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Lunes 11 de Febrero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Lunes 11

—Con frecuencia, el silencio es el más noble y alto de los fundamentos en los que se consolida la verdad. —¿A quién va dirigida esa frase suya? —A quién la quiera meditar. Pero hay otras palabras que se vinculan con lo que acabo de expresar y que me envía un lector, Sebastián.

—Con frecuencia, el silencio es el más noble y alto de los fundamentos en los que se consolida la verdad.
—¿A quién va dirigida esa frase suya?
—A quién la quiera meditar. Pero hay otras palabras que se vinculan con lo que acabo de expresar y que me envía un lector, Sebastián. Me ha pedido el amigo que desmenuce el pensamiento y teja con las partes una reflexión. Dice el lector: “El que usa el poder para tener la razón, no tiene poder para usar la razón”.
—Quisiera escuchar su reflexión al respecto.
—Desde el fastuoso balcón del palacio, Nerón observaba su obra infernal, su plan luctuoso: el incendio de Roma del que habría de culpar a los cristianos. Mientras observaba, sonreía y pensaba: “¿Otro Dios? ¡Yo soy Dios. Mío es el poder y decido sobre el destino de todo el mundo. Yo, el gran emperador!”. ¿Pero era acaso Nerón el poseedor del poder? ¿Era este un poder permanente y beneficioso para el mundo? ¿Cuánto podría durar? En realidad el poder no le pertenecía. Como toda mente, la suya era sensible y susceptible. El gran Séneca primero influyó sobre él y a esa influencia se deben las buenas obras del emperador al menos durante los primeros años de su gestión. Luego Popea, quien desplazó a la emperatriz Octavia, imprimió otro giro al pensamiento del emperador. Luego, una mente dislocada, poseída por la enfermedad psíquica, disparó su poder hacia acciones dañosas ¿Cómo acabó Nerón? Fue víctima de la reacción que su propia acción impulsó. Tuvo que hacerse matar por su propio secretario antes de que fuera encarcelado por orden del Senado romano, que contaba con el apoyo de una amplia fuerza militar romana. Dicen que antes de pedirle a su asistente que le diera muerte a filo de cuchillo, Nerón, en un rapto de lucidez dijo: “No creas Epafrodito que he perdido el poder. No, no lo he perdido porque jamás lo tuve. El poder real es sólo un préstamo que los dioses nos hacen para que lo administremos de acuerdo con las leyes del corazón, el espíritu y la razón. Cuando alguno de estos sabios falta, el poder huye de nosotros dejándonos crueles y condenados sólo con un remedo de dominio. Ahora lo comprendo. Y además, no temas matarme, porque en realidad jamás he sido Yo”.
—¿Dijo eso? Nunca lo había escuchado. ¡Qué lección!
—¡Qué importa si lo dijo o no lo dijo! Lo que importa es la verdad que encierran esas palabras. Por un lado aun cuando el poder sea racional-sensato, si no está influido por el corazón, esto es por el buen sentimiento y por el deseo de elevación del espíritu, es vacuo, inútil, cuando no decididamente peligroso para sí y para el otro. Ahora bien, ¿cuántos “nerones” hay en el mundo? Un padre, una madre, por ejemplo, que no saben discernir qué es en realidad el poder y cómo debe utilizarse en el hogar, es un mal emperador destinado al fracaso. Lo mismo ocurre con un maestro, con un jefe, con un presidente. Ni siquiera basta la razón para tener verdadero poder. Yo creo que el buen y genuino poder es aquel que desciende hasta el nivel del otro, le manifiesta su amor, expone la verdad, lo abraza y lo eleva consigo.
Candi II
(candi@lacapital.com.ar)

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