Edición Impresa
Martes 15 de Abril de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Martes 15

—No son tus ojos los que están cansados de ver lo que ven, no es tu mirada la melancólica, ni es tu voz la que se ha quebrado; no, es eso que el mundo llama corazón el que se ha caído. No importa, para el caso de mis palabras, la explicación de por qué ellos le llaman corazón herido.

—No son tus ojos los que están cansados de ver lo que ven, no es tu mirada la melancólica, ni es tu voz la que se ha quebrado; no, es eso que el mundo llama corazón el que se ha caído. No importa, para el caso de mis palabras, la explicación de por qué ellos le llaman corazón herido. Tal vez, amiga mía, sea cierto aquello que creían los antiguos que las emociones y los sentimientos viven en el corazón y que el espíritu corre por la sangre, donde vive. Ya ves, he dejado todo hoy para mirar tu mirada, para posar mis ojos en los tuyos. He dejado todo para dejarlas a ellas, mis palabras, que se encuentren con las tuyas. Y mientras dejo que salgan como quieren salir, voy recordando otros rostros, otras miradas, otras voces quebradas, casi sollozantes. Ya ves, amiga mía, hoy tu tristeza es mi tristeza. Hoy tus lágrimas son las mías, pero debes saber que ayer fueron las de aquel y mañana serán las de otro. Y mientras nacen mis palabras casi al instante de la fecundación (¡milagro de la fenomenal cópula entre el sentir y la escritura!) dejo que vean la luz como ellas quieren verla. Y el, mi amigo de siempre, de toda una vida de alegrías y de penas, de sueños alcanzados y esperanzas muertas, va esculpiendo en el papel unas palabras que dicen... —"Quiero tomarlos de la mano, amigos míos, quiero que sientan como yo los siento, para que me sientan como deben sentirme..."

—Tú, querida, amada mía, me sientes desde siempre. Me sientes en esta sonrisa que a veces se atreve, pero no se asoma; me sientes en esta soledad que es mía desde siempre. ¿Desde siempre? Desde siempre, sí, pero no es mi soledad. No, yo le pertenezco eternamente. Porque así como el Verbo una vez se volvió carne, así la soledad una vez también se hizo tangible y se llenó de miles de espíritus de pena. De tal suerte que, ya ves, suelo pensar que, después de todo, no somos sino seres en apariencia. Pero no creas que apenas somos dos los peregrinos en el profundo valle. Amiga, amada mía, ahora que lo pienso, no son tus ojos los que se han cansado por ver lo que ven; no, se han cansado de esta oscuridad, de este no ver lo que desean ver. Más no te sientas sola en la pasión, yo estoy aquí, a tu lado, mientras él, ese amigo de toda la vida, de todos los sueños y de todas las esperanzas muertas, sigue esculpiendo en el papel las palabras para que nuestros dedos lean. Sí, nuestros dedos, amiga mía, porque nos han herido los ojos, pero nos quedan aún las manos para leer lo que ha venido a decirnos. Las manos ¡benditas sean! con las que podremos "mirar" el nuevo rumbo. Y cuando también los verdugos de los reyes nos las hieran hasta quedarse yertas y sin poder tocar las bellas esculturas que ha trazado a los costados del camino, pues nos quedarán los oídos sobre los que arrullarán, guiándonos, las almas que nos aman. Escucha, escucha lo que esculpe el buen amigo sobre el papiro eterno...

—"Que no se pierda el alma en el dolor, que no se pierda,/ que no permita que la batalla la ganen los demonios,/ llena de amor, plena de fe y suelta de odios/ que recuerde que el muro más alto es vencido por la hiedra.

Candi II

candi@lacapital.com.ar

 

Comentarios