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Sábado 02 de Febrero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Sábado 2

—Agradezco a los lectores que permanentemente envían mails y adhieren al mensaje medular que aquí siempre se ha dado y en el que no ha estado ausente, desde luego, la cuestión trascendente para el ser humano, esto es la vida...

—Agradezco a los lectores que permanentemente envían mails y adhieren al mensaje medular que aquí siempre se ha dado y en el que no ha estado ausente, desde luego, la cuestión trascendente para el ser humano, esto es la vida (no la mera existencia) y el orden espiritual. Agradezco las palabras recientes de José Nelson y su esposa, y de Mabel quien termina su mail agradeciendo la existencia de esta columna (el mérito, si lo hay, no me pertenece). Y por supuesto agradezco también a aquellos que con respeto han disentido con los contenidos y me han ayudado a tener otra visión de la vida. Hace dos días o tres hablé de la esperanza en un nuevo orden. Dije entonces que “detrás de este alud que baja destrozando, viene un nuevo orden. Por eso el verdadero optimista no es aquel que observa lo poco que queda de bueno en la avalancha, sino el que sabe ver el todo que quedará cuando ésta acabe”.
—Y precisamente el ingeniero César Cati ha enviado un mail con un interrogante: “Estimado Candi: en esta nota veo reflejados mis sentimientos. La gran duda: nuevo orden, ¿sobre qué bases morales? Cordialmente. Ingeniero César D. Cati”. ¿Qué le responde, Candi?
—Sobre aquellas bases que son eternas, inmanentes y que pertenecen al orden natural primigenio y único. No se puede ocultar una realidad mundial cual es la de que una pléyade de inescrupulosos ha trastrocado el orden universal. Hoy esto es una realidad planetaria, con fuerte presencia en algunos países en donde se rinde culto a la violencia o se la tolera, en donde la mentira es descarada, la degradación de valores preocupante, la impunidad es considerada un derecho, el abolicionismo una garantía y el orden autoritarismo. Esta transformación no es casual ni inocente, responde a un plan, un plan que no es estrictamente ideológico y que abunda en hipocresía. Basta observar que algunas corrientes de pensamientos que ayer condenaban al régimen nazi, por ejemplo, hoy defienden a quien niega el Holocausto y quiere matar a todo un pueblo. En un carnaval se intenta pasear una carroza alusiva. No es el único carnaval, desde luego, aquí también hay otros carnavales y otras carrozas. Por eso es menester que los hombres de buena voluntad, y más agudos para la observancia de la realidad, comprendan que el enemigo común es el mal. Buscar a la herramienta del mal en un ideario político o religioso es un tremendo error que sólo beneficia a la fuente fétida. Este nuevo orden en el que yo creo, surgirá de una manera u otra, más tarde o más temprano, porque en realidad su irrupción no depende del hombre. Sin embargo, el ser de buena voluntad no puede permanecer ajeno. Hay que comprometerse. ¿Tiene un costo? Por supuesto que sí, la malignidad no entregará el terreno graciosamente. Como lo escribí hace un mes, en ocasiones el costo será la descalificación del líder, la ridiculización de aquel que pregona un cambio y hasta su propio asesinato. La historia nos da ejemplos de ello: desde Gandhi hasta Luther King, pasando por un presidente como Kennedy. Pero ¿acaso habrá que entregarse? No, porque no se trata de nosotros, sino de nuestros hijos, de los hijos de los hijos. Creo que resignarse al imperio del mal es convertirse a su propia naturaleza.
Candi II
(candi@lacapital.com.ar)

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