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Martes 26 de Octubre de 2010

Charlas de Candi - Martes 26

—Un lector, Armando Cisneros, ha enviado una carta. No es una carta más, está referida a la vida, tema que ha sido y es determinante en esta columna. Es extenso el escrito y voy reproducir parte del mismo, porque me reservo una breve reflexión final. Dice el lector: “La crónica diaria nos golpea una vez más con dureza.

—Un lector, Armando Cisneros, ha enviado una carta. No es una carta más, está referida a la vida, tema que ha sido y es determinante en esta columna. Es extenso el escrito y voy reproducir parte del mismo, porque me reservo una breve reflexión final. Dice el lector: “La crónica diaria nos golpea una vez más con dureza. Un joven ha sido arrancado de la vida. Esta vez se trata de Mariano Ferreyra, de tan sólo 23 años. Se lleva consigo un porvenir y deja un dolor inmenso en su entorno, en sus seres queridos. ¿Cómo explicar esta muerte? ¿Acaso la controversia de una ideología lo justifica? ¿El reclamo por un puesto laboral amerita este accionar? Nada puede justificar la ida prematura de alguien que tenía mucho para dar y por vivir. Se perdió un hijo, un hermano, un amigo, un ser querido, y nuestra sociedad busca un culpable. La crónica diaria nos muestra como se cruzan acusaciones por doquier (...) Una vida ya se fue, y otra se debate en la cama de un hospital; aún recuperándose, ya no será la misma persona. En el ojo de la tormenta, todo apunta como responsable de apretar el gatillo a un barra brava del fútbol”.

—Dice luego el lector, respecto de los barra brava, que “hoy ya forman una cohorte de mercenarios que supuestamente alientan a un equipo de fútbol. Su génesis fue producto de la necesidad de los dirigentes (...) crecieron y desarrollaron una fuerza de choque tremenda, aprendieron a manejarse con los políticos de turno y en connivencia con ámbitos policiales. Aparecieron líderes que ganaron espacio público, gracias a su accionar mediático y a su oportunismo, para crear nuevos espacios de negocios: la droga, los paseos para turistas por las tribunas de los estadios, y también el alquiler de su fuerza de choque para actos y movilizaciones. En esta inexplicable muerte hay uno de ellos comprometido. Si no cambiamos como sociedad, dándole valor a principios elementales, esto se repetirá una y otra vez. Una vez acallado o superado por otra realidad, la muerte de este chico será una más, cuando deberíamos bregar porque sea la última y a partir de ella el inicio de algo mejor...”

—Finalmente, Armando expresa que si no hay un cambio de actitud estaremos en deuda como sociedad. Es bien cierto todo lo que sostiene. Me atrevo a añadir que, como individuos y como sociedad, estamos en deuda desde hace mucho tiempo. Somos adictos los argentinos a buscar culpables en el poder político por los grandes problemas. Y es verdad que es el principal responsable, pero... ¿Qué hay de nosotros? ¿Es que estamos desligados de compromisos? El poder de ayer, de hoy y de mañana no fue, ni es, ni será, por causa propia, por creación espontánea y azarosa. El poder lo concede la sociedad, cada persona. Y este poder argentino de siempre no perdona y, sea por acción o por omisión, permite que la vida se humille hasta la muerte. La vida, un valor que no sabe de ideologías, de banderas políticas, de religiones, de color de piel, de creencias, de aspectos y posibilidades físicas. La vida, valor sublime y perfecto, valor admirable. La vida, ese milagro denostado, desdeñado por muchos hoy día.

candi2050@gmail.com

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