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Domingo 05 de Febrero de 2012

Chávez y Castro, cómplices del genocida Assad

Mientras los MIGs de Kaddafi masacraban a las multitudes reunidas en Trípoli en febrero de 2011, al inicio de la revolución libia, los dos líderes "revolucionarios" latinoamericanos, Fidel Castro y Hugo Chávez, le daban su total apoyo y solidaridad al tirano.

Mientras los MIGs de Kaddafi masacraban a las multitudes reunidas en Trípoli en febrero de 2011, al inicio de la revolución libia, los dos líderes "revolucionarios" latinoamericanos, Fidel Castro y Hugo Chávez, le daban su total apoyo y solidaridad al tirano. Kaddafi era un "amigo" y un "revolucionario", como repitió incansablemente Chávez. Se trataba de una confafulación imperialista para apropiarse del petróleo libio martillaba Castro (como si Kaddafi no hubiese hace años abrochado multimillonarios acuerdos con las multinacionales británicas, francesas, italianas, chinas y rusas, entre otras). Ahora, con la última masacre perpetrada en Siria (obuses y morteros contra edificios de departamentos llenos de civiles en Homs), la solidaridad castro-chavista no aparece directamente en boca de los dos líderes, pero sí en sus medios de propaganda (agencias "periodísticas"), como la cubana Prensa Latina y la Agencia Venezolana de Noticias.

Y hasta poco los dos caudillos no escondían su apoyo a Assad. El 20 de mayo pasado, para citar uno entre muchos ejemplos posibles, Chávez se comunicó con Assad. Telesur tituló: "El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, alegó que Siria es víctima de una arremetida fascista. El líder venezolano sostuvo una conversación telefónica con el presidente de ese país, Bashar Assad".

Ayer, mientras los medios del mundo informaban de la matanza de Homs, esas dos agencias no mencionaban la carnicería en la ciudad siria y se limitaban al tratamiento del caso sirio en el Consejo de Seguridad, resaltando la negativa rusa a apoyar la condena del dictador. Como si Rusia, no ya digamos China, fuera una democracia admirable.

Assad es, para Chávez y Castro y sus propagandistas, un presidente legítimo bajo acoso de fuerzas extranjeras. Como en Libia, los dos incurren en el desconocimento más vil de un movimiento popular que combate una dictadura militar con una valentía extrema, algo que solamente puede causar admiración en alguien moralmente sano. Es gente que optó por la lucha armada sólo in extremis: en el caso sirio, luego de casi seis meses de recibir balas cuando salían a manifestarse. Pero el derecho de rebelión ante una tiranía criminal Chávez y Castro se lo reservan para sus lejanas revoluciones. Para ellos, los casos libio y sirio son peligrosos malos ejemplos. Grotescamente, ayer Chávez conmemoró su alzamiento armado del 4 de febrero de 1992 contra un gobierno democrático (ver página 31), mientras sus laderos insultaban nuevamente a la CIDH por una designación que no fue de su gusto: el nuevo relator, el chileno Felipe González, es un miembro de "la mafia de burócratas de los derechos humanos...patrocinada por la ultraderecha interamericana".

En resumen, la actitud de los regímenes chavista y castrista es la legitimación activa de un genocidio, a conciencia y mientras se perpetra ese crimen de lesa humanidad a la vista de todo el planeta. Los acompaña el silencio de unos cuantos, como los gobiernos de los demás países latinoamericanos, que no han abierto la boca ante el horror sirio.

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