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Jueves 19 de Agosto de 2010

Charlas de Candi - Jueves 19

—Había una vez... —¿Un cuento de hadas? —Algo de mágico todos queremos, todos necesitamos. Estamos ávidos de milagros, pero no somos capaces de advertir que a cada instante se produce en cada partícula de nosotros mismos...

—Había una vez...

—¿Un cuento de hadas?

—Algo de mágico todos queremos, todos necesitamos. Estamos ávidos de milagros, pero no somos capaces de advertir que a cada instante se produce en cada partícula de nosotros mismos, en cada partícula del universo, el milagro más fabuloso, más extraordinario: el milagro de la vida.

—Con todo lo que ello implica, con todo lo que ello significa.

—Pero claro, damos por hecho que eso no es un milagro, sino una obligación de Dios y un derecho que a los humanos nos corresponde de suyo. “¡¿Por qué a mí?!” preguntó un alma amiga ante la tribulación, y le respondí: ¿Y por qué no a mí?

—Los seres humanos, con frecuencia, dejamos que el agua pura y esencial se escurra entre nuestras naturalezas sin valorarla debidamente. Queremos conquistar el mar, pero somos incapaces de admirar la maravillosa y bella gota de rocío que se deposita suave y delicadamente cada mañana sobre una flor.

—¿Esto último fue una metáfora?

—Bueno... sí, hay un sentido extenso en esas palabras, pero convengamos que somos incapaces de admirar ese fabuloso suceso.

—No siempre.

—No, es cierto; hay almas sensibles que se conmueven ante los pequeños detalles milagrosos y por eso, y nada más que por eso, son almas grandes. Pero como le decía: Había una vez… un alma judía, fue consagrada al gran templo, pero no lo sabía...

—¡Ah, ah! ¿Es un cuento dedicado a algún espíritu de la colectividad?

—No es un cuento y no está dedicado a nadie en especial, o sí, porque si lo que digo logra iluminar un poquito, apenas un poquito, a algún espíritu, pues entonces está dedicado. Pero quiero traducir esto que he dicho. Tiene que ver con el destino de cada persona, con el sentido que cada uno debe (debemos) darle a la vida. Yo creo en el principio de la predestinación. Creo que hay espíritus que son elegidos, escogidos especialmente (especialmente digo, porque todos somos elegidos para cumplir con un rol durante el peregrinaje por este nivel de existencia) Sin embargo, algunos tienen un trabajo extra y especial. La sabiduría, mi querido amigo, consiste en saber que uno fue elegido para ingresar al gran templo, y en advertir en qué lugar del mismo deberíamos estar. Es decir debemos discernir si uno fue elegido para realizar una tarea que sea algo más trascendente que la obra que a todos nos corresponde ejecutar. Porque todos hemos sido llamados a amar, pero a algunos se les requiere amar un poco más y a otros más aún. Sin embargo, a nadie se le impone nada y así muchos caemos atrapados (embriagados por el mal uso del libre albedrío) y nos perdemos realizar aquella acción que nos hubiera completado y dado felicidad.

—¡Patrañas! Es demasiado místico, idealista. Un sueño incumplible. Hay que ser más egoísta, de lo contrario el mundo se lo fagocita a uno.

—Alguien que he conocido en los últimos tiempos, y que se escurre de mi vista con frecuencia, sostiene lo mismo que usted. “A los buenos nos matan”, he escuchado decir a alguien por allí.

—¿Y no es cierto?

—De ninguna manera. A los buenos los mata el miedo, la culpa (oculta a veces) de no tener el coraje de aceptar y gritar lo que son y lo que no van a renunciar a ser. Los mata la duda en el poder del amor; la duda en la fe en sí mismo y en el orden superior. Dije: “Había una vez un alma judía (en determinado nivel místico todas las almas son judías cuando se confunden con la luz revelada a ese pueblo) había sido consagrada al templo y no lo sabía”. El sentido de la vida comienza cuando comprendemos que hemos sido invitados a pasar al templo (de la vida), se robustece cuando sabemos qué acción debemos desempeñar en él, se cumple cuando tenemos el valor de aceptar el trabajo y hacerlo, a pesar de todo.

candi2050@gmail.com

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