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Viernes 15 de Octubre de 2010

Charlas de Candi - Viernes 15

—Estoy leyendo lentamente, como leo desde hace un tiempo, la obra de Rabindranath Tagore “La Casa y el Mundo”. De este escritor hindú (que, dicho sea de paso, Borges llegó a criticar, tal vez por cierto celo vinculado con el Nobel que nuestro argentino nunca tuvo), rescato muchas cosas valiosas.

—Estoy leyendo lentamente, como leo desde hace un tiempo, la obra de Rabindranath Tagore “La Casa y el Mundo”. De este escritor hindú (que, dicho sea de paso, Borges llegó a criticar, tal vez por cierto celo vinculado con el Nobel que nuestro argentino nunca tuvo), rescato muchas cosas valiosas. Anteanoche (anoche para mí) llegué a esa parte del libro en el que uno de los personajes piensa para sí: “No puedo dejar de sufrir, pero hay una especie de tortura que debo evitar a toda costa: la de pensar que mi vida carece de valor porque ha perdido todo su placer. Mi vida va mucho más allá de mi pequeño mundo doméstico. No depende de un pequeño éxito ni de un pequeño fracaso, de mis alegrías o de mis penas personales”. Me detuve a pensar en estas palabras tan ciertas y me dije: si todo el libro fuera no más que estas palabras, hubiera valido, sin más, la impresión de miles de ejemplares.

—No es necesario reflexionar sobre este texto.

—Pero lo hago brevemente: Nuestras vidas son mucho más que las sensaciones, que las vivencias cotidianas. Y no me refiero solamente a la trascendencia que remite al plano espiritual. No, nuestras vidas tienen sentido más allá de la alegría, más allá del dolor, porque esas cosas son efímeras, eventuales. Nuestras vidas, y esta es la idea, adquieren sentido y dependen del amor. El amor tiene la capacidad de hacernos dichosos, pero también de entristecernos. La verdad es que bien podría decir: ¡pobre de aquel que no ha sufrido por amor. Ese, no ha vivido!

—Es muy cierto.

—Quiero compartir con el lector estas otras palabras de Tagore: “He llegado a aquilatar lo que realmente existe en mí, contrariamente a lo que había imaginado que existía. He hecho una cuenta de ganancias y pérdidas y lo que me queda es bien mío; no es un “yo” mutilado, vestido de oropeles en jirones, un “yo” enfermo al que haya que someter a un régimen de enfermos, sino un espíritu que ha pasado por lo peor y ha sobrevivido”.

—¡Maravillosas palabras!

—El orgullo de aquellos que alguna vez han llorado, es poder decirle al mundo: “pero estamos aquí, nuevamente de pie, decididos a la lucha, comprometidos en la victoria definitiva, aun cuando las causas de las lágrimas nos estampen una y otra vez contra el piso de la pena”. Ese es el verdadero sentido de la vida. Este sentido culmina en la templanza de comprender además, en el momento del placer, que “todo tiene su tiempo bajo el sol” y que es de sabios gozar agradecidos, con respeto, con mesura, y sobre todo con la humildad de aceptar que la felicidad es un relámpago. El ser humano debe aspirar a vivir en armonía, con equilibrio interior, desapegado de las cosas vanas del mundo. Sí, como decía Tagore, la vida está más allá de las pequeñas cosas domésticas.

candi2050@gmail.com

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