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Domingo 03 de Febrero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Domingo 3

—El verdadero optimista no es aquel que sólo ve las cosas buenas que suceden, sino el que observa todo el escenario, descubre que existen cosas malas, las pone al descubierto, tiene la esperanza de un cambio y el coraje del compromiso con el mismo.

—El verdadero optimista no es aquel que sólo ve las cosas buenas que suceden, sino el que observa todo el escenario, descubre que existen cosas malas, las pone al descubierto, tiene la esperanza de un cambio y el coraje del compromiso con el mismo. Esto es aplicable a la vida social como personal. El temor a no querer observar lo malo, entraña
el peligro de contentarse sólo con lo bueno mientras el mal avanza y termina con todo. Desde este punto de vista, bien podría definirse al optimismo como la fuerza maravillosa que permite verlo todo e impulsa al alma humana a transformar o mejorar el orden individual, social y universal.
—Optimismo es esperanza, fe y amor. ¿Ejemplos de optimistas?
—Muchísimos. Desde los más grandes hombres conocidos por toda la humanidad que lucharon por un orden justo, hasta aquel anónimo que en un rincón de su cuarto se sabe y se confiesa a sí mismo un injusto, pero que tiene el sueño de alcanzar un día no ya el grado de justo, sino al menos la condición de que el alma animal no prevalezca sobre el alma divina. O, dicho en otros términos, de que el bien que hay en él no sea sometido por el mal que también existe en él. El momento del verdadero optimista es aquel en el que
golpea a las puertas de la bondad y el verdadero éxito y estas se abren. Aun no traspasa el umbral, pero ya recibe del portero la primer sonrisa con la que le dice: “¡Al fin has llegado! Bienvenido”. El verdadero optimista cae cien mil veces, pero cien mil veces se levanta, porque sabe que su tesón será abundantemente recompensado. El verdadero optimista jamás pronuncia palabras tales como: “imposible”, “es inútil”, “no se puede”.
—El falso optimista tampoco las pronuncia, pero porque no sabe del desorden existente o desconoce toda la dimensión del mismo. Sólo tiene puesta la mirada en las cosas buenas que suceden, mientras detrás mil monstruos avanzan para destruirlo. El verdadero optimista sabe que su tristeza es pasajera, que su soledad es una fantasía que puede borrar de su vida. El verdadero optimista sabe que su hijo, a pesar de todo, finalmente será un ser maravilloso, que su padre cambiará y que el amigo al fin y al cabo reflexionará. El verdadero optimista es quien advierte que una parte de sus cosas se caen, pero no se sienta a llorar esperando que se desplome el último cascote. Es aquel que dice: “Qué difícil es todo, pero yo lo haré más simple y agradable. Y lo haré”.
—¡Qué fácil eh!
—No, nada es fácil. Por eso el verdadero optimista sabe que por el camino de la vida no puede andar solo y de hecho no anda solo (aunque a veces no lo advierta). De allí que algunos optimistas, al andar por las avenidas de la vida y ser asaltados por las dudas y la desazón se detienen en una esquina, sacan un papel de sus bolsillos y leen: “aunque ande por un valle de sombras y de muerte no temeré mal alguno, porque “Tú” estás conmigo”. El verdadero optimista no odia, porque como dijo el padre Nuñez, un buen cura de izquierda: “El odio es el bastardo nacido de la unión de la estupidez y la mala fe y se alimenta de mentiras; una vez crecido se convierte en un monstruo que devora todo lo que se le hecha, y, muchas veces, a sus propios creadores”.
Candi II
(candi@lacapital.com.ar)

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