Edición Impresa
Miércoles 02 de Julio de 2008

Carta

El papel estaba en el suelo del bar, hecho un bollo.  Nunca sabrá por qué sintió el impulso de agacharse, levantarlo del suelo y abrirlo mientras contemplaba con ternura el vaso donde latía el corazón dorado del whisky. Estaba escrito a mano, en letra cursiva, despareja. Pero entendible...

El papel estaba en el suelo del bar, hecho un bollo.
Nunca sabrá por qué sintió el impulso de agacharse, levantarlo del suelo y abrirlo mientras contemplaba con ternura el vaso donde latía el corazón dorado del whisky.
Estaba escrito a mano, en letra cursiva, despareja. Pero entendible.
Leyó:

“Ustedes ya lo saben: este mundo es triste.
“Ahora estamos y de pronto ya no estamos y el que amamos/la que amamos de pronto tampoco está.
“Yo les digo a mis palabras: sean un puente. Vayan directo hacia los corazones secos, hacia las manos vacías, hacia la noche donde habitan los solitarios.
“Tengo miedo del ridículo pero tengo más miedo de la nada.
“Tengo miedo de la idiotez pero tengo más miedo de la hipocresía.
“Tengo miedo del ego pero tengo más miedo de la complacencia.
“Tengo miedo de la muerte pero tengo más miedo de lo que puede hacer la vida.
“No voy para quedarme en ningún lado. Quiero que la furia me purifique. Quiero correr un riesgo por minuto. No quiero que el amor me avergüence.
“Busco pero no sólo para encontrar.
“La palabra estar y la palabra ser son hermanas. No las separemos.
“El que tiene sólo puede perder.
“El que se desangra en una ausencia pone la luz en la muerte”.

Lo alisó con prolijidad, lo dobló y lo guardó en un bolsillo del saco.
Pagó, y con una sonrisa bailándole en los labios se perdió entre las calles de la ciudad que ama.

Comentarios