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Domingo 23 de Marzo de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Domingo 23

—Miro y veo demasiada melancolía sobre la faz de la tierra, demasiada pasión, que se nutre de esa injusticia tan proverbial, tan notoria, en cada rincón, en cada instante de la vida.

—Miro y veo demasiada melancolía sobre la faz de la tierra, demasiada pasión, que se nutre de esa injusticia tan proverbial, tan notoria, en cada rincón, en cada instante de la vida. En muchos espacios, en muchos tiempos se yergue la soledad de la cruz. Circunscribir esa cruz a la vida del pobre, del que nada tiene materialmente, es parcializar la realidad del dolor, es no comprender cómo, cuándo y por qué, se forma el vacío existencial. Es cierto que son los más desprotegidos los que más sufren por carecer, incluso, de aquellos derechos elementales que los más fuertes poseen, pero no es menos cierto que la plenitud no puede lograrse por vía de la saciedad material. El vacío invade y condena, sin discriminar, a la tiniebla de la cruz.

—Pareciera, además, que el mal ha logrado triunfar. Se regocija con la agonía de los buenos en el Gólgota de todos los tiempos y todos los lugares. Lo que es peor, pareciera que goza de privilegios e impunidad. ¿Es lo peor? No, lo más trágico para la creación es que algunos hombres, que hubieran querido, y quieren, no sucumbir, no caer en el desdén maligno, al fin han sido cautivados, al fin han sido derrotados. Presas de un poder que parece omnipotente, son arrastrados a cada instante a la mezquindad, al individualismo del "yo, pero no tú". La ira campea, la discriminación reina, el egoísmo impera. Se mata el sueño del otro para acrecentar el propio, casi siempre inútil, vano, efímero. La sensibilidad ha sido amordazada, maniatada y acorazada, con un cuero impenetrable. ¡Se ausculta el alma de algunos y los latidos no se escuchan!

—Chicos a la deriva, jóvenes abandonados a la suerte que muchas veces es mala, adultos sojuzgados de diversas formas, ancianos azotados con el látigo impiadoso de la inequidad. Mujeres violadas, violadas en lo más sensible y puro que posee la mujer: Su corazón de madre.

—De tal modo, Señor, has sido y sigues siendo entregado por el traidor, y crucificado por el imperio del mal.

—Más sin embargo, Hijo de María, has resucitado al tercer día y ha sido precisamente e impensadamente para el hombre, pero no para Vos, una mujer tenida injustamente por menos, María Magdalena (¡maravillosa!) la testigo del milagro. El hecho infunde esperanzas entre los desdeñados y pobres, entre los apartados y vituperados.

—¿¡Pero, Jesús, cuánto más deberán aguardar estos hermanos tuyos para ser liberados!? Arregla por una vez tu tiempo al tiempo de los hombres. Apura la copa, Señor, pues hay demasiada melancolía sobre la faz de la tierra, demasiada pasión, que se nutre de esa injusticia tan proverbial, tan notoria, en cada rincón, en cada instante de la vida. Sólo hay que mirar y poder ver. Por eso, perdón, no puedo hoy gozarme completamente, pues si bien Tú has vencido a la muerte y al mundo, aún hay hermanos que siguen colgados. Y ciertamente, no me equivoco si digo que en el universo retumba la voz de tu dolor al verlos allí, jadeantes, llorando, mientras, como Vos lo hiciste, exclaman: "¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!"

Candi II

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