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Miércoles 09 de Abril de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Jueves 10

—El sentido de la vida. Continúo con este tema hoy en virtud de algunas cartas que he recibido a propósito de la cuestión. Dice Walter: "Estimado Candi, he seguido con mucho interés la reflexión que efectuó con la base de la nota del padre Martínez Sagasti sobre la búsqueda de la felicidad...

—El sentido de la vida. Continúo con este tema hoy en virtud de algunas cartas que he recibido a propósito de la cuestión. Dice Walter: "Estimado Candi, he seguido con mucho interés la reflexión que efectuó con la base de la nota del padre Martínez Sagasti sobre la búsqueda de la felicidad. Ahora bien, creo que sería de mucha utilidad para muchos de nosotros, laicos inmersos en el mundo, con todo lo que ello conlleva, que expongan, junto con el padre Angel, una especie de vademécum que nos ayude, con reglas sencillas y prácticas, qué hacer o qué nos puede ayudar para ’descubrir a Dios’. ¿Será una tarea muy difícil? Un abrazo fraterno".

—Bueno, queda invitado el padre Angel, ¿pero qué dice Candi?

—Como se comprenderá, yo formo parte de esa inmensa masa humana que trata de encontrar a Dios. Esa búsqueda, como toda empresa en la vida, está plagada de dificultades especialmente cuando se trata de seres, como es mi caso, que en lo espiritual se encuentran recién en los escalones inferiores y luchando a más no poder por no caer definitivamente en eso que, metafóricamente, llaman infierno. De todos modos puedo contar algo que me parece interesante. El fin de semana que pasó entré al templo de calle Mendoza entre Corrientes y Entre Ríos (Santa Rosa) y para mi sorpresa estaba oficiando la misa el arzobispo de Rosario, monseñor José Luis Mollaghan. En su homilía el prelado recordó algo muy interesante que me hizo meditar: luego de la resurrección Jesús se presenta a sus discípulos, pero estos, en un primer momento, no alcanzan a reconocerlo. Lo tratan, primeramente, como una persona más, como a un peregrino entre tantos. Incluso María Magdalena, la primera en encontrarse con el sepulcro vacío, se topa con El y no se da cuenta de que es Jesús. Cuando iba caminando hacia mi casa me dije entonces: Cómo Spinoza, busco a Dios a veces con desesperación y a veces, también, una profunda crisis de fe se apodera de mí. ¿No será que está a mi lado y no lo veo? Y yo creo que sí, que efectivamente Dios está a nuestro lado y no lo vemos. Con frecuencia no queremos verlo, porque ello implica un gran compromiso, una gran renunciación. Cuando paso por un asilo de ancianos y veo a tanta gente allí abandonada, llena de tristeza, casi crucificada, pues allí está Dios y yo sigo de largo. Está en ese joven que no tiene trabajo y por el cual no hago nada por ayudarlo. Está en el enfermo a quien no me acerco ni siquiera para permanecer, en silencio, a su lado. Está en el padre que perdió a su hijo, está en el adolescente que acaba de perder a su mamá, está en ese mendigo que se acerca a la ventanilla de mi auto y a quien le digo, molesto: "no tengo nada". Dios está en mi esposa, en mis hijos, en mis amigos. Me requiere desde allí y digo: "ahora estoy ocupado". Dios está en mí, golpea la puerta de mi corazón, diciendo: este es el camino, pero me tapo los oídos. Yo creo que para descubrir a Dios sólo hace falta verlo y estirarle nuestra mano hacia ese que nos necesita "y que necesitamos", porque todos los necesitados fueron puestos ante nosotros para satisfacer nuestra necesidad de Dios y de paz interior. Por eso cuando damos no debemos permitir que se nos agradezca, nosotros debemos agradecer la oportunidad de servir. Seguiré mañana.

Candi II

candi@lacapital.com.ar

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