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Jueves 10 de Enero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Jueves 10

—El sacerdote Claudio Castricone tiene su sede parroquial en un remoto paraje de Formosa. Nos ha llegado, a través de un amigo, un relato muy hermoso escrito por él sobre esa región, sobre esa otra Argentina donde viven los pobres, y además olvidados, de los que pocos se enteran.

—El sacerdote Claudio Castricone tiene su sede parroquial en un remoto paraje de Formosa. Nos ha llegado, a través de un amigo, un relato muy hermoso escrito por él sobre esa región, sobre esa otra Argentina donde viven los pobres, y además olvidados, de los que pocos se enteran. Es una historia verídica, algo que le ocurrió a él cuando lo invitaron a la fiesta de los quince años de Lisa, una muchachita que vive en La colonia Paso Polenta, que está aproximadamente a 30 kilómetros de Misión Laishí. “Tiene este nombre —cuenta el sacerdote— porque cuando llueve esos kilómetros se hacen una polenta, imposibles de transitar. Tengo la experiencia de eso, ya que varias veces me embarré hasta la rodilla y hasta fundí la camioneta de la parroquia exigiendo el motor del vehículo que se me había empantanado”.
—La cosa es que el cura se fue en moto hasta la fiesta de Lisa, en plena noche formoseña, exactamente el 31 de diciembre pasado. ¿¡Cómo le iba a fallar a la chica?! Al fin llegó y lo que sigue son partes de su relato.
—“Paso Polenta tiene unas diez familias, todas muy humildes. Hay una escuelita con una sola maestra. También tiene su capilla, puesta bajo la advocación de la Virgen del Carmen, donde hay misa solamente el quinto domingo de mes, cosa que sucede cada tres o cuatro meses. Cuando llegué a su casa reinaba la oscuridad. Vale la pena detenerse en describir donde vive la familia Otazo: su casita es un rancho de barro con techo parte de paja y parte de chapas de cartón, a orillas del riacho Salado, con un hermoso patio con árboles y piso de tierra. Ah… no tienen agua potable, ni luz eléctrica. El agua del riacho es salada, como lo indica su nombre. Para tener el tan valorado líquido Sixto hizo un pozo a unos centímetros del cause del Salado y de allí sacan el agua, que aunque parezca mentira, tiene mucho menos salitre que el del riacho. La instalación de la luz rural es demasiado cara para el pobre, para tener electricidad utilizan una batería de auto, con eso alimentan algunos foquitos y su radio. No tiene heladera ni televisor. Con todo este panorama parece una pavada, pero tampoco allí hay señal de celular”.
—Sigue contando el sacerdote: “Al rato apareció la quinceañera, Lisa: no bajaba de un lujoso auto, salía de su casita de barro; no venía vestida con un lujoso vestido, traía blusa, pantalón y sandalias —no creo que haya estrenado nada en esa noche—, lo que sí tenía un hermoso peinado que le hizo Leonella, una de sus hermanas mayores, que fue a estudiar peluquería a Formosa; no había una gran torta, era pequeña y colocada sobre una mesa que tuvieron que pedir prestada”.
—Y termina: “De todos los cumpleaños de quince que he participado, este fue el más pobre, pero sin dudas uno de los más lindos e inolvidables para mí. Y viendo la felicidad y alegría que Lisa transmitía en su rostro, sigo sosteniendo que la felicidad no está en las cosas grandes y suntuosas, sino en las sencillas y simples”.
—¿Cuántas “Lisas” hay en este país increíblemente rico? Cientos, miles, decenas de miles. Algunas están aquí nomás, a la vuelta de la esquina. ¿A quién le importa? De paso reflexiono: ¿Y de los curas como Castricone quién se acuerda?
Candi II
(candi@lacapital.com.ar)

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