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Martes 17 de Agosto de 2010

Charlas de Candi - Martes 17

—¡Oh, vaya forma de comenzar hoy! ¡Qué inusual sugerencia! Pero es posible que esta columna se lleve mejor con usted, lector, si la lee escuchando la canción Ammonia Avenue. Si está siguiendo esta tira por Internet, puede copiar esta dirección y pegarla en su buscador http://www.youtube.com/watch?v=NK-_2G7MMgc&feature=related.

—¡Oh, vaya forma de comenzar hoy! ¡Qué inusual sugerencia! Pero es posible que esta columna se lleve mejor con usted, lector, si la lee escuchando la canción Ammonia Avenue. Si está siguiendo esta tira por Internet, puede copiar esta dirección y pegarla en su buscador http://www.youtube.com/watch?v=NK-_2G7MMgc&feature=related Si no, le invito a que en algún momento escuche esa canción de Alan Parsons. ¡Y perdón por mi locura!

—Ahora voy al punto. Hace muchos años, cuando mis sueños estaban intactos y mis esperanzas saltaban entre las paredes de mi cuarto joven; cuando era dueño de aquel presente y aguardaba con fe conquistar el futuro, escribí mi primer cuento que publicó el suplemento literario de este diario. Aquella primera introducción a las letras, que abandoné luego por el parche de una batería y el rock, se llamaba Crepúsculo y se lo regalé a una joven mujer. En aquella tarde lejana ella no comprendió el motivo de mi tristeza. Le demandó cierto tiempo de su vida escrutar en mi abismo y sacar algo en limpio. Hoy, aquella joven a veces me mira y continúa haciéndose preguntas (lo sé). Y sé que sigue escudriñando detrás de la vidriera, en el depósito de mi alma, tratando de sacar información y armar el rompecabezas que aún está inconcluso.

—Como quiera que sea, aquel primer cuento (que sólo existe en mi memoria, como tantos otros escritos que un día decidí arrojar al abismo de la nada) trataba de un hombre sobre su lecho a punto de morir, solo, absolutamente solo (¿por qué voy a negar que la soledad siempre fue el tema de mi vida?)

—Ese hombre de mi historia aguardaba en un cuarto lúgubre, como todo cuarto por donde campea la muerte. Sólo atinaba a escuchar, a través de la ventana, la vida que pasaba por afuera, mientras él, desde el otro lado de las cosas, ya no tenía a quien ni a nada más que esperar; sólo el instante definitivo, allí donde se revela la nada o la eternidad sentida de otro modo.

—El domingo por la noche, mientras escuchaba a esta banda que me apasiona y que en los últimos días no he podido dejar de escuchar (Alan Parsons Project), pensé que posiblemente pasado mañana, miércoles, a las 19, mis amigas Luciana, Valeria y Evelyn, que hacen el programa “Ahora es cuando” por FM 88.1, traten el tema de la donación de órganos. No sé porqué mientras escuchaba la canción Ammonia Avenue me acordé del personaje de mi historia, de ese cuento escrito allá a lo lejos en el tiempo. Pensé que ese hombre hubiera podido salvarse si alguien hubiese golpeado la puerta de su vida. Aquel solitario y moribundo, tenía la posibilidad de atravesar la ventana de la muerte y confundirse con ese mundo que escuchaba desde su lecho. Necesitaba una mano tendida y un corazón dispuesto.

—Al compás de la melodía, mirando por mi ventana en el crepúsculo del domingo, escribí esto que no quise corregir: “Miro a través de la ventana las últimas luces que caen allá a lo lejos. Miro a través de mi vida, que se va despacio como se va la tarde, como se van mis sueños.

—“Miro a través del cristal el fulgor que fue y que ahora desvanece en el horizonte lejano, donde imagino otras vidas, otros destinos.

—“Si tal vez decidieras ayudarme. Si desde ese pasado, que es mi presente, decidieras entregarte en el momento final, en el instante del último viaje...

—“Acaso entonces yo podría traspasar esta ventana, escabullirme alegre otra vez entre la vida y terminar la obra para la que fui elegido. Podría sostener esas luces que parecen caer irremisiblemente; tal vez yo me haría uno con ellas. Si acaso eligieras extender tu mano, dándome el corazón que no llevarás en tu último viaje, yo podría huir de este cuarto, de estos últimos instantes que aprisionan mis sueños hasta matarlos”.

—Donar órganos es dar vida. Y no dejo de recordarte, amigo, que mientras el corazón late para nosotros, también hay otra forma de donarlo.

candi2050@gmail.com

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