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Martes 07 de Diciembre de 2010

Charlas de Candi - Martes 7

—He tenido la inmensa satisfacción de recibir un mail enviado desde el monasterio benedictino de la localidad bonaerense de Los Toldos, a propósito de las columnas publicadas aquí en los últimos días y que estuvieron referidas al encuentro con Dios y el encuentro entre los hombres.

—He tenido la inmensa satisfacción de recibir un mail enviado desde el monasterio benedictino de la localidad bonaerense de Los Toldos, a propósito de las columnas publicadas aquí en los últimos días y que estuvieron referidas al encuentro con Dios y el encuentro entre los hombres. El padre Néstor Bonotto me ha enviado la homilía pronunciada en la misa del domingo en ese monasterio, referida al tiempo del adviento, es decir del advenimiento de Jesús. Y voy a reproducir parte de ella. Dice así: “En el evangelio se hace referencia a la actuación de Juan el Bautista, este personaje que vivía y anunciaba en el desierto la inminente venida de Jesús. El va preparando el camino, ha sido facultado, inspirado por Dios, para ir creando entre sus conterráneos la conciencia de que ya estaba próxima la venida de ese Mesías, ese salvador que había sido anunciado desde antiguo por los profetas. Aquel momento del año era este mismo momento, también estaba cercana la fecha del nacimiento de Jesús, es el tiempo de preparación para ese acontecimiento, y hay en las tres lecturas un común denominador que es la universalidad de ese salvador. Por eso dice San Pablo que no está destinado solo a los judíos, sino también a los gentiles, forma con que los hebreos designaban a los otros pueblos, y al anunciar la venida de Jesús también anticipa el profeta el comienzo del retorno al estado de armonía universal en el cual un niño hasta podrá poner la mano en el escondrijo de la serpiente. No solamente la humanidad, sino de igual forma la naturaleza participa de este progreso que nace con Cristo y hacia él se dirige”.

—­Dice luego la homilía: “Según nuestra percepción histórica, la venida de Cristo sucedió una sola vez, pero El siempre está regresando, haciéndose presente en cada acto de perdón o de solidaridad a través del cual contribuimos con el propósito de Dios de llevarnos hacia El. Este tiempo es el tiempo propicio para la reconciliación, para el reencuentro, para la concesión mutua, para otorgarnos recíprocamente la posibilidad de comprendernos unos a otros, tarea que es posible únicamente si está iluminada por el deseo ferviente de la llegada de Cristo...”

—No es mucho lo que yo puedo añadir a estas palabras. Sólo quiero expresar que estamos en vísperas de Navidad, es decir en víspera de recordar una vez más el nacimiento de la “Luz del Mundo”. Al detenerme a pensar, exclamo una vez más: ¡qué rápido ha pasado el tiempo, nuevamente Navidad! Y al pensar un poco más advierto, como todos ustedes, que la vida pasa rápidamente. Debo confesar que una gran tristeza me invade al conocer que mucho del tiempo que me fue concedido fue mal utilizado, que habiendo podido hacer algo más que fuera agradable al orden superior y favorable a los hombres, no lo hice. Es decir, pude haber sido en el pasado (como todos podemos serlo) un instrumento para el retorno de Jesús, como sugiere la homilía. No lo fui. Lo bueno, no obstante, es que he tenido la oportunidad de comprender mi error y que puedo reproducir hoy, a través de esta columna, estas palabras de los benedictinos: “este es el tiempo propicio para la reconciliación, para el reencuentro, para la concesión mutua, para otorgarnos recíprocamente la posibilidad de comprendernos unos a otros, tarea que es posible únicamente si está iluminada por el deseo ferviente de la llegada de Cristo...”. Son palabras importantes, son el reflejo del sentido de la vida.

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