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Domingo 27 de Septiembre de 2015

Cementerio de los ingleses

Eran casi las cuatro de la madrugada. Imposibilitada de dormir, Vanesa se asomó al balcón de su departamento en el tercer piso sobre calle Dorrego.

Eran casi las cuatro de la madrugada. Imposibilitada de dormir, Vanesa se asomó al balcón de su departamento en el tercer piso sobre calle Dorrego.

Apoyó su vientre plano contra la baranda del balcón, su desnudez atravesó el plano imaginario de la construcción y sus pequeñas tetas se asomaron sin vértigo al vacío, carnada tentadora para cualquier mirón que caminara en la madrugada por esa calle.

No pensaba en nada. En su habitación un cuarentón obeso, tan inerte como una piedra tirada en el césped, dormía boca abajo sin despertar en ella ni sueños ni ilusiones, apenas la desazón de confirmar que era un viernes como cualquier otro, con alguien casi desconocido que despertaría el sábado urgido de regresar a su hogar.

Al lado del tipo casi desconocido, sobre un espejo, cuatro líneas de polvo blanco, prolijas y ordenadas, no necesariamente simétricas, causa y razón de su insomnio.

Vanesa creyó ver pequeños destellos, relámpagos mínimos, entre los transformadores y sobre el césped de la estación distribuidora de la empresa de energía eléctrica frente al edificio. Creyó que esas luces saltarinas anunciaban una catástrofe, como los animales que huyen en estampida pocos minutos antes de un terremoto.

No le asustó ese chisporroteo, sólo se preguntó si el zumbido grave y adormecedor de la instalación no estaba aumentando su volumen.

Cuando festejó sus 26 años en el departamento recién alquilado, Vanesa recibió a sus amigas con una aclaración: es un par de cuadras pasando Pellegrini.

Una de sus amigas al llegar le dijo: "Excursión al barrio del Abasto". Otra retrucó diciendo que en una revista vecinal de distribución gratuita había leído que le decían "el cuadrado mágico" a sugerencia de un vecino, quien al observar el plano municipal descubrió que el barrio era un cuadrado de un centenar de manzanas.

A ella le gustó la sonoridad de "abasto" y así comenzó a nombrarlo. Creía que de ese modo su primera experiencia viviendo lejos del hogar familiar se tornaba más misteriosa y audaz.

Ella desconocía que en los comienzos del barrio los vecinos afincados en las casas de chapa levantadas al sur del bulevar Argentino a fines del siglo XIX lo llamaban el barrio del cementerio inglés. Aun antes de que surgiera el parque Independencia, antes de que se inauguraran ambos bulevares, el Argentino y el Santafesino, un terreno de algo menos de media hectárea en la zona de Dorrego y Pasco era el destino de los despojos de ciudadanos británicos, alemanes, suizos y argentinos descendientes de esas comunidades.

Durante casi medio siglo un millar de extranjeros y nativos fueron enterrados allí, en el terreno donde ahora la mirada de Vanesa se posaba, inquieta por los destellos que saltaban de un cable al otro o morían como el fogonazo del flash de una cámara digital.

Vanesa jamás había escuchado de ese cementerio. Tampoco había escuchado historias de su bisabuela, quien se había criado en una de las tantas casas de chapa del barrio. De todas esas casas hoy sobrevive una sola sobre calle Riobamba, incólume frente a la inundación de edificios que hoy asfixia al viejo barrio, digna de ser preservada en honor a la memoria.

La niña que luego sería madre y más tarde un nombre pegado al árbol genealógico de Vanesa solía recorrer los senderos del cementerio de los ingleses en las tardes soleadas y poco ventosas del otoño. Le gustaba inclinarse sobre las lápidas y leer apellidos y fechas que en su imaginación pertenecían a otro universo, tan irreal como los relatos de su padre acerca de la Calabria: Grundel, Caldecott, Ringhandt, Brownlow, Vermoulliet, Mc Witrther, Greenslade, Lauersdorff. Las fechas más antiguas eran previas a 1867, el nefasto año en que la epidemia de cólera atiborró los camposantos de la ciudad. Había muy pocas tumbas del siglo siguiente, el de su infancia.

Dos lápidas entre todas imantaban sus caminatas. Una, sobre tres fosas paralelas, lacónica: "Muertos por los indios". La otra, de una niña de seis años fallecida a finales del siglo XIX, Paulina Lipstrom. La bisabuela de Vanesa juntaba flores de las zanjas y las ofrendaba en esa tumba. Imaginaba a los padres de la niña llorando el resto de su vida. Se preguntaba cuánto tiempo llorarían sus padres en caso de que ella muriera.

La niña que luego sería, después de muerta, bisabuela, se dormía escuchando las historias de los fantasmas del cementerio inglés que su madre le contaba. Ella a su vez contó esas historias a su hija, y ésta a su hijo; pero él las extravió, en lo que grandilocuentemente se llamó a fines de los ochenta la vorágine de la vida moderna. Ni una noche recordó esos cuentos de viejas para Vanesa. Ella compartió mucho tiempo con su padre en la infancia; unidos y distanciados a la vez por joysticks y realities, esas fábulas quedaron olvidadas.

Vanesa decide regresar al dormitorio, empujar un poco la mole dormida del cuarentón y ganar un espacio en la cama. Justo antes de cerrar las persianas del balcón un espinel de chispas recorre algunos de los cables y cae como metralla inofensiva entre los pastos. Por un segundo algo le recuerda el laboratorio de Frankenstein. De haber conocido las historias de su bisabuela habría dudado, sin saber si esas centellas enanas profetizaban cortes del servicio eléctrico durante la madrugada o eran, simplemente, un ruego profundo de las almas sajonas que estaban dispuestas a negociar una eternidad sin sobresaltos a cambio de poder vivir, como antes, un breve instante de amor.

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