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Martes 19 de Octubre de 2010

Charlas de Candi - Martes 19

—Días pasados, apenas horas en realidad, escribí en esta columna dos historias de gatos. Agradezco los mails enviados por Fabiana, Andrea y Mara, esta última persona de La Casa del Envase Plástico, de calle 3 de Febrero al 1.300.

—Días pasados, apenas horas en realidad, escribí en esta columna dos historias de gatos. Agradezco los mails enviados por Fabiana, Andrea y Mara, esta última persona de La Casa del Envase Plástico, de calle 3 de Febrero al 1.300. Esta buena gente había encontrado un siamés perdido en la calle, lo retuvo en su local y puso en la puerta un cartel anunciando que allí estaba el hermoso ejemplar aguardando a su dueño. Mara me escribió y me hace saber que el gatito ya se reencontró con su verdadero dueño (o mejor dicho amigo). Me alegra mucho y nuevamente mis felicitaciones por la actitud de quienes están en ese comercio.

—Contó la historia el día que narró lo sucedido con el gato del garaje.

—Sí, ya conté la historia del gato que un día de estos apareció en donde guardo el auto, desgarbado, golpeado por la vida. No tengo la menor duda de que escapó de algún mal trato, así que me dí a la tarea de alimentarlo. ¡Ah Inocencio, lo que he descubierto con ese animal…!

—¡Cuánto más conozco a los hombres más quiero a los animales! ¿No?

—Sí. Al buen felino no le tomó ningún tiempo conocerme. ¡Qué digo! No sólo ya me conoce a mí, sino que también parece que identifica a mi auto, pues no más llegar el gato sale de su escondrijo y va al encuentro, actitud que no tiene con numerosos automóviles y personas que llegan al lugar. A veces le hablo y seguramente quien me ha visto habrá diagnosticado mi locura.

—Ja, ja.

—Muchos seres humanos, mi querido Inocencio, han perdido la virtud de los animales: el estado de inocencia y el respeto por la creación. Eso aconteció cuando el ser humano comió del árbol del conocimiento. Es largo el tema, y profundo. Lo cierto es que hay personas que no sólo que no tienen ni pizca de inocencia, sino que además son peligrosamente especulativas. No reparan en nada a la hora de defender sus viles intereses. Si hay que matar al prójimo física o moralmente, no titubean en hacerlo. Si hay que destruir el medio ambiente, quebrar el equilibrio ecológico y diezmar a las especies en razón de ganancias económicas, pues lo hacen sin importar las tremendas consecuencias no sólo para las diversas especies de animales, sino para el propio hombre. Por eso, mi amigo, no puedo más que admirar y respetar a mis hermanos menores. ¿Menores? ¡Perdón, perdón, me equivoco!: creo que a los ojos de Dios son mayores que muchos de nosotros.

—No dudo eso, Candi. Le recuerdo lo que Borges le escribió a su gato: No son más silenciosos los espejos / ni más furtiva el alba aventurera; / eres, bajo la luna, esa pantera / que nos es dado divisar de lejos. Por obra indescifrable de un decreto / divino, te buscamos vanamente; / más remoto que el Ganges y el poniente, / tuya es la soledad, tuyo el secreto. / Tu lomo condesciende a la morosa / caricia de mi mano. Has admitido, / desde esa eternidad que ya es olvido, / el amor de la mano recelosa. / En otro tiempo estás. Eres el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño.

candi2050@gmail.com

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