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Domingo 10 de Febrero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Domingo 10

—Carta de un lector. Muy buena persona, excelente profesional y muy creyente. Escuche: "Estimado Candi: Pertenezco a la feligresía de la parroquia Cristo Rey del barrio de Fisherton...  

—Carta de un lector. Muy buena persona, excelente profesional y muy creyente. Escuche: "Estimado Candi: Pertenezco a la feligresía de la parroquia Cristo Rey del barrio de Fisherton, cuyo templo se encuentra afectado a las refacciones de ampliación, por lo que transitoriamente las misas se celebran en la casa parroquial, en un salón de reuniones de pequeñas dimensiones. El domingo pasado el inicio de la misa de las 11 se demoró, ignoro la razón, pero lo cierto es que el ámbito estaba colmado de chicos jóvenes y mayores de todas las edades. Como en general ocurre cuando las celebraciones se demoran, se generan diálogos, murmullos y ruidos variados, obviamente naturales, lo que no implica ni falta de respeto ni falta de devoción. Pues bien, ello no ocurrió aquel medio día en el templo improvisado. Y por el contrario, medió un silencio que se oía, un recogimiento que se percibía y una paz y serenidad que realmente sorprendía. Me puse a analizar qué pasaba, que era lo nuevo, porque tampoco nadie conducía ni rezos ni canciones, ni exhortaba silencio. Finalmente tengo que atribuir ese comportamiento generalizado a una escultura de bronce de Cristo colocada detrás del altar que presidía el ámbito. Este Cristo parece elevarse de la cruz, desprenderse, desclavarse de su yugo. Doliente, pero decidido y por ende tremendamente conmovedor, buscando al Padre y la resurrección. Ante esta visión, nuestra precariedad corpórea, la distracción de nuestra mente, imaginación, se contuvo y se aplicó al rezo o al silencio devoto y respetuoso. Hasta ese día dudaba del arte religioso; aquel domingo lo encontré y comprobé su trascendente valor. También confirmé el daño que se hace a la persona religiosa cuando se agravian los íconos de su fe, por lo que estos representan y en razón de que estos, en cuanto objetos materiales, nos permitan adentrarnos en las cuestiones espirituales o nos predisponen adecuadamente para ese encuentro". ¿Tiene algo que decir, Candi?

—En mi habitación tengo un cuadro que me regaló mi hija. Es una gran reproducción de una obra maravillosa que conmueve. "Il Cristo de San Giovanni dilla croce", de Dalí. ¿¡Cómo no sensibilizarse al verlo?! ¿Cómo no podrá predisponerse el espíritu a la elevación al observar obras como éstas? ¿Cómo sentirse solo cuando se reflexiona sobre la realidad reflejada por el autor y su propia emoción? Cuando yo era un adolescente, tuve la suerte de conocer a un hombre que había indagado mucho sobre religiones y que conocía bastante sobre técnicas de meditación. Recuerdo que me decía que antes de comenzar sus sesiones de relajación, observaba una obra religiosa que lo sobrecogía mientras escuchaba cantos gregorianos o determinada música clásica. Preparaba su espíritu. La ciencia, luego, vino a descubrir lo que ya conocían los sabios hace tiempo: que cierta música trae paz interior, contribuye a la sanidad. El buen arte es creación para la elevación del alma, serenidad mental y armonía corporal. El observador participa con el artista en su obra y uno y otro se elevan por esa vía. Había un anciano que iba al templo todas las tardes, se sentaba en el primer banco y comenzaba a mirar por largo tiempo a un hermoso crucifijo ubicado en el altar. Intrigado, el sacerdote una vez le preguntó: "¿Por qué siempre miras a esa cruz y nada más?" El hombre respondió: "¡¿Nada más?! Yo lo miro y El me mira y eso, padre, lo es todo".

 

Candi II

(candi@lacapital.com.ar)

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