Edición Impresa
Sábado 08 de Marzo de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Sábado 8

—No es mi propósito ser jactancioso, mucho menos ufanarme; más sin embargo debo decir que muchas cosas expresadas aquí a lo largo de los años se han cumplido.

—No es mi propósito ser jactancioso, mucho menos ufanarme; más sin embargo debo decir que muchas cosas expresadas aquí a lo largo de los años se han cumplido.

  —Lamentablemente.

  —Sí, lamentablemente. Y no es, tampoco, que seamos profetas o videntes, porque bien seguro estoy de que muchos lectores también las han podido observar adelantadamente. Pero debemos decir, asimismo, que muchos no lo han hecho.

  —No han podido o no han querido. Pero vayamos al punto.

  —El punto es, señoras y señores, que es hora de pensar seriamente en un compromiso con la vida. Que se debe meditar mucho sobre el futuro que será el presente de nuestros hijos, de nuestros nietos. Es hora de dejar de volar como gorriones para atrevernos como el águila. No hay que ir al Africa, ni a la India para poner en acción el compromiso. Ni siquiera, en ocasiones, hasta la villa de emergencia. No, sólo alcanza en numerosas oportunidades con ir hasta la habitación de al lado, donde está nuestro hijo, nuestro nieto. Basta en ocasiones con llegarse a la cocina donde está el puntal del hogar (¿hace falta que diga quién es?). O tal vez llamarla por teléfono a la oficina. Alcanza con preguntar qué se puede hacer por el otro, aunque ese otro sea un desconocido.

  —Alcanza, señores, con empezar a meditar sobre las actitudes de los líderes políticos y pensar que uno tiene dignidad y que es repudiable, abyecto, despreciable permitir que vengan a comprarnos con un poco de trabajo mal pago o bien pago, o con una situación económica más o menos pasable. La vida se compone de otras cosas aún más importantes. Pues de qué puede servir, estimado lector, si yo me salvo (en principio) si diez mueren de diversas formas.

  —¿De qué servirá que yo me salve, pero a medida que me salvo voy comprometiendo el futuro de mi hijo, de mi descendencia? ¿O es que acaso se cree que la fortuna dejada en herencia garantizará la vida de ellos?

  —Sé que a muchos les costará entender esto; algunos lo comprenderán y otros dudarán. A eso que dudan debemos decirles que el mundo y sus seres han ingresado en un camino final que dividirá a la humanidad y a este planeta en dos estructuras bien definidas: la energía del mal personificada y aglutinante, y los que le sirven, y la energía del bien que también se personificará y tendrá sus servidores. Es una utopía, una ilusión hablar de ideologías. Ya no servirá hablar de izquierdas o derechas, de negros o blancos, de judíos o cristianos. El ciclo que se avecina, y que no verá mi generación, es el de la confrontación abierta del mal contra el bien. En todo caso, a nosotros, a nuestra generación, nos toca hoy preparar el camino, advertir a los que dudan sobre la necesidad de comprometerse con la lucha por la justicia, la paz y el amor. A nosotros nos corresponde advertir que la ideología es una falacia, porque la buena voluntad o la maldad del hombre no es de uso exclusivo de una creencia o una raza o una bandera política o religiosa.

Candi II

candi@lacapital.com.ar

Comentarios