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Sábado 26 de Abril de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Domingo 27

—Dice el Marqués de Sade en su obra Las desventuras de la virtud, que "algunos un poco más instruidos, desde la ventaja que les aporta el conocimiento, ¿no dirán con el ángel Jesrad de Zadig que no hay mal del que no haya salido un bien?"

—Dice el Marqués de Sade en su obra Las desventuras de la virtud, que "algunos un poco más instruidos, desde la ventaja que les aporta el conocimiento, ¿no dirán con el ángel Jesrad de Zadig que no hay mal del que no haya salido un bien?"

—Continuamos, pues, con el tema del destino, iniciado ayer. Hoy la conclusión.

—Y en efecto, así como no hay bien puro, es decir un bien que no tenga una pizca al menos de mal, tampoco hay un mal que carezca de una semilla de bien desde la cual el hombre pueda, según su habilidad, atrevimiento y fe, una vez sembrada, cambiar el suelo yermo, desolado o plagado de malezas y convertirlo en un cultivo benéfico. Vemos con frecuencia en estos días como muchas situaciones sociales y personales impiden la realización de los más bellos y justos sueños. En ocasiones es el Estado, con sus políticas adversas a la necesidad de la persona, un verdadero monstruo que no sólo impide el crecimiento personal y social, sino que impele y fomenta la involución. En otras ocasiones es el propio ser humano, de manera personal, por acción directa o indirecta, por acción u omisión, el que obstaculiza el bienestar de una persona. Pero aun cuando el destino del otro parezca estar a merced de fuerzas extrínsecas, no es cierto que no pueda manejarse de modo de conducirlo a la meta deseada.

—No es fácil, a veces todo el empeño y la fe no alcanzan.

—Habrá que preguntarse si en realidad es todo el empeño y toda la fe. Si es efectivamente así, habrá que interrogarse si "algo o alguien supremo, intangible, pero todo inteligente y poderoso", no reclama nuestra presencia (con todo lo que ello implica en cuanto a pensamiento, acción y absolutas circunstancias) en otra parte de la vida. Sin embargo, y fuera de esto, cuando aquel humilde pastor devenido rey escribió para la posteridad el célebre salmo: "No temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo..." dejó plasmado en el libro de la vida la fórmula para lograr el cometido de la propia voluntad si no afecta a lo supremo. No es una fórmula vaga, carente de contenido. La propia vida de ese rey es todo un testimonio de lo que puede el hombre cuando se conoce a sí mismo y se "consustancia" con la Verdad. A menudo el ser humano, todos nosotros, somos víctimas de desprecios, deslealtades, hipocresías, injusticias. Se da el caso, también, de que nos llaman cuando nos necesitan, nos adulan en el éxito, nos admiran en la prosperidad, nos aplauden en la gloria, en el esplendor o en la virtud. En la pobreza, en el pecado, en el desierto, uno está solo con el universo. Por eso Bécquer comprendió, desde su romanticismo, lo "solos en que quedan los muertos". En esa "muerte", son pocos, o ninguno, los que permanecen a nuestro lado. El destino entonces parece incierto. Sin embargo, no estamos solos ni el destino incierto. La resurrección, el llegar a la meta no depende ni de las opiniones ni de las acciones de los otros, sino de las propias ideas y acciones y de la "Vara" que nos guía si permitimos esa conducción. No puedan ser impedidas las tormentas, pero sí el naufragio si es ajeno a la voluntad de Dios. El secreto, al fin y al cabo, es arrear las velas para volver a desplegarlas, con toda fuerza y fe, en el momento oportuno.

Candi II

candi@lacapital.com.ar

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