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Viernes 21 de Diciembre de 2007

Charlas en el Café del Bajo - Viernes 21

—Días atrás un lector, Santos Jesús Fior, me envió un mensaje muy interesante y de una verdad incontrastable que tiene que ver con la Navidad y, en realidad, con el cumpleaños de Jesús. Seguramente muchos de ustedes lo habrán leído, pero otros quizás no y vale reproducirlo para que lo mediten especialmente los cristianos.

—Días atrás un lector, Santos Jesús Fior, me envió un mensaje muy interesante y de una verdad incontrastable que tiene que ver con la Navidad y, en realidad, con el cumpleaños de Jesús. Seguramente muchos de ustedes lo habrán leído, pero otros quizás no y vale reproducirlo para que lo mediten especialmente los cristianos.

—Sí, es un mensaje imaginado de Jesús y dice así: "Como sabrás nos acercamos, nuevamente, a la fiesta de mi cumpleaños. Todos los años se hace una fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En estos días, la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, la televisión y por todas partes no se habla de otra cosa sino de lo que falta para que llegue el día. Es agradable saber que al menos un día al año algunas personas piensan un poco en mí. Como tú sabes, hace muchos años comenzaron a festejar mi cumpleaños. Al principio parecían comprender y agradecer lo que hice por ellos, pero hoy en día nadie sabe para qué lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho, pero no sabe de qué se trata. Recuerdo el año pasado, al llegar el día de mí cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor. Había cosas deliciosas en la mesa, todo estaba decorado y había muchos regalos, pero... ¿sabes una cosa? ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y no se acordaron de invitarme; la fiesta era para mí y cuando llegó el gran día me dejaron afuera, me cerraron la puerta. La verdad, no me sorprendió porque en los últimos años todos me cierran la puerta. Como no me invitaron, se me ocurrió entrar sin hacer ruidos y me quedé en un rincón. Estaban todos brindando, había algunos ebrios contando cosas, riéndose, lo estaban pasando en grande, para colmo llegó un viejo gordo, vestido de rojo y con barba blanca, gritando: ¡Jo, jo, jo?! Parecía que había bebido de más, se dejó caer pesadamente en un sillón y todos corrieron hacia él diciendo: ¡Santa Claus!, como si la fiesta fuera en su honor. Dieron las doce de la noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que alguien me abrazara, ¿y sabes? Nadie lo hizo. De repente todos empezaron a repartirse los regalos, uno a uno los fueron abriendo hasta terminar. Me acerqué a ver si de casualidad había alguno para mí, pero no había nada. ¿Qué sentirías si el día de tu cumpleaños se hicieran regalos, unos a otros y a ti no te regalaran nada? Comprendí entonces que yo sobraba en esa fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retiré. Cada año que pasa es peor, la gente sólo se acuerda de la cena, de los regalos y de las fiestas y de mí nadie se acuerda. Voy a contarte algo: Yo voy a hacer mi propia fiesta, grandiosa como jamás nadie se ha imaginado, una fiesta espectacular. Todavía estoy haciendo los últimos arreglos, estoy enviando muchas invitaciones y hoy hay una invitación especial para ti. Sólo quiero que me digas si quieres asistir y reservaré un lugar y escribiré tu nombre en mi gran lista de invitados con previa reservación y se tendrán que quedar afuera aquellos que no contesten la invitación. Prepárate porque cuando todo esté listo, el día menos esperado, daré la gran fiesta". Seguiremos mañana.

Candi II

(candi@lacapital.com.ar)

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