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Sábado 01 de Noviembre de 2014

Capozucca y el infierno

El joven que hace nueve años causó la muerte de dos adolescentes e irreversibles lesiones a una tercera concentró esta semana la mirada acusatoria de una sociedad que lo condena de por vida.

No hubo tema tan movilizador desde hacía meses. A partir de la entrevista que La Capital publicó el domingo pasado a Matías Capozucca, el joven que en 2005 causó la muerte de dos adolescentes y dejó en coma a una tercera al manejar alcoholizado y chocar contra un árbol, la sociedad parece haber encontrado al mismísimo demonio, semejante a aquél con que el Fausto de Goethe hizo un polémico pacto.

Fausto era un hombre mayor a quien el diablo le promete hacerlo regresar a la juventud para que pueda disfrutar de los placeres de la vida que no había conocido. A cambio, una vez muerto, Fausto debía entregar su alma al diablo, cosa que finalmente no ocurrió porque se arrepiente de haber hecho el pacto y logra finalmente escabullirse del infierno. En esta obra de la literatura alemana se abordan temas inherentes al bien y al mal, a la naturaleza humana y sus limitaciones, a la rama metafísica de la filosofía y también a la teología.

Sin pretender comparar en absoluto el contenido dialéctico en Fausto, obra universal, con lo sucedido con Capozucca, muchos de los debates, interrogantes y acusaciones contra el joven rosarino que causó una tragedia merecen tal vez ser repensados.

Desde una mirada exclusivamente jurídica, Capozucca cumplió una condena de seis meses en prisión y en un año más estaría en condiciones de volver a obtener nuevamente el carné de conductor. No evadió la Justicia y siempre acató sus resoluciones. ¿Cuántos automovilistas que han causado un daño semejante (también con muertes) o de otro tipo, han recuperado su licencia y manejan libremente por las calles?

Sin embargo, resultaría imposible tratar de explicar esta situación a quienes han sufrido la pérdida de un familiar por la irresponsabilidad, en este caso compartida, entre un adolescente de 19 años y sus padres, que no tomaron las medidas necesarias para que un muchacho de esa edad tenga acceso a un local de venta de automóviles, tome el vehículo de su elección y lo retire sin ningún problema ni nadie que lo impida. "En un principio estábamos en otro auto. Y el BMW estaba en la agencia. La excitación. La incitación. «Qué bueno que está». «Vamos a dar una vuelta», y uno se engancha. ¿Y por qué me siento responsable? Porque la llave la tenía yo y el poder de decisión también", reveló Capozucca en la charla con este diario.

Pese a que el joven dice asumir la responsabilidad de la tragedia, el rol de la familia de un adolescente con libre disposición a la tentación de un auto poderoso y otras facilidades no es menor. Los padres que proyectan sus propias frustraciones con la imposibilidad de poner límites a los deseos de sus hijos son a veces tan peligrosos como ellos.

El psicoanalista inglés Donald W. Winnicott, (1896-1971) en su ensayo "El Hogar, nuestro punto de partida", se refiere a esa difícil relación familiar. "El adolescente es inmaduro y la inmadurez es un elemento esencial de la salud en la adolescencia", explica. Y da un consejo: "Por consideración a los adolescentes y a su inmadurez, no les permitan apresurarse y alcanzar una falsa madurez transfiriéndoles una responsabilidad que aún no les corresponde, aunque luchen por ella". Winnicott va aún más allá: "El adolescente ignora cuán satisfactorio es participar en un proyecto que se caracterice por la confiabilidad. No puede saber hasta qué punto el trabajo, a causa de su contribución a la sociedad, alivia el sentimiento personal de culpa y contribuye de este modo a disminuir el miedo interior y la intensidad del impulso suicida o de la propensión a sufrir accidentes".

Es seguro y comprensible que de nada sirven estas acotaciones sobre la adolescencia a las familias de las tres víctimas de esa noche fatídica de alcohol, velocidad y descontrol familiar. Pero si no se admitiera la posibilidad de que una persona que ha cometido graves delitos culposos pueda rehabilitarse, habría que crear un área especial para ex convictos a la manera de los antiguos leprosarios, cuando esa enfermedad era incurable.

¿Quién es más peligroso para la sociedad: Capozucca o, por ejemplo, los condenados por violación de menores, quienes tras purgar algunos años en la cárcel regresan tan enfermos psiquiátricos como antes y prestos a volver a cometer la misma perversión en cuanto puedan?

Capozucca tal vez haya logrado concentrar todo el odio colectivo de insatisfacciones, a la manera de un chivo expiatorio, que generan otros sucesos tan trágicos como el que protagonizó. Si continuamos en el terreno vial, el pésimo estado de las rutas que contribuyen a los accidentes fatales, los vehículos en condiciones desastrosas que se ven circulando, muchas veces de noche y sin luces, los pasos ferroviarios a nivel que no están correctamente señalizados y tantas otras irregularidades no movilizan a la sociedad con la misma fuerza que el repudio a Capozucca, a pesar del esfuerzo de las ONG por elevar el tema vial al lugar de importancia que le corresponde.

Pese a que Capozucca cumplió su sanción penal, da la sensación de que la sociedad lo ha condenado de por vida y no admite ninguna otra posibilidad que el castigo vitalicio. Incluso, se han dividido las aguas entre la provincia y la Municipalidad en cuanto a su deseo de participar en charlas sobre seguridad vial.

Qué mejor que un protagonista, en primera persona, les advierta a los adolescentes que se aprestan a manejar las consecuencias de por vida que pueden acarrear situaciones de descontrol. ¿No serviría a los fines pedagógicos un video grabado que se exhiba en cada charla? Capozucca podría contar cómo se excedió con la bebida, buscó un auto de la agencia de su padre y causó dos muertes y otra en vida tras estrellarse con el vehículo a gran velocidad. Y podría relatar todo el drama que siguió desde esa noche, el sufrimiento de las familias de las víctimas y el suyo propio. Ese diálogo sería más productivo e impactante que horas de charlas con docentes o especialistas.

"Siempre me sentí hijo de puta en el sentido de lo que pasó, responsable por lo que ocurrió e inclusive en la terapia aparecía todo el tiempo. Hoy no creo que la palabra sea hijo de puta, sí responsable. La cruz la voy a llevar hasta que muera", confesó Capozucca en otra parte de la entrevista con La Capital.

Matías Capozucca no es Fausto ni pactó con el demonio para obtener placeres. Es un muchacho que llevará de por vida la carga de haber sido un adolescente descontrolado, sin contención familiar, que causó muertes por su irresponsabilidad. Pero no hay que arrojarlo al infierno.

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