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Miércoles 02 de Enero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Martes 2

—Una carta del lector Federico Lande. Experiencias de la vida cotidiana, titula el mail que me envió y dice así: "Cotidiando. El semáforo se pone en rojo. El taxista se queja, pero frena. Está de mal humor.

—Una carta del lector Federico Lande. Experiencias de la vida cotidiana, titula el mail que me envió y dice así: "Cotidiando. El semáforo se pone en rojo. El taxista se queja, pero frena. Está de mal humor. Como no tenía ganas de charlar, decido esquivar su posible mirada del espejo retrovisor y miro hacia mi derecha. Al lado nuestro un auto rojo, un 206. Dentro, una señora de unos cuarenta. En el asiento del acompañante, un perrito de raza. Ella le habla y lo acaricia aprovechando el minuto que da el semáforo. Justo entre medio de los dos autos camina una nena de unos seis años; seria, descalza y con la piel sucia. Le pide una moneda. La señora no la mira a los ojos y parece ni escuchar su pedido; en realidad cuando vio que iba hacia ella ya giraba su cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha. La nena le pide otra vez la moneda. La señora pone las dos manos en el volante y mira hacia delante. La nena gira. Me mira. La miro. La miro y giro mi cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha. El semáforo se pone en verde y evito su segundo pedido. El taxi arranca. No tenía monedas para darle. En realidad eran para pagarle al taxista y no tener que escuchar su queja cuando me baje".

  —Estas palabras de Federico son, como el mismo lo expresa en el mail, su catarsis. Catarsis que todos de una forma u otra debemos realizar cada día ante las experiencias que vivimos, que nos duelen y que, incluso, nos hacen reflexionar. Federico en su breve texto nos pone frente a muchas facetas de una realidad. La verdad es que no quiero reparar en algunas de ellas, como la de la señora que dice "no" a la pequeña, mientras acaricia a su perrito de raza que viaja junto a ella privilegiadamente y recibiendo su cariño. No la juzgo, ¿cuántos de nosotros volteamos hacia izquierda y derecha nuestro corazón frente a tantas circunstancias adversas por las que atraviesa nuestro prójimo?

  —He reflexionado bastante sobre esto de "me da una moneda". No sé si el dar monedas es un bien o es un mal que se le hace a estos pequeños. Por un lado, uno piensa en las consecuencias de no llevar a casa nada (a veces palizas de sus padres), otras veces pienso que convalidando el hecho mediante el dar se los arroja a la cultura de no ser nada, sino sólo mendigos con probabilidades de ingresar en el camino del delito. Una moneda, por otro lado, nada remedia y sólo sirve para un fugaz momento de fruición, de satisfacción, del chico que recibe. El que da, por otra parte, (no siempre, no todos los casos, claro) imagina una obra de bien, cree expiar alguna culpa, aunque en el fondo nada resuelve y nada expía. Un amigo, hace un tiempo, me ha dicho algo que debería poner en práctica y no lo hice aún, lo confieso: "Yo compro caramelos y cuando me piden les pregunto el nombre. Les doy el caramelo mientras los llamo por su nombre y les doy una palmada, creo que ese gesto les hace recordar que son personas, que tienen yo, que valen". Lo más importante, lo más valioso que le podamos dar a estos chicos es nuestro compromiso de decirles a los líderes (hay diversas formas): Señores, basta de mirar para otro lado acariciando sus lujos, mientras tantos seres humanos padecen la humillación del yo encarcelado, hambreado, apenado, condenado a la nada. Usted lo ha hecho al escribir esta carta Federico. ¡Buen año para todos! Ah..., y no sólo esperen maná del cielo, también pueden amasar su propio pan.

Candi II

candi@lacapital.com.ar

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