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Domingo 09 de Marzo de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Domingo 9

—Ceder un poco de cada uno para la paz de todos ese es, en definitiva, el gran servicio que el hombre, en cualquier lugar y desde cualquier posición, debe prestar.

—Ceder un poco de cada uno para la paz de todos ese es, en definitiva, el gran servicio que el hombre, en cualquier lugar y desde cualquier posición, debe prestar. Ceder un poco de lo propio no implica perder la identidad, renunciar a lo que le corresponde, ni abdicar de las propias ideas, implica encontrar un camino alternativo para el encuentro con el otro en puntos comunes de manera que exista unidad de acción para el crecimiento y la paz, aun con las divergencias existentes. En esto se basa la armonía y la evolución de todo el universo. El día no se pelea con la noche, la tierra no entra en choque con los astros del cielo y el agua no contiende con el fuego. "Todos los elementos? decía un sabio, van por distintos caminos, pero encontrándose en el punto común de la armonía y la creación".

—El corazón nada tiene que ver con la función hepática, pero no por eso entran en conflicto ¿verdad? Todo lo contrario.

—Parecería que la única criatura sobre la tierra buscadora de pleitos, ávida hasta la mezquindad lacerante, es el hombre. El hombre mata por poder, condena al hambre a su misma especie por riqueza exacerbada y vana. Somete, de las más diversas formas, en ocasiones en una competencia desenfrenada y cruel, por el poder, el éxito y la fortuna. Nadie, o muy pocos, que están comprometidos en la carrera en la cual la meta es el poder y la riqueza, renuncian a un poco para permitir que el otro también goce, aun cuando en un mínimo grado, del sabor de ese poder y esa riqueza. Y eso, estimados lectores, es el descarrío de la propiedad original del hombre. Esta propiedad mezquina transformada por las circunstancias sociales, está presente en el gobernante, en los empresarios, en los operadores económicos, en los dirigentes en general, pero también, y aún cuando en menor medida, en el hombre común. ¿Cuántos jefes o jefas de familia, por ejemplo, hacen un uso abusivo de sus atributos? Debiendo ser líderes, se conviertes en jefes absolutistas. Debiendo guiar mediante la persuasión y el amor, obligan a caminar a los del grupo familiar mediante la orden y el absolutismo. Deberíamos, cada uno de nosotros, ser más sinceros y preguntarnos cuánto de dictadores tenemos y cuánto de esa sustancia es posible despojarnos.

—En nuestros días y en nuestro país, Candi, vemos bastante absolutismo mezclado con mezquindad y avidez desenfrenada.

—Así es. La mentira, además, como forma de conservar y fortificar el poder; el negocio comercial extremista, que fija su meta en sí mismo a costa de la paz del resto de los seres y de la integridad del planeta. A muy pocos les importa la vida del otro, la vida en toda su dimensión, en toda su magnitud. ¿Quién piensa, excepto padres preocupados, en el futuro de nuestros niños? ¿Quién reflexiona y se preocupa por el presente y futuro de nuestros jóvenes? Jóvenes condenados a una cultura de la superficialidad, de la indiferencia, de la exclusión del otro ¿Quién piensa en la paz de nuestros padres y abuelos que luego de toda una vida de trabajo son condenados, en el final, a la amargura de la indignidad? El poder ha sido, como decía Balzac, una conspiración permanente. ¿Cuándo se modificará esa realidad y que el poder sea deber y servir para la paz y el bienestar de cada uno y de todos?

Candi II

(candi@lacapital.com.ar)

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