiduría jasídica del judaísmo, escrito por el llamado “alter rebe”, Shneur Zalman de Liadí allá por finales del 1.700 y fundador de Jabad. Digo ardua, porque es un texto que se debe más que leer estudiar, reflexionar despaciosamente e interpretar.

—He comenzado la ardua, pero enriquecedora tarea de leer el Tania, un libro que pertenece a la sabiduría jasídica del judaísmo, escrito por el llamado “alter rebe”, Shneur Zalman de Liadí allá por finales del 1.700 y fundador de Jabad. Digo ardua, porque es un texto que se debe más que leer estudiar, reflexionar despaciosamente e interpretar. Ya en las primeras líneas he encontrado un mensaje importante que me ha inspirado para escribir esta columna y que posiblemente servirá para pensar sobre la decisión de vencer el estado de apatía, e incluso, y muy fundamentalmente, de melancolía que obstaculiza al ser humano para alcanzar el grado de justo o vivir en plenitud. Dice el autor del libro (guardo el sentido de las palabras, pero no las reproduzco en forma literal) que a la persona al nacer se le da el mensaje de que sea justa y no malvada, pero aún cuando alcance el grado de justo debe considerarse a sí misma malvada. Sin embargo, este último precepto está pronunciado sólo para que se alcance el grado de equilibrio adecuado; es decir para que no caiga en el error o pecado de soberbia, creyéndose superior al resto. Por tal motivo, también se enseña que la persona no debe sentirse culpable, pues quien alberga tal sentimiento entra en una estado de pena o de melancolía que hace imposible servir a Dios con alegría y con el corazón contento.
  —Esto desde un aspecto religioso. ¿Cómo se aplica a la vida cotidiana?
  —Las que siguen son ideas propias, lo aclaro. Se me ocurre pensar que si algo existe que impide al ser humano desarrollar todas aquellas fuerzas y potencias que les fueron concedidas para cumplir el rol para el que ha sido creado y llamado, ese algo es precisamente la melancolía, el “corazón entristecido”. Esta tristeza que bloquea el deseo de servicio para sí mismo y para los demás se genera por diversos factores, entre ellos la acción de carácter negativo ejercida por sí mismo y sobre sí mismo (aun en el caso del daño cometido contra otra persona hay un mal que se ejerce sobre la propia humanidad) y por la acción externa (injusticia social o acto injusto ejercido por otro ser y que nos daña). Estas acciones propias y extrañas generan culpa o dolor y hasta sentimientos, como el temor, que son verdaderos atentados contra la vida plena. Son éstas las vías por donde se desliza la apatía que puede convertirse en melancolía o depresión seria. En tal situación emocional (corazón afligido) es imposible vivir. Es decir, es imposible el cometido para el que la persona ha sido creada. Alguien, por ejemplo, que desea cumplir con el compromiso de servir adecuadamente a los demás (a su entorno más cercano, la familia) no podrá hacerlo en estado de agobio psíquico. El que padece soledad, tampoco podrá descubrir otros entornos y seres necesitados, y menos aún servirlos, en estado de sofocación o pesadumbre. Es por eso que pedir a Dios la liberación del mal conocido como corazón afligido mediante el cese de la causa que lo provoca, es no sólo necesario, sino imprescindible para la Voluntad Superior, pues sólo en estado de plenitud germina la semilla del servicio a sí mismo y al otro. Pero es también determinante el compromiso de la lucha propia para saltear el obstáculo, porque sin voluntad personal no puede haber voluntad divina.
Candi II
(candi@lacapital.com.ar)

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