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Sábado 27 de Septiembre de 2014

Caos y globalización del mal

Un grupo islámico radicalizado de limitado poder de fuergo, el Estado Islámico, concentra la atención mundial por las decapitaciones de occidentales que difunde por internet y la limpieza étnica que comete a medida que gana territorios en Siria e Irak.

Un grupo de no más de 30 mil combatientes armados del autoproclamado Estado Islámico se ha convertido en las últimas semanas en la mayor preocupación de la política internacional. ¿Por qué? ¿En qué difiere esta organización, rayana con el delirio místico, con otras similares del mundo musulmán radicalizado que luchan por su propia "guerra santa" para liberar el planeta de "infieles" e imponer estrictas leyes religiosas?

En medio del desastre de la guerra civil siria, que se aproxima a su cuarto año, y la crónica violencia étnica en Irak tras la desastrosa intervención de la coalición internacional liderada por Estados Unidos que dejó al país en el caos, surgió una organización con parámetros políticos y estratégicos diferentes al resto. El Estado Islámico, rama musulmana sunita, autoproclamó a mediados de junio pasado un califato en vastas zonas de Siria e Irak y su líder Abu Bakr al-Baghdadi se autonominó califa y reclamó que todos los musulmanes del mundo lo reconozcan como única autoridad. La intención del grupo es consolidarse en esa región, imponer su autoridad mediante el terror y expandir sus dominios a Jordania, Israel, Turquía, Chipre Líbano y Kuwait.

El Estado Islámico tiene más de una década de existencia aunque fue cambiando de nombre y asociándose o separándose de otros grupos de similar ideología y acción. Su última actuación antes de "fundar" el califato en territorios de países soberanos, como Siria e Irak, fue en Al Qaeda, organización terrorista que ha pasado a un segundo plano de atención mundial. Se sabe ahora, de acuerdo a documentación hallada en la operación militar que terminó con Osama Bin Laden en Pakistán, que Al Qaeda veía como peligroso para sus objetivos políticos la extrema violencia contra los civiles que ejercían los yihadistas de Estado Islámico, que terminaron por separarse y formar su propia organización.

Para Al Qaeda, que planeó la masacre de las Torres Gemelas, entre otros atentados, la también acción criminal del Estado Islámico contra otras ramas musulmanas como la shiíta, o distintas minorías que no acataban su autoridad, fue cuestionada porque desviaba en algún punto el centro del enemigo verdadero. Y no se equivocaron en el análisis, porque lo que ha se ha visto en los últimos meses con decapitaciones filmadas y distribuidas por las redes sociales, el asesinato de civiles y el éxodo de miles y miles de personas que escapan de una muerte segura si cayeran en manos del Estado Islámico, ha sido una vuelta de tuerca a un enfrentamiento que no sólo es político, sino que tiene raíces culturales, sociales y económicas.

La sensación imperante es que el Estado Islámico busca provocar una acción militar terrestre a gran escala de Estados Unidos y sus aliados, países árabes incluidos, para emplear toda su experiencia bélica de años de lucha y traerlo a su terreno. Hasta ahora, el combate contra esta fuerza radicalizada, que podría considerarse menor en términos de capacidad militar, ha sido sólo por medios aéreos, lo que no parece podría terminar con el avance de este grupo ultraislámico.

Pero, ¿en qué se diferencia el Estado Islámico del grupo nigerianio Boko Haram que todavía mantiene secuestradas a doscientas adolescentes cristianas? ¿Qué lo separa de Hezbolá en el Líbano, de Hamás y grupos similares que operan en la franja de Gaza, de las milicias Al-Shabaab en Somalía o de los talibanes de Afganistán? Hay varias hipótesis. La primera es que Estado Islámico concentra la preocupación mundial porque se hace presente, visible, ocupa territorios y no se esconde en la clandestinidad. Da mensajes claros de un giro en la lucha de la "guerra santa" de golpear no sólo blancos "infieles" sino de pretender convertirse en un poder fáctico, con gobierno y leyes propias. Representa la aspiración final de otros grupos que, con los mismos objetivos, todavía se mantienen ocultos con acciones aisladas pero no por eso menos demoledoras, como se ha visto.

En segundo lugar, el impacto que logra con la utilización de las redes sociales como medio de información y publicidad de sus crímenes es proporcional al rechazo que genera en Occidente la decapitación de periodistas, o trabajadores humanitarios que paradójicamente viajan a la zona para aliviar la situación de miles de víctimas y terminan bajo el cuchillo de un delirante. El mayor logro de esta moderna estrategia que emplea la última tecnología disponible ha sido, sin dudas, la capacidad del gran reclutamiento que el Estado Islámico ha tenido y tiene entre musulmanes que viven en el extranjero que se radicalizan y se suman a la lucha. ¿Cómo entender que hijos de inmigrantes islámicos nacidos, por ejemplo, en Inglaterra, Alemania, Canadá o Estados Unidos, acepten las condiciones de barbarie que los yihadistas del califato imponen a la población civil, como lapidación de mujeres por adulterio, el desmembramiento de manos a ladrones (aunque sean de gallinas), y un terror generalizado en el cumplimiento de las normas religiosas? ¿Qué sucede en esas mentes desquiciadas para que se logre esa drástica transformación de vida desde una sociedad plural y democrática a otra premedieval?

El bien y el mal. Para el psicoanalista y filósofo argentino Miguel Benasayag la cultura occidental se encuentra en una "crisis terminal y profunda", y explica que "una de las consecuencias más graves de esta crisis reside en el hecho de que ese mal, eso negativo que debía desaparecer, nos vuelve sobre la cara con la fuerza vengadora de lo que habíamos querido reprimir, dominar, eliminar y que nos dice cruelmente: aquí estoy, el mal está aquí, lo negativo no desaparece".

Benasayag, en un artículo titulado "El mal" publicado en "Topia", un sitio web de psicoanálisis, sociedad y cultura y también durante una conferencia sobre el tema, sostuvo que "si intentáramos una rápida distinción entre las diferentes culturas, desde el punto de vista del trato que le han dado a la cuestión del mal, no dejaría de sorprendernos que la cultura occidental sea la única que haya apostado, que se haya estructurado alrededor de esta promesa de la desaparición final del mal". Y aclaró que cuando "una sociedad se encuentra sin brújula, la única salida es tener un enemigo" porque el enemigo funciona "como un otro que ordena el caos. El fanatismo se necesita porque necesitamos tener globalidades explicativas para dar sentido al caos", remarcó.

Panorama complicado. Mientras se esgrimen estas u otras teorías para explicar un fenómeno creciente de fanatismo y violencia, la situación no deja de ser dramática porque ya se ha observado que el Estado Islámico tiene un imán para atraer jóvenes a su causa. Durante la última semana ha difundido mensajes con llamados a globalizar el mal, es decir, a actuar en cualquier parte del mundo contra civiles de las fuerzas que los atacan. "Si puedes asesinar a un infiel estadounidense o europeo, confía en Alá y mátalo", alentó un portavoz de la organización que preocupa al mundo. No se sabe cuánto tiempo le tomará a esta banda tener capacidad logística para actuar fuera de Siria e Irak, donde por ahora se concentra.

El análisis y determinación del origen de este conflicto de intolerancia en la sociedad moderna es la única arma para contrarrestar la exaltación de la violencia y el crimen, porque grupos como el Estado Islámico son sólo un eslabón de una larga cadena de organizaciones que irán surgiendo, con mayor o menor fuerza, hasta que no se resuelvan las causas que provocan esta fractura social que conduce al desprecio por la vida.

"Que nadie piense que puede escudarse en Dios cuando proyecta y realiza actos de violencia y abusos. Que nadie tome la religión como pretexto para las propias acciones contrarias a la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales", dijo esta semana el Papa Francisco, líder de casi dos mil millones de católicos. Son palabras que sirven como guía, aunque sea enunciativa, para aportar algo de cordura en este pandemonio caótico del mal que se instala en el planeta y que más tarde o temprano llegará a todas las latitudes.

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