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Viernes 11 de Marzo de 2011

Charlas de Candi - Viernes 11

—Allí está, en medio de la soledad. Algo, no puedo definir certeramente qué de lo poco que queda de él, contempla el mar que se estrella indiferente, impiadoso, sobre su ruina. Alguna vez su luz fue guía y salvación de navegantes. ¡Oh faro, que una y mil noches evitaste el encallado, hoy estás allí, de pie aún y, no obstante, abandonado!

—Allí está, en medio de la soledad. Algo, no puedo definir certeramente qué de lo poco que queda de él, contempla el mar que se estrella indiferente, impiadoso, sobre su ruina. Alguna vez su luz fue guía y salvación de navegantes. ¡Oh faro, que una y mil noches evitaste el encallado, hoy estás allí, de pie aún y, no obstante, abandonado!

—Sí, al contemplarte en esta tarde, he imaginado que fue en un crepúsculo lejano, en un atardecer del otoño marino (porque todas las adversidades y angustias se suceden en los atardeceres de la vida) que algún operador apagó tu luz definitivamente. Fue entonces que así, de pronto, de un instante para otro, sin que tuvieras tiempo de asumirlo y prepararte, tu destino, forjado por el hombre, fue la nada. “Ya no eres útil”, dijo aquel que encendía tus poderosas luces cuando el sol caía del otro lado de las cosas, para levantarse en ese mismo punto de la Tierra. Mas, sin embargo, tu luz se cayó aquí y en ninguna otra parte fue elevada.

—“Ya no nos sirves”, dijo el viejo operador que, no obstante su sentencia, se fue pensando, en medio de la nostalgia, que su destino, en poco tiempo más, no sería otro que el tuyo.

—Al contemplarte en este atardecer, allí solo y olvidado, no puedo menos que comprender tus sentimientos. Un día no lejano, en un atardecer como aquel remoto en que tus luces fueron apagadas para siempre, alguien o algo me dirá: “ya no nos sirves”. Entonces, ¡oh faro!, me quedaré, como vos estás ahora, de pie sí en el recuerdo de ciertos corazones, pero en la profunda soledad del no ser y el no servir. Aquellos afanosos navegantes que aún buscan mi luz para no encallar en la costa de la vida, se dejarán llevar, mañana, por otros guías.

—Y sin embargo, faro, aun cuando tu luz se apagó en una lejana tarde que imagino otoñal, tienes aún esa entereza… Y te mantienes en pie, para dar testimonio de la luz que alguna vez fue e hizo que otros fueran.

—Yo, te lo confieso, tengo miedo. Miedo de que mi luz se apague y, además, de que esta marea de la vida me haga caer y me arrastre, irremediablemente, hacia ese mar adentro y sombrío de la nada.

—Ya ves, la tarde se desploma.

—¡Ay! y esas gotas de mar que salpican tu base y estas lágrimas mías que sacuden mi alma. Y la noche que asoma y tu luz no se hace. Y mil y un navegantes que pasan y te ignoran. Sólo yo te comprendo, sólo yo, otro faro, parado frente al mar soportando esas olas que irrumpen de pronto, me abrazan, me devoran.

—Bueno, una improvisada columna en un atardecer frente al mar, en medio de su mágica y misteriosa (pero bella) inmensidad y soledad.

candi2050@gmail.com

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