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Viernes 01 de Octubre de 2010

Charlas de Candi - Viernes 1º

—Las columnas de hoy y mañana las dedicaré a transcribir parte de un escrito del doctor Mario Rosen. Rosen tiene 63 años y es argentino, filántropo, médico, educador, empresario exitoso y socio fundador de Escuela de Vida. A esta persona se le atribuye un escrito titulado “La Argentina insolente”...

—Las columnas de hoy y mañana las dedicaré a transcribir parte de un escrito del doctor Mario Rosen. Rosen tiene 63 años y es argentino, filántropo, médico, educador, empresario exitoso y socio fundador de Escuela de Vida. A esta persona se le atribuye un escrito titulado “La Argentina insolente”, que refleja nada más ni nada menos que el pensamiento de muchos ciudadanos que ven día a día como la falta de valores gana terreno y lo que en otro momento era orden y respeto se va transformando en caos, llegando a la insolencia social.

—No gastemos renglones con opiniones propias y vamos al escrito. Comienza diciendo: “En mi casa me enseñaron bien. Cuando yo era un niño, me enseñaron a honrar dos reglas sagradas: Regla número uno: en esta casa las reglas no se discuten. Regla número dos: en esta casa se debe respetar a papá y a mamá. Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía, ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: «Ya van a ver cuando llegue papá». Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar, porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa. No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá era razón suficiente para cumplir las reglas. Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada; me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas. Y me ordenaban, porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia”.

—¡Qué gran verdad!

—Sigue ahondando un poco en estas reglas y cuenta que a veces las desafiaba, pero lo más interesante es lo que sigue: “Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa, pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había «travesuras» sin «castigo», y una enorme cantidad de reglas que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite decir). El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: la impunidad. ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad...”.

—Voy a seguir mañana con este texto al que adhiero absolutamente, porque yo también pertenezco a ese pasado en donde las reglas eran sólidas y sabias.

candi2050@gmail.com

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